Pesadilla

Los pasos eran largos, veloces zancadas que atravesaban el parque y pisaban las hojas crujientes del otoño, sin mirar. Apenas dos piernas, arrematadas por un par de pies cubiertos de rabia y de frio; un par de solitarios pies que golpeaban secos y furiosos todos los segundos que el acaso le ponía por delante y lanzaban hacia el futuro esos retazos de tiempo que sumados llamamos vida. Fracciones de vidas traspapeladas, empujadas, arrinconadas…
Se despertó sudando. El atlántico roncaba con su antigua voz de ocle y el viento se había anidado en una esquina de la ventana para susurrarle, lo más cerca posible de su oído, que había llegado el amanecer… Un amanecer gris, destemplado y húmedo, como cualquier amanecer de estos tiempos sin sueños ni esperanzas…
A pesar de las pesadillas, prefería seguir durmiendo. En la calle, los altavoces de los informativos coreaban las mismas letanías de siempre. Y por detrás de las monótonas voces, los gobernantes repetían una y otra vez, machaconamente, el nuevo y milagroso plan de gobierno con el que pretendían poner un punto final a más de una década de decadencia económica y social.
Pero, aunque los gobiernos mudaban periódicamente, los planes siempre eran los mismos, maquillados, si, pero los mismos. Por eso, los resultados obtenidos eran indefectiblemente iguales. Por eso, aunque todos oían, nadie más escuchaba los resabiados discursos salpicados de rancios nacionalismos.
Una especie de endémica sordez había invadido las calles. Sordos para poder seguir viviendo, afirmaban los carteles clandestinos que las brigadas de limpieza aún no habían conseguido retirar de las calles. Había finalizado el tiempo de creer piamente en los salvadores de la patria, pero aún no había llegado el tiempo de la cooperación, del entendimiento intercultural, de la intercambio igualitario, de… Volvió a dormir.
El parque surgió desde el perfume tenue de las sábanas, con sus caminos de grava y piedras arredondeadas, bajo los solitarios pasos del caminante. Los árboles surgían repentinos, desabrochaban sus ramas en dirección al cielo y enseguida se curvaban ante el peso tremendo de sus botas. Unos pies gigantes, rematando unas piernas que parecían no tener fin. Un animal acorralado y hambriento que se movía sin sentido ni orientación. Unas piernas solitarias, meras extremidades que andaban dando tumbos, sin conseguir salir de un círculo imaginario y represor. Unas piernas sin cuerpo ni cabeza, pateando el polvo, la hierba y las hormigas…
La angustia se apoderó del sueño y la realidad se evaporó por las astillas de un columpio abandonado. Retazos de viejas historias que se iban deshilvanando a cada respiración. Una neblina pegajosa derretía la noche dentro de la almohada. Pero poco antes de que se enredase en la maraña de aquella pesadilla, le pareció presentir la sombra de un niño que jugaba y el eco de una carcajada que explotaba en el horizonte.  Giró el rostro para cerciorarse, pero la bruma del sueño le cerró los ojos. No le importó, estaba seguro de saber quien era.
Entonces no tuvo miedo de dormir. Entonces no tuvo miedo de despertar. Entonces supo que la esperanza aún existía…

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Burbujas de vida

No quería salir. Afuera era poco más que una incógnita, quien sabe el caos. Aunque algunos dijesen que allá, del otro lado, la vida burbujeaba, qué podría importarle eso. Allí, donde ella estaba, apenas lograba reconocer algunos sonidos procedentes del exterior. Vivía en el silencio y su instrumento de audición estaba adormecido… Los murmullos para ella eran apenas eso: murmullos. Y la verdad sea dicha, tampoco sabía a ciencia cierta el real significado del verbo burbujear. O al menos no lo recordaba. Por eso prefería mantenerse dentro de aquel ambiente acogedor, tranquilo y silencioso: por eso no le atraía lo más mínimo la simple idea de salir de allí, y menos aún para dirigirse hacia un lugar burbujeante y correr el riesgo de encontrase con cualquier cosa insólita, o darse de cara con aquel nuevo concepto que tampoco lograba entender en toda su extensión: Vida… una palabra hueca y vacía de sentido, ¿o no?
Se despertó sudando. El viento silbaba extrañas melodías que, justamente porque no las deseaba oír, penetraban afiladas en su cerebro. Intentó volver a dormir, pero la lluvia se desplomó repentina y voraz. Gotas de acero que torturaban el viejo tejado, carcomiéndolo. Quería volver al sueño. Deseaba retornar a aquel lugar misterioso e indescriptible, donde quietud y silencio eran condición sine qua non…La noche comenzaba a perder su batalla y la luz del alba se filtraba por las ranuras de la ventana, junto con la lluvia, el viento y un frío que comenzaba a entumecerle la piel. Amanecía y el gallo del vecino comenzó a cantar. ¿El gallo del vecino? No recordaba cuando había sido la última vez que había estado en el campo, pero estaba casi segura de que había oído a un gallo cantar. Y lo volvió a escuchar. Se irguió en la cama inquieta y no reconoció la habitación… ¿en dónde estaba? ¿Qué coño había pasado la noche anterior? ¿Por qué no lo conseguía recordar? ¿Cómo había llegado a aquel lugar que no reconocía? ¿Quién le había abierto la puerta? ¿En dónde mierda estaba, a final de cuentas?
A veces se sentía dentro de una incógnita. Un ser en coma a quien alguien había depositado en una esquina cualquiera del universo, caso el universo tuviera esquinas. ¿Pero quién era ese alguien a quien nunca había logrado ver? A veces pensaba que estaba inmersa en la luz, pero enseguida razonaba que estaba sumergida, claro que podía estarlo, en la oscuridad. ¿Será que luz y oscuridad pueden llegar a confundirse? El silencio era la almohada donde reposaba la nada, ¿pero quién era ella y si ella existía, pues pensaba, ¿qué hacía allí? Desde algún lugar, ni demasiado lejos, ni muy cerca, un desconocido ronroneo volvió a interferir en su pensamiento… en ese momento descubrió que si verdaderamente quisiera, podría oír, pero para poder oír tendría que emerger desde la luz; tendría que brotar desde el silencio y salir hacía afuera de ella misma…
Se levantó y caminó hacia la ventana. Al otro lado comenzaba a amanecer. Vislumbro unas montañas que surgían imponentes por detrás de la niebla y, más cerca, un pequeño jardín. Todo estaba quiero, adormecido. La mañana no tenía prisa para llegar o no quería despertar a los durmientes. Apenas el ruido de una cascada que peinaba sus trenzas de espuma con el rocío del amanecer, y el tenue llanto de un niño que parecía llegar desde muy lejos. Aprovechó el silencio para sentir que la vida aún recorría su cuerpo y se desperezó. Después volvió a pensar en el gallo de ese vecino que no conocía y, tras recapacitar un poco, decidió salir para conocer el local en donde se encontraba e, incluso, investigar por qué y cómo había llegado hasta el. Pero la casa estaba vacía, en el garaje no había ningún vehículo y el gallo había dejado de cantar. Sintió una leve comezón, una especie de nudo que le atenazaba el estómago, una garra que le aferraba la garganta y marcas de sangre en los pies. Un presentimiento la hizo asomarse de nuevo a la ventana y de nuevo percibió que estaba casi a punto de amanecer. Pero que no amanecía. Era como si la aurora se hubiera estancado en algún punto insoluble del firmamento, para que la noche permaneciese un poco más sobre la tierra o para que, por qué no, se hiciese eterna. Resolvió buscar la cocina y prepararse un café, seguro que un café bien fuerte la ayudaría a pensar mejor.
Los murmullos estaban cada vez más próximos. Las voces se iban acercando y le llenaban el cerebro de ruidos. Apretó los ojos e intento enfocar el lugar desde donde le llegaban aquellos cuchicheos. Apenas vio luz. Una intensa luz blanquecina y lechosa, cuya claridad poblaba de sombras sus ojos y le dificultaba la visión. Tan sólo conseguía vislumbrar los contornos luminosos de unas figuras que, más que andar, parecían deslizarse. Sombras de luz que se dirigían hacia una especie de galería, para perderse definitivamente en ella. Allí sí que parecía residir la oscuridad. ¿Será que para alcanzar esa vida burbujeante de la que hablaban los murmullos, tendremos, primero, que sumergirnos en la sombra? Pensó en la posibilidad de salir del estado de placidez en el que se encontraba y por un segundo sintió algo semejante a la angustia. Además, ella no sabía cuál era el camino que debería seguir, así que mejor se quedaba quieta… Entonces se sintió arrastrada por un imán; empujada por una especie de fuerza centrípeta que la poseía y la arrebataba. Se vivenció dentro de todas las figuras luminosas que se deslizaban a su lado, impulsadas por el mismo poder invisible, hacia el ombligo de aquella galería bañada de oscuridad…
No encontró café. La cocina estaba sumergida en el silencio y la oscuridad arropaba el amanecer que no se decidía a llegar. Por primera vez desde que se había descubierto en aquel lugar extraño se sintió sola, tan sola como, como… no conseguía recordar y aún menos verbalizar algún momento de su vida en el que hubiese vivenciado un sentimiento de soledad tan absoluta como el que estaba viviendo en ese instante. Y de repente lo revivió. Revivió toda la soledad que sintió en el justo momento del nacer. La intrínseca soledad de saberse individual, incluso antes de que le cortaran el cordón umbilical que la unía al universo. La soledad de saberse prisionera dentro de un cuerpo que le impedía comprender plenamente la universalidad del todo en donde hasta aquel instante había estado sumergida. La soledad del ser humano… Entonces advirtió la columna de luz que manaba desde lo más profundo de aquel amanecer que no quería llegar… y comprendió.
Luz y sombra comparten un mismo genoma, escuchó en el preciso instante en que su cuerpo de luz ingresó en la galería y absorbió la burbujeante oscuridad que precede a la…
Sombra y luz constituyen el caduceo de la humanidad, escuchó decirle al viento, segundos antes de ser absorbida por aquel cono de luz que la transportaría hacia la…
VIDA, se revelaron la una a la otra en el segundo eterno en que sus destinos se cruzaron en la penumbra; en el segundo en que sus almas se miraron; en el segundo en el que en sus pupilas, brilló la luz del comprensión.
La memoria compartida permanecerá congelada, por los siglos de los siglos, en una partícula de cristal.

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Refugio

No precisaba mentir, pues en el fondo sabía que la imagen que le devolvía el espejo no era la suya. Algún día regresaría de nuevo y ese día estaba por llegar. Volvería como si nunca hubiera partido, con un hello o un buen día y un ramillete de flores silvestres en la mano. A final de cuentas nunca se habían dicho adiós, si bien es cierto que ella ralentizó su manera de vivir, que sus sentimientos adormecieron, que su rostro se tornó más taciturno y que su sonrisa perdió una pizca de aquel brillo espontáneo que tanto la caracterizaba.
Había creado un personaje y se había refugiado dentro de él, pero a veces ni ella misma reconocía aquella imagen creada con tanto ahínco. Y ahora estaba allí plantada, mirándose al espejo, observándose, escudriñándose… como si deseara volver a encontrarse por debajo de la piel; como si quisiera entender por qué había dejado escapar aquella alegre niña que la habitaba, aunque bien es verdad que conservaba la esperanza de que estuviese apenas adormecida…
Claro que en muchas ocasiones las certezas se le desvanecían por entre las rendijas de la niebla y, aunque la bruma se evaporase con los primeros albores del amanecer, sentía que algo en lo más intrínseco de su ser se había quedado enganchado en alguna de las esquinas de la noche, y que allí se quedaría perdido, para siempre jamás, arrinconado en uno de los muchos escondites que habitan los sueños. A veces se alegraba.
Sí, se alegraba hasta las lágrimas, porque si alguna certeza conservaba era la de saber que todavía se estaba construyendo; que los muros aún no habían sido erguidos, y que la mentira era un falso cimiento que no sustentaría la imagen que deseaba tener.
Se miró en el espejo nuevamente y se dijo unas cuantas verdades a la cara… puso en palabras todo lo que vio, principalmente los sentimientos. La sinceridad se le escapaba por entre los dientes y la dejó hablar, a sabiendas de que era escuchada por un mero reflejo.
Ella merecía saber las reglas con las que debería jugar, aunque solo fuera para poder saltárselas de vez en cuando, con consciencia. Principalmente después de entender que la vida era algo más que una sucesión de días, y, sobre todo, de haber descubierto que los días desembocan, uno tras otro, dentro de su propio ser.
Comenzó a intuirse y delineó su primer boceto. No era el definitivo, incluso tenía algunos errores, claro, pero era una buena base para comenzar… El espejo le reflejó entonces la posibilidad de un nuevo camino y la intuición de un nuevo encuentro se delineo, tomó cuerpo y procuró cobijo en su corazón.
La vida carece de refugios, pensó entonces, como la Libertad…
La vi abrir la puerta y atravesar silenciosa el umbral. Se asomó al exterior con la mirada húmeda de timidez y el asombro enganchado en las pestañas…Yo la contemplé desde el silencio y, desde el silencio vi como, un pie tras del otro, ensayaba los primeros pasos… En el jardín los jazmines olían a primavera y las lantanas rebosaban de color…
La niña se quedaba aquí, guardada en el refugio de la memoria, a mi lado, para cuando le hiciese falta.

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Por el hueco de los ascensores

A veces, por el hueco de algunos ascensores se escuchan los murmullos del pasado. Son murmullos que, con el paso de los años, se incrustaron en las paredes de los edificios y las impregnaron de ecos, suspiros, recuerdos o imágenes… Dicho esto, me gustaría rememorar una pequeña historia que, tal vez no ocurrió, pero pudo muy bien haber ocurrido hace algún tiempo… allá por los años en los que transcurría mi primera infancia.
Por supuesto que aquella no era una tarde cualquiera. Climáticamente hablando, podríamos decir que era una oscura y fría tarde sin sol, ya que éste permanecía oculto por detrás de turbios nubarrones. Pero no era una tarde triste, todo lo contrario. Diciembre se abría paso por entre las hojas del calendario y el espíritu navideño ya se había infiltrado por toda la ciudad. La calle burbujeaba de alegría y el ambiente de fiesta salpicaba las miradas de los transeúntes. No sabía a quien íbamos a visitar, algún viejo familiar, tal vez, alguna tía soltera de mi madre, a la que llevábamos algunos turrones, mazapanes y otras delicias navideñas. En realidad, no recuerdo haber ido nunca allí hasta aquel día. Tampoco haber visto antes unas puertas tan pesadas como aquellas y de tal tamaño; unas puertas que en lugar de permitir entrar, pensé yo en aquella que no era una tarde cualquiera, habían sido talladas para permanecer cerradas de por vida. Pero las puertas se abrieron y nosotras, mi madre y yo, entramos al portal, en donde alguien, la portera tal vez, encendió la luz. Recuerdo que las escaleras no me parecieron adecuadas para ese antiguo edificio con anchos muros, espesas paredes y mucha solera… Sí, un edificio construido posiblemente en la segunda mitad del siglo XIX, o incluso antes. Un edificio de esos que ahora tienen todo su interior remodelado; que de su apariencia original apenas les resta la fachada, y que en los días de hoy cuestan una verdadera fortuna… Pues bien, fue a un edificio tal que así que acompañé a mi mamá. Un edificio en donde al subir las escaleras me encontré, y no sin sorpresa, con una especie de taburetes aterciopelados en los descansillos que había entre un piso y otro.
Recuerdo el impacto de ese descubrimiento y recuerdo, con mayor claridad aún que, una vez repuesta, adoraba subir las escaleras con los ojos cerrados, tanteando las paredes y aguantando la respiración. Solo abría los ojos después de doblar la esquina del descansillo, para poder encontrarme de cara con ellos y, así, volver a sorprenderme. Nunca fallaban, siempre estaban allí, justo en la esquina, con su formato triangular y su terciopelo rojo. Entonces, justo entonces, conseguía imaginar los enormes culos con meriñaque de las señoras que en ellos se sentaban, agotadas de tanto arrastrar el frufrú de sus faldas y enaguas por las indómitas escaleras; o el no menos orondo de las domésticas con sus blancas y almidonadas cofias, sus no menos almidonados delantales y sus gigantescas lazadas; llegaba incluso a escuchar las voces cantarinas de las niñas con sus muñecas peponas, subiendo y bajando por las escaleras a todo correr: Tengo una muñeca vestida de azul, con su camisita y su canesú, la saqué a paseo se me constipó, la tengo en la cama con mucho dolor… o las voces estridentes de chiquillos vestidos con trajes de marinero, que bajaban las escaleras dando traspiés, mientras empujaban escalones abajo sus gigantescos aros de metal. Después de aquel primer día, visité muchas otras veces aquel edificio. Casi siempre iba sola, con alguna disculpa o algún regalito para la anciana parienta de mama. A ella le encantaban mis visitas y a mi el poder subir a toda velocidad las quejumbrosas escaleras de madera para, una vez cansada, tener el placer de sentar mis propias posaderas, aunque solo fuera por unos segundos, en aquellos asientos “principescos”, que así me lo parecían a mí por aquel entonces.
Además, la lejana parienta de mamá resultó ser una viejecita seductora, de conversación agradable y animada narradora de relatos, que yo escuchaba ensimismada y con la respiración prendida. Tenía tantas historias dentro de su cabeza, tantas experiencias, tantas anécdotas, que yo le calculaba los mismos años, sino más, que el edificio en donde aparentemente había trabajado de portera y en el que hasta ahora continuaba viviendo, aunque ya hiciese mucho tiempo que no desempeñaba esa función. Su pequeña vivienda estaba arriba del todo, una minúscula buhardilla, justo al lado de la casa de máquinas del ascensor. Sí, el edificio también tenía ascensor, uno de los primeros a ser instalados en la ciudad, según me había comentado la antigua portera.
Pero creo que el encantamiento que los aterciopelados taburetes produjeron en mí, o quien sabe el miedo patológico de alturas y otros similares que tenía mi madre, demoró en algunas semanas mi encuentro con ese ascensor, del que hasta entonces apenas conocía el ruido de sus motores. Era un ascensor relativamente moderno si tenemos en cuenta la fecha de construcción de aquel edificio localizado en una calle central del viejo Gijón. Aunque quizás debería ser más respetuosa y tratar aquel vetusto Ascensor de engalanadas puertas de hierro, de usted y con toda la pomposidad que, efectivamente, debería merecerme su recuerdo, no solo por la antigüedad que sí tenía, sino también por el impacto que produjo en mi persona cuando, tras observar detenidamente sus puertas de hierro forjado, un día me decidí a entrar en él.
Fue un domingo de Ramos, acababan de bendecirme la palma y caminaba con mi vestido recién estrenado, sin ningún destino preconcebido, o al menos eso creía yo, pero mis piernas sabían muy bien hacia donde se dirigían. Así que, cuando quise darme cuenta ya estaba ante la puerta, pensé rápido en la disculpa de entregar la palma a la anciana pariente y entré. Sin más preámbulos, me dirigí directamente hacia el ascensor, agarré el manillar de la puerta y sentí como un frío antiguo penetraba la palma de mi mano derecha. Dentro, mirándome de frente, un viejo y agrietado espejo ¿Art Nouveau?, me devolvía sin decoro el reflejo de mi cara. Su moldura, que en algún momento había sido dorada, estaba ahora ennegrecida, posiblemente debido al mucho tiempo que tenía, al uso o, quien sabe, a la desidia. Pero lo que verdaderamente me llamó la atención en aquel ascensor no fue ese espejo rococó que me devolvía la mirada, no. Lo que efectivamente llamó mi atención y me produjo un singular y desconocido sentimiento de euforia, fue el asiento de madera con cojines de terciopelo rojo que habían colocado justamente debajo del espejo. Me parece que a nuestros antiguos les encantaba asentar las posaderas, pensé sin poder contener mi infantil carcajada. Quien sabe el poder sentarse era un privilegio que solo pertenecía a los pudientes. Precavida, miré a derecha e izquierda antes de entrar, pues no quería que nadie me impidiese el placer de subir hasta la buhardilla sentada. Después cerré las puertas de hierro con cuidado, apreté el botón del último piso y me acomodé lo más confortablemente que pude en el asiento. Escuché el crujir de unas corrientes y el ascensor comenzó a subir, entonces escuché un gritito, una especie de suspiró, y presté atención. Desde el hueco del ascensor me llegaban oleadas de murmullos y palabras sueltas, nombres de juguetes antiguos, susurros de amor… Al principio me asusté, no voy a negarlo, pero con el paso del tiempo comencé a entender el significado de cada una de las palabras que el hueco del elevador compartía conmigo y todos los días, con la disculpa de que iba a cuidar a la vieja amiga de mamá que estaba enferma, salía del cole y corría visitarlo. Nos hicimos amigos. Bueno, nos hicimos todo lo amigos que alguien puede hacerse del hueco de un ascensor.
Un día el ascensor demoró un poco más en subir al cuarto y último piso del edificio para que el hueco pudiese mostrarme alguna de sus historias más bien guardadas. Ese día vi que las señoras subían por las escaleras antes de que él existiese, por eso tenían asientos en los rellanos; me mostró que al ascensor lo habían traído de París y que tuvieron que estrechar las escaleras para abrir el hueco por donde debería subir y bajar y subir… Fue una obra que incomodó bastante a los vecinos y que provocó diversas desavenencias. Hasta hubo algunos que pensaron en vender el piso, pero al final la obra acabó e instalaron el ascensor en el hueco creado. Casi sin darse cuenta, los vecinos se fueron acostumbrando a la novedad y hasta se olvidaron de los tiempos en los que tenían que, obligatoriamente, utilizar las escaleras. Ahora solo las utilizaban, y con un humor de perros, cuando el pobrecito ascensor sufría alguna avería.
Otro día se asomaron al hueco del ascensor muchos de los antiguos habitantes de aquel edificio, conversé con un viejo marino que vivió en el segundo izquierda. Él me contó, aún conmocionado, el último viaje de su amigo Edward John Smith, contratado por la compañía White Star Line para comandar el viaje inaugural del Titanic. Me dijo que, a pesar de la mala suerte de Smith y de sus múltiples accidentes marítimos, no podía entender lo que había ocurrido aquel 12 de abril… También apareció una bella jovencita que vivió toda su vida en el tercero derecha. Allí se había casado y criado a sus hijos, allí se enteró de las infidelidades de su esposo, allí aprendió a comportarse como una dama, a ser silenciosa, a ser paciente y, finalmente, a hacer todo lo que le daba la real gana. Me dijo, con su voz suave y tímida, que su espíritu era el de una adolescente, por eso yo la veía joven y bella, porque ella siempre se había sentido así. Se presentó también un galante caballero de espíritu aventurero, que tras haber viajado por las cuatro esquinas del planeta concluyó que si no hubiera nacido en Gijón, le hubiera encantado nacer allí. Me explicó que el amor a los orígenes nos hace libres y nos permite vivir en cualquier parte, pues el respeto por lo nuestro nos ayuda a entender y a respetar los otros…
Los antiguos vecinos llegaban siempre por el hueco del ascensor, se sentaban en el banquito y comenzaba a conversar. A veces hablaban entre ellos y no me prestaban la más mínima atención. Pero había momentos, sin embargo, en los que su curiosidad era mayor, hablaban directamente conmigo y formulaban mil preguntas sobre “la extraña manera” que teníamos de comportarnos en los “tiempos raros” que, en su opinión, me habían tocado vivir. No entendían como la gente podía cruzarse por las calles sin mirarse a la cara, “y no digamos saludarse con un toque del ala del sombrero o pararse a conversar” afirmaban horrorizados. -“Si ni siquiera se desean un buen día por las mañanas, cuando se encuentran en el ascensor o se tropiezan por las escaleras”, afirmaba entristecido un anciano señor de amplios bigotes y extensas patillas, al que respetuosamente sus vecinos llamaban de señor Barón. El viejo caballero, conocido también como el Señor de Gijón, había pasado sus últimos años en su elegante vivienda del primer piso, el más valorizado en la época en que se construyó el edificio.
Había días en los que mis amigos del hueco del ascensor apenas deambulaban silenciosos, incluso parecía que danzaban, siguiendo el compás de un Vals o de una Polca, mientras me acompañaban a la buhardilla donde vivía la anciana portera. Ellos y yo también, escuchábamos nítidamente la música que reverberaba por el hueco del ascensor y, aunque nunca llegué a ver el rostro del (no sé si él o ella) pianista, la música se hacía más nítida cuando nos acercábamos al cuarto derecha. Casi podía sentir el chasquido del banquillo al sentarse, y el crujir de sus dedos segundos antes de colocar las manos sobre las teclas de un esbelto piano de cola, probablemente de origen alemán o austriaco. Después, tras algunos segundos de silencio, seguramente de concentración, deslizaba sus dedos por el teclado y en seguida las notas surgían indómitas, alegres o melancólicas, pero siempre hermosas, inundando el espacio sin tiempo de aquel hueco de ascensor. Prefería las obras para piano de Brahms, Liszt, Chopin. Pero aquel día, las notas de la Pathetique de Beethoven emergían de sus dedos doloridas, pungentes, desconsoladas… Fue en ese momento que la vi. Nuestra vieja pariente lejana entró despacio, sus pies menguados dentro de unas viejas zapatillas de fieltro. Se sentó en la butaca y se quedó quieta, contemplando sus propias manos. Eran unas manos agarrotadas por la frialdad de tantos baldes de agua, de tantos cabos de escoba, de tantas bayetas retorcidas. Tenía la espalda ligeramente curvada por el peso de tantos años y de tantas escaleras. Pero, cuando finalmente levanto la vista, su mirada era diáfana y transparente, casi infantil. Los vecinos del hueco del ascensor la recibieron con júbilo. A final de cuentas, todos querían bien a la vieja portera. Fue abrazada, acariciada y a cada abrazo, a cada caricia, su espalda se volvía erecta, sus manos recuperaban la tersura del pasado y sus pies recobraban la alegría juguetona de la juventud. Solo la mirada continuaba como siempre, ya que jamás había perdido la inocencia.
Yo estaba allí de puro intrusa, o quizás no. Tal vez estuviese allí para poder contárselo a ustedes, quien sabe… Subí con ellos más allá de la buhardilla, del tejado, de las nubes precursoras de tormenta y del mismo arcoíris posterior. Subí para decirles hasta la vista y regresar de nuevo, solo por el placer de acompañarles. Y al día siguiente acompañé a mi madre al cementerio, pero yo sabía que ella no estaba allí. La había visto cruzar el portal de luz del infinito, una luz tan brillante que ser humano ninguno ha podido jamás imaginar y, aún más, había conseguido vislumbrar, del otro lado, esperándola, a hermosos seres resplandecientes y a los amigos del hueco del ascensor. No, no podía estar triste.
Pero ayer, cuando el viento del acaso me llevó de nuevo hasta el viejo edificio donde vivían mis amigos y su portera lloré. Lloré mientras y cada vez que una grúa con un potente mazó de hierro golpeaba sin piedad sus vetustas paredes. Cuando me fui ya no quedaban casi escaleras y el hueco del ascensor parecía un contenedor de destrozos. Apenas la fachada exterior permanecía intacta… y las ventanas.

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las esquinas del tiempo

Reconocí el paisaje que se mostró a través de esa ventana en donde el ayer y el hoy se entrelazan y se diseminan por las esquinas de los días lluviosos, hasta perderse en la línea infinita de algún horizonte sin mañanas. Espacios grises y templados con ligeras pinceladas de amaneceres verdes que, no logro entender por qué motivo, se diluyen poco a poco en una especie de vacío sin tiempo; tobogán de segundos que deslizamos sin cronómetro ni reloj; montaña rusa que nos catapulta hacia dentro de nuestro propio ser hasta depositarnos suavemente en la nada.
Somos sombras fluctuantes que habitamos las esquinas del tiempo. Por eso, muchas veces sentimos que, sin importar cuánto andemos, ni dónde nos ubiquemos, siempre continuaremos en el mismo lugar. ¿Será que la vida permanece imperturbable gracias a nuestra mortalidad? ¿Será por eso que nuestros hijos, verdaderos depositarios de nuestra perpetuidad, nacen sin recuerdos ni memoria? ¿Habrá respuestas suficientes en el Cosmos para explicar nuestra existencia, o ese tiempo, que no existe, las habrá transformado en preguntas. Las mismas preguntas que una mano anónima sorteará y dejará caer por los entresijos de una de las múltiples escalinatas que desembocan, a veces creo que se lanzan, en el vacío de uno cualquiera de tantos agujeros negros?
Continúa lloviendo, la tierra se empapa y se desborda en barro e incluso se deja arrastrar por la pendiente de los días que yo contemplo desde la ventana. El verde que inundó el horizonte, penetra entre los ladrillos de las viejas casas humanas. Las mañanas son manchas de luz que se destilan y se transforman en hielo; bolas de granizo que martillean contra los techos de los autos o redoblan machaconamente en los tejados, en la cabeza, en los oídos… el estruendo del rayo se deja oír como si de una penitencia se tratase y el paisaje se encoje en una especie de plegaria.
Mi perra persigue la tormenta y juega con ella al escondite por detrás de los matorrales. La tarde se apagó y el tiempo ya no existe, apenas el sonido de unos árboles bamboleados por el viento, el silbido lloroso de sus ramas amputadas, el crujido seco que provocan al partirse y el golpe mortal y definitivo que producen al caer contra el asfalto. Por detrás de la lluvia, vi como los árboles se desmelenaban de dolor.
Llueve en la Granja Viana y la naturaleza entera se retuerce para exprimir el exceso de agua que le inunda la piel. Dicen que éste es un año de luna y por lo tanto voluble, inestable y un poco caprichoso… pero que sabe nadie del alma femenina, si a las diosas hace ya mucho que las han olvidado. El tiempo es el juguete de los dioses y nosotros, meros humanos, apenas deambulamos sus aristas. Vuelve el sol, la tierra humea, se abren nuevamente las ventanas… y por las cuatro esquinas del universo la esperanza revolotea.

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Flamenco

Este poema lo escribí en el año 1985, para conmemorar el retorno de Ana Esmeralda…

Negros gavilanes sangretoro
rasgaron el silencio de la noche,
castañuelas agridulces ronronearon,
y en el patio sin luna del cortijo
una gitana morena, vestida de ojeras y encajes,
eleva los brazos hacia el cielo y acaso vuela.
Siento que sus pies de tierra la están llamando
para huellar con caricias la ardiente amada
y golpear,
y amarodiar,
¡Taconear!
Ta, ta, tacatá, ta, ta, tacatá…
Hasta alcanzar, con un delirio de mil espasmos,
un clímax preñado de lujurias gitanas.
Carbones encendidos contemplan el milagro,
manos embrujadas tamborilean,
y unquejidorugido de gargantas desgarradas cruza el aire
AAAAAyyyyyyyyy
Y la tierra palpita bajo sus pies como un corazón enamorado
Ta, ta, tacatá, ta, ta, tacatá…
y sus brazos vuelven a elevarse,
y retuercen la noche en busca de alguna estrella,
y caen…
AAAAAyyyyyyyy
Ta, ta, tacatá, ta, ta, tacatá…

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Un coche en la oscuridad

Un chirrido resonó repentino en el silencio vacío de la avenida. La histeria frenética de unos neumáticos que friccionaron el asfalto y chisporrotearon centellas antes de parar. Pero, aunque el pie hubiese pisado férreamente el freno, el coche sobrepasaría el lugar en donde yo me encontraba sin lograr detenerse. Un golpe seco me levantaría por los aires y después el propio peso de mi cuerpo me estrellaría contra el cemento frío de la carretera. Un cuerpo resquebrajado que ni yo misma conseguiría reconocer. Mis ojos se mezclaron con la oscuridad del cielo nocturno y se deshicieron en suave lluvia. Escucho como el peatón verde del semáforo grita desconsolado. Dentro del auto, al otro lado de mi cuerpo roto, cuatro chicos “disfrutan” la noche del viernes. Asoman la cabeza por la ventana del coche y no ven, y no entienden.
Segundos antes, por el paso de peatones y después de haber comprobado que a dos calles de distancia un semáforo rojo mantenía los coches debidamente parados, un pie tras el otro, caminé segura en dirección al local en donde dos horas antes había aparcado mi propio coche.
Había sido aquella una noche singular. Primero porque disfrutamos el concierto escolar en el International School en donde estudia mi hija, después porque el restaurante era acogedor, la compañía agradable y la comida impregnaba la boca de sutiles sabores poco frecuentados. La lengua con todas sus papilas agradecía una y otra vez las gozosas explosiones de sabor de una de las cocinas más antiguas del mundo: la armenia. La discreta intensidad del Hummus, la sutileza del Falafel, la ácida alegría del Laban, la reservada elegancia del Iaprak Dolma y el dulce amargor del Bademis todo ello regado por la delicadeza de un té iraniano, hecho en agua de rosas.
Todavía era casi viernes, faltaban varias horas para que amaneciese el sábado y hasta de la fina lluvia que mojaba las calles parecía emanar un perfume suave a final de semana. Todo eso hacía que caminásemos sin prisa, sosegadamente felices, en dirección al estacionamiento donde nos aguardaba nuestro auto. Antes de ir a casa, recogeríamos a nuestra hija, que cenaba en un restaurante japonés con un grupo de amigos.
No era la una de la mañana, cuando miré a izquierda y derecha para verificar que no había ningún coche, moto o bicicleta en movimiento. Algo más lejos, hacia San Isidro, tres o cuatro autos descansaban el ímpetu de sus motores ante la irremediable fuerza de un semáforo que acababa de ponerse rojo y, como creo que ya les dije, el tal semáforo quedaba a dos calles de distancia.
Por eso, caminaba despreocupada, creo incluso que sonreía, cuando aquel chirrido interminable me hizo girar la cabeza. Venía a toda velocidad, imagino ahora que salió de alguna calle transversal, pues los coches continuaban parados en el semáforo.             Entonces el tiempo se paró, y durante un lapso que pudo durar escasos segundos o eternas horas, el reloj se transformó en escarcha y algo que por no saber cómo llamarlo, digamos que fue algo así como una especie de instante que se desprendió del tiempo, fluctuó fuera de aquella especie de normalidad que un día, hace mucho tiempo, decidimos llamar realidad.                                                                                                                                              Yo vibraba en aquella especie de burbuja fuera del tiempo y, desde allí, veía con perplejidad, pero sin emoción, como mi cuerpo era lanzado violentamente para después caer pesado sobre el asfalto de la Avenida Libertador.
Pero, la verdad, es que ni puedo ni deseo explicarles la extraña sensación que sentí, porque en realidad no sentí nada. Apenas sabía lo que estaba punto de suceder, y contemplaba impasible aunque no comprendía cómo, el accidente que me tenía a mí como protagonista. Sí, creo que salí de mí, pero también estaba parada en el paso de peatones donde, en breve, un coche acabaría conmigo.
Concentré la mirada en aquel coche incapaz de frenar y ya iba a abrir la boca para decirles, creo yo, que por el amor de Dios pararan, cuando una especie de mano invisible tocó mi pecho y yo desanduve unos pasos,  pocos, los justos para que el auto, que no paró, pasase rozándome la ropa; los justos para que yo pudiese ver el rostro de los cuatro muchachos que habían subido a aquel coche para apurar al máximo la noche del último viernes de octubre.                                                                                                                                        Enseguida pensé en mi madre, la soñé a mi lado, la sentí, casi veía su mano aún sobre mi pecho… Entonces, mi marido que caminaba detrás de mí gritó y yo percibí que, de alguna manera, había vuelto a nacer.

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