Mirando por la ventana

La ruta de las mariposas es un sendero aparentemente angosto, pero retocado por manos humanas, que se inicia justo enfrente de casa y llega hasta un lago de aguas oscuras. A los chicos les encanta recorrerla para desafiar los, entre muchas comillas, peligros de la naturaleza, enfrentar sus miedos y, claro está, vencerlos.

Los rayos de sol se filtran por entre las hojas de los árboles y, translucidos, salpican gotas de arco iris sobre el césped mojado. Una que otra pequeña nube destella su brillo de algodón y lo lanza contra la palidez azulada de un cielo casi atardecido.

Voces infantiles se entremezclan con el estruendo rasgado de tambores celestes. El telón de la noche cae de repente y una oscuridad profunda y lúgubre, preanuncia tormenta, inundaciones, desbordamientos, atascos…

Pero aquí, en el pedazo de cielo que se abre delante de la ventana de mi oficina, contemplo como el vuelo de dos bentevíes inunda el horizonte de plumas, gorjeos y color. Escucho la animada agitación infantil, sus risas elevándose por encima de los truenos. Y casi puedo sentir el frenético chapoteo de sus pies saltando sobre los charcos…

Pienso que más que una ventana, la cuarta pared de mi estudio es una tribuna abierta a la naturaleza. A veces pienso que el amor por las ventanas es congénito y está relacionado con mi españolidad.

Contemplo el horizonte por encima del tejado; de un tejado colonial con grandes tejas de barro cocido. Las voces infantiles se desvanecen a camino de sus casas…

Mi rincón es un útero abierto a la inmensidad, un amplificador cósmico de palabras que se licuan en ráfagas de energía, para renacer, mas tarde, en pantallas amigas, que están esparcidas por diversos continentes. Amo a mis amigos. Los siento cerca cuando escribo.

Veo la tela del ordenador como un cristalino que refleja emociones, y la Internet como el navío que las conduce por un camino de ida y vuelta.

La radio me recordó que ya pasaron 30 años desde la muerte de Franco. Treinta. Corrí a mirarme al espejo.

Recordé que, por aquel entonces, vivía en Madrid, estudiaba periodismo en la Complutense y me iba con los “troncos” a tomar cañas al Cleo.

También recordé que las ventanas de entonces se asomaban a frondosos bosques de antenas de TV.

Fueron años heroicos aquellos de los 70. Heroicos, idealistas y un tanto quiméricos. Somos nosotros los estudiantes combativos, que entonces se lanzaban a las calles exigiendo un mundo mejor, los que hoy manejamos las riendas de la política, de la economía, de la cultura…Efectivamente, el mundo no es redondo por casualidad.

Pero Madrid era una fiesta. Casi puedo escuchar los conciertos del bar la Manuela, o los de la Fíbula; visualizar la movida de la plaza Dos de Mayo, sentir el húmedo bochorno de las calurosas noches de verano, regadas a botijo; revivir el Madrid cultural y marchoso de Tierno Galván, aquel que fuera el eterno viejo y querido profesor de todos los madrileños, incluso de los que llegábamos de provincias.

A veces, como buena emigrante, tengo nostalgia de las noches de zarzuela en la Corrala, del cine al aire libre en el Retiro, o de los pueblos medievales levantados en plena Plaza Mayor. Siento nostalgia de una España que, soy consciente, solo existe dentro de mi cabeza.

De alguna manera, la ruta de las mariposas, los gritos infantiles, me transportaron a un trecho de mi propia ruta. A veces es bueno asomarse a la ventana del alma para vernos mejor; para reconocer la cadencia de nuestros pasos; para observar el color de las huellas que estamos dejando…

Antes de vestirse de noche, una luna menguante parpadea estrellas sobre el césped. Las luciérnagas desperezan el sopor, abren los ojos verdes, e inundan el jardín de puntitos fosforescentes. Los bentevíes revolotean en la chimenea que, ya hace algunos años, transformaron en nido. Los perros duermen escondidos en el fondo de las casetas. Mimí ronronea sobre un almohadón…y la ruta de las mariposas, siempre estimulante, se abre ahora para otro tipo de visitantes…más silenciosos.

Cuando amanezca, el día olerá a tierra fresca, mojada. El sol filtrará sus rayos por entre las hojas y el camino de las mariposas, como el de la vida, nos brindará nuevas aventuras, nuevos desafíos…

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