Una Historia de otras Navidades

Coloqué la pasta en el cepillo de dientes y enfrenté el espejo, como todas las mañanas. Pero la de hoy había amanecido diferente. Lo sentí a través de mi somnolencia. Alguien me observaba desde el lado de allá.

Restregué los ojos, ella continuaba allí, mirándome. Abrí la boca, las palabras se secaron dentro y no consiguieron salir. Desde el espejo, quien sabe tan atónita cuanto yo, me miraba (lo juro) una pequeña Yoly de largas trenzas rubias, que apenas había iniciado el largo camino que la llevaría hasta esta Yolanda en que nos transformamos. ¡Uf!, pensé yo, con toda la profundidad que mi cerebro se permite a las seis de la mañana.

¿Qué pensará mi yo de pequeña, del resultado al que hemos llegado juntas?, se preguntaba mi yo de adulta, cuando mi madre se asomó por encima de mi hombro infantil y dijo: – bueno Yoly, vienes, o no, a pasar las Navidades en casa.

Y me fui, espejo a través.

Sí, yo también pensaba que Alicia tenía la patente exclusiva de viajar dentro de los espejos. ¡Que nada!

Llegué a una La Felguera del mes de diciembre de 1962. Justo el último día de colegio, antes de las Navidades. Ese día, las alumnas de párvulos del Colegio La Beata Imelda teníamos que lavar los pupitres con mistol y encerarlos para el próximo trimestre. Allí estaba yo, estropajo en mano, disputando con las compañeras un pedazo de la tarima de la profesora. Todas queríamos limpiar al mismo tiempo, quién diría.

Había olvidado como La Felguera del comienzo de los sesenta era oscura y fría (quien sabe el siglo pasado nevaba más). Pero mis ojos infantiles la veían hermosa, bordada de luces coloridas y estrellas de Belén. Las calles engalanadas, los villancicos alegrando los oscuros días de invierno, y aquellos enormes buzones de Rey Mago que vigilaban atentos desde las esquinas de la plaza y de casa Enka, cerca del parque.

Siempre sospeché que los Reyes tenían espías particulares, ¿Cómo, sino, sabían todo lo que hacíamos? Estaba casi segura de que, durante las Navidades, esos espías se metían en los buzones para vernos mejor. Hasta programa de radio tenían. Yo, lo confieso, ya llegué a pensar que los duendes de Papá Noel hacían horas extras para los Reyes Magos, como chivatos. El dinero les servía para comprar más juguetes para los niños de su área de distribución.

Mi madre decoraba lámparas y puertas con guirnaldas y bolas coloridas. Mi padre y mi hermano mayor confeccionaban el Belén. Hacían la montaña del castillo de Herodes con saco de patatas teñido de verde, el río con papel de plata, el pesebre con piedras… y por detrás colocábamos un hombrecito haciendo sus necesidades, que nos llegó desde el desván de la casa de la abuela; procedente de las navidades infantiles de mi papá…

“alegría, alegría, alegría y placer que esta noche nace un niño en el Portal de Belén”, cantaba a todo pulmón la pequeña Yoly de trenzas.

Mi papá me llama para ir con él a casa Faustino a comprar las bebidas: sidra champaña el Gaitero, licor 43… para mí, aquello era un ritual mágico, casi sagrado. Por eso me agarro a su mano con una devoción casi mística y salgo con la seriedad de quien va a cumplir una misión de suma importancia.

En casa, mi madre canta villancicos mientras prepara sopa de pescado, cordero asado con pimientos, cebollas rellenas, salpicón de pixín. O el pollo que la abuela trajo vivo, directo de su gallinero, y que María la madre de Julia tendrá que matar, porque mi mamá es incapaz de hacerlo…

“Esta noche es Nochebuena y mañana Navidad dame la bota María que me quiero emborrachar, ande, ande, ande la marimorena…”

Y suben a casa mi amiga Susi y el amigo de mi hermano, Javier, y cantamos todos juntos delante del portal de Belén y mi padre toca la armónica y volvemos a cantar… Y la noche sabe a turrón, a mazapán, a peladillas, a pan de higos, a uva pasa…

Son las doce de la noche, hace frío, huele a nieve pero todas las ventanas del barrio están abiertas, iluminadas y cantarinas… los niños corremos por las escaleras, jugando de casa en casa. Celedonio, el papá de Susi, tuvo otro ataque de risa zarandeada y rompió el sofá. Aladino estalló en carcajadas. Pepe, más discreto, sonríe bonachón. En el portal de al lado, Luisa y Muna convocan a los amigos, voz en grito, desde la ventana, para ir a tomar una sidra champaña a su casa y continuar la fiesta allí. Muna hace su imitación de Cantinflas. Los niños reímos y disfrutamos, aún sin entender demasiado bien las risas adultas…

La noche corre alegre, una estrella fugaz cruza el cielo y mi hija me llama, me llama, me llama y me pregunta si no vamos a montar el árbol de Navidad.

Si claro, le respondo yo, mientras intento esconderme las coletas.

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5 respuestas a Una Historia de otras Navidades

  1. DORA EVA ENRIQUETA MEANA dijo:

    No hay duda de que se transporto a otro tiempo y recordo otras Navidades,las de su infancia,…que hermosura poder expresarse de esa manera,para trasmitirle al lector toda la emoción de sus recuerdos.

  2. Duda dijo:

    Yolanda,
    Lindo seu texto! Muito poético, recheado de emoção e sensibilidade. A riqueza das descrições praticamente nos transportam para seu universo pessoal. Adorei! Já está nos meus Favoritos! Fico muito feliz de você ter finalmente decidido enriquecer a web com seus pensamentos escritos.
    Beijos.

  3. que años …..yo tambien pensaba algo parecido……muy guapo Yolanda

  4. Mª Jose Mateos dijo:

    buenos recuerdos

  5. Hola!! Soy nieta de la Enka que mencionas en tu texto… Sólo quería darte las gracias por el recuerdo.

    Saludos!

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