A través del espejo

El amanecer me pilló de improvisó, se acercó a mi almohada y sin miramiento alguno me arrancó el sopor nocturno de las pestañas. Un viento helado se infiltró por las rendijas de la puerta balcón y me silbó un murmullo de esperanzas al oído. Cuando, finalmente, desperté, la nariz se empinó hacia la mañana, olfateándola. El día olía a lantanas a hierba mojada a bananera.

Un hálito dorado se desprendía de las palmeras reales que viven en el jardín, y, aunque pensé para mis adentros que mis ojos ya no eran los de antes, la verdad es que esa visión sutil, casi irreal, de la naturaleza me agradó.

Ya la noche anterior, cuando, inmersa en un estado de catatónica somnolencia, asistía el programa Saber y Ganar de tve, una pregunta sobre flores y cactus llamó mi atención. Ningún concursante respondió correctamente, mucho menos yo. Pero cuando escuché la respuesta cierta me levanté corriendo, abrí la ventana de la terraza y allí, alumbrados por la sonrisa irónica de la luna, se vislumbraban los brazos de candelabro del cardón cuajados de campanas enormes y blancas.

Nunca las había visto abiertas porque esperaban que llegara la noche y nos fuésemos a acostar para hacerlo…

Esa mañana, los brazos carnosos del cactus gigante se estiraban en dirección al sol y las múltiples telarañas que visten sus espinos cubrían los espacios abiertos, con una rutilante espiral tejida con hilos de seda y gotas de rocío

Más tarde, cuando entré al cuarto de mi hija para, como todos los días, despertarla con un beso, percibí que tenía las yemas de los dedos teñidas de azul. Así que, junto con el beso, le susurré al oído, a modo de canción:

Hoy mi niña se despertó con los dedos azules, porque pasó toda la noche arrancando pedacitos de cielo…y asomando su carita por entre las sábanas, una estrella guiñó sus ojos de luz, antes de escapar volando en dirección al universo.

La vida es un milagro que pasa desapercibido de puro uso.

No sé si fue la luz, el perfume o la carita de sueño de mi hija, el caso es que apoyada en la terraza, contemplando el horizonte verde de árboles, recordé la historia de una pareja obligada a abandonar su casa en España para construir un hogar…en São Paulo.

Les recordé porque durante mucho tiempo su vida transcurrió sin luz, flores, rocío, o perfume de lantanas. Les recordé porque supieron darnos a los amigos todo el cariño que guardaron para los hijos que no tuvieron. Les recordé porque Manuel y Maria eran suaves generosos como esa brisa matutina que me acababa de despertar.

La visión que mis ojos reciben todas las mañanas cuando abro la ventana me hizo recordar los 23 años que Manuel vivió como topo, encerrado en el sótano de una casa, la de su novia de siempre, Maria.

Manuel había sido comisario del ejército republicano español, y había perdido la guerra. Tenía tanta fe en la victoria que se le hizo tarde y tuvo que esconderse en un cubículo por detrás de un armario donde no llegaba la luz del sol, la brisa de la mañana o el perfume de las flores.

Tenía si, el amor incondicional de Maria, cuya única queja era la imposibilidad de ser madre: “en la época en que podía tener hijos tenía que evitarlos para que no descubrieran a Manuel y cuando finalmente alcanzamos la libertad ya no podía tenerlos”, y lo decía con dulzura, sin rencor, sin rabia, con una tenue tristeza que pasaba rápido, cuando miraba a Manuel.

Recordé un viaje a Brasil, del entonces presidente Felipe González. Una tarde se encontró con algunos españoles, entre ellos Manuel. Aquel día, tanto él como María estaban silenciosamente felices. Manuel iba a ser nuestro portavoz. Había escrito un pequeño discurso y, en el momento adecuado, se lo leyó al presidente.

Cuando terminó, levantó la cabeza, miró a Felipe González y le dijo: “me gustó lo que te escribí, creo que te lo voy a leer de nuevo”.

Y se lo leyó. De esa vez ojo en el ojo.

Felipe lo abrazó.

Era el discurso de un vencedor. Las dos páginas escritas a mano rezumaban amor por su país, estaban impregnadas de esperanza en un mundo más justo y transbordaban su felicidad por la victoria que, para él, suponía el gobierno de Felipe González.

Las palabras de Manuel sí olían a lantanas, y a hortensias, y a jazmines, y a salitre. Sus frases simples brillaban con el dorado rojizo del sol y cintilaban el verdor exuberante de las montañas. Finalmente, su alma había logrado contemplar la hermosa campana blanca del cardón.

Por unos instantes, el techo de aquella sala de hotel se vistió de luz y fuegos artificiales, los mismos fuegos con los que sus amigos de la aldea celebraron su libertad, cuando lo supieron en Brasil.

El aroma a café, que me llega desde la cocina, me regresa a la terraza, al presente. Los recuerdos adormecen acunados por el perfume de las lantanas…

En el espejo de la vida, la luz es un sentimiento.

Sí, por favor, una tostada, con aceite de oliva virgen y sal.

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Una respuesta a A través del espejo

  1. DORA EVA ENRIQUETA MEANA dijo:

    Como siempre excelente el relato, su imaginación increible……..

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