Solo estelas en la mar…

Solo estelas en la mar…

Arregazó las mangas, colocó su hijo, que lloraba, a horcajadas en la cadera, respiró fondo y decidió que debía irse a Cuba. Ya había perdido a su padre para esas lejanas tierras de las Américas, no perdería también a su marido… Vendería todos los enseres, embarcaría con su primogénito, desbravaría lo desconocido, pero no dejaría que su compañero anduviese solo por aquellas tierras de Dios…
Pero el abuelo volvió. Regresó y trajo consigo el dinero necesario para montar un negocio en Gijón. El negoció medró, aumentó, y creó puestos de trabajo para otros asturianos, que no precisaron irse.
Corrían los años veinte del siglo pasado, años de indianos que retornaban a sus aldeas con los bolsillos llenos de dinero y construían allí exóticos palacetes, tan característicos y peculiares, que aún hoy son admirados por los turistas que recorren nuestros parajes.
Asturias (y España entera) se financió durante mucho tiempo con el dinero, que desde las Américas, le enviaban sus hijos pródigos. ¿Quiénes coño creéis que mandaban la tales de las pesetas extranjeras? Pues justamente esos hijos que tuvieron que marcharse; esos hijos que se vieron obligados a desentrañarse de la tierra madre porque sus pechos ya estaban secos, o porque eran insuficientes para tantos, o porque ya no conseguía colocar en la mesa todo el alimento necesario, o porque… Así que, como en el cuento de pulgarcito, la madre Asturias se vio  obligada a abandonarlos en el bosque oscuro de la emigración.                  Algunos de esos hijos, como el abuelo, o el pulgarcito del cuento, retornaron e invirtieron sus sudados ahorros en la región.           Otros muchos plantaron nuevas raíces en la tierra de acogida, hasta hacerla suya. Y todavía hubo aquellos que, ni retornaron al hogar, ni germinaron en la nueva tierra, ni… Pero incluso a los que la muerte  encontró desprevenidos en el mar,  o tropezó con ellos poco antes de desembarcar, o les ofreció la mano cuando ya estaban casi en la orilla. Esos que se transformaron en olvido, mucho antes de que su memoria estuviese poblada de recuerdos. Sí, esos también eran conscientes de que, gracias a su sacrificio, los hermanos que se habían quedado en la casa materna podríam comer.                           Pero el tiempo pasaba, las cartas tardaban meses en llegar y la señaldá aguijoneaba el corazón de los emigrantes. Así que, para hacer menos dolorosa la separación, fueron recreando pedacitos de Asturias a lo largo y ancho de las lejanas tierras a donde los llevo la necesidad.                                                                                     Múltiples Asturias reinventadas que llevaban guardadas en el bolso del pantalón o en el corpiño, para reproducir, más tarde, cuando se pudiese, una y mil veces, incansablemente, a lo largo y ancho de todas las geografías, un surtido de clones de nuestra madreña. Cachinos de Asturias que palpitaban, florecían, se desparramaban con idéntico sentimiento. Lo único que cambiaba era el acento que, con el pasar del tiempo,  se iba adecuando a la idiosincrasia de los países de acogida.                                                                                     Ya conocí asturianos-che-argentinos, nietos de emigrantes que salieron de Lada (Llangreu) en busca de futuro. Asturianos-manito-mexicanos, hijos de emigrantes de Pola de Laviana, que regresaban todos los años, cargados de dólares que mostraban y gastaban con placer. Conocí importantes empresarios Costarricenses nacidos en Argandenes. Prósperos comerciantes venezolanos de San Román ¿cómo estarán ahora? … son tantos.
Puedo deciros que, hace menos de un año, me encontré con los descendientes de aquellos que hace ya cien años salieron de Lada… y, nada más vernos, nos reconocimos en la mirada.
Asturias es como un poliedro que refleja la luz en todas las direcciones… y desde todas ellas recoge esa misma luz, multiplicada.
Me vino a la memoria un hecho que me contó el periodista asturiano, y querido amigo, Emilio Tamargo, tras regresar de las para-olimpiadas celebradas en 1980, en USA.
Me habló de una pequeña ciudad, creo recordar que de California, en donde hasta el chérif era hijo de asturianos: Viven tantos asturianos allí – me decía – que en lugar de esforzarse para hablar inglés, fueron los americanos los que tuvieron que aprender asturiano. Podéis imaginar un comerciante americano diciéndole al cliente, ¿oye oh, cuántos kilos de patates y fabes quiés? Así somos. Cuando nacemos nos cortan el cordón umbilical que nos une a nuestra madre, pero se olvidan de cortar el que nos une a la tierra, aquel que llevamos prendido en el corazón. Ese cordón que, en cuanto vivimos, se estira, se dilata y nos acompaña por doquier. Pero que, cuando morimos, se encoge, se pliega y nos lleva de vuelta al lugar de origen: a nuestra braña, a nuestra pola, a nuestro bosque, a nuestro mar…                                                                     

Una gaita  esparce por el aire el sonido agridulce de sus notas. En lo alto del monte, el lobo aúlla su mejor canción de amor a la luna, mientras que ella, vanidosa,  se despeina en estrellas sobre las olas del mar. Ese mismo mar que un día se volvió camino para que mi abuelo pudiese regresar.

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Una respuesta a Solo estelas en la mar…

  1. Florentino Martínez Roces dijo:

    Querida Yolanda:

    Que paz se respira, despues de leer este escrito, lo que pasa que a los que estamos fuera, si la nostalgia se pudiera medir como la temperatura o como el zúcar de los diabéticos, se dispararia hacia arriba, muy arriba.

    ¿Porque no pones estos bonitos artículos en el Blog de nuestra WEB?, si me autorizas los puedo poner yo.

    Un besín

    Florentino

    Un besín.

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