Alma de emigrante

A veces, cuando me deparo con la tela en blanco del ordenador, me siento ídem: las ideas huyen en polvorosa, el cerebro sufre un cortocircuito, se queda intermitente y, finalmente, se apaga. Yo me veo deslizando, sin frenos ni control, por las autopistas de una memoria translúcida, aunque llena de curvas y revueltas.  Resbalo sin dirección y despavorida, agarrada a una neurona que me ignora y se niega a ofrecerme un pequeño recuerdo cualquiera que me sirva de gancho, de hilo conductor, de punto de arranque. Angustia total. Paranoia. Peligro, peligro, peliiig…!!!

Entonces, no me pregunten por qué, giro la cabeza hacia la izquierda y miro por la ventana. A través de ella, veo un horizonte verde, poblado de árboles que, en días como el de hoy, se deja enmarcar por un cielo lluvioso y gris. Un único rayo cruza el cielo, me calienta la sangre y me transporta a Asturias.

Que poder sobrenatural tiene sobre nosotros, los de la diáspora, la tierra en la que nacimos. Es un sentimiento tal vez abstracto, pero que de tanto sentirlo, se transforma en algo físico, tangible, de una solidez embriagadoramente dolorosa. Una especie de imán que nos impele hacia nosotros mismos y, al mismo tiempo, nos seduce y  nos arrastra hacía el lugar de origen; hacia ese lugar que un día nos impulsó a salir.

Y esa fuerza es, contradictoriamente, más impresionante, más devastadora en aquellos que jamás lograron volver o en los que, cuando lo hicieron, muchos años después, no reconocieron el idealizado terruño natal.

Las calles de piedra por donde pasaban todas las mañanas con la blanca y la pinta no existen más, el pomar menos y el prado tampoco. Allí construyeron una urbanización de chales adosados con jardines y piscina. Las calles están asfaltadas, bordeadas de árboles, que refrescan el verano con sus sombras, y de acogedores bancos que invitan a la charla o a la lectura o, sencillamente, a tirar una pestaña. Pero ellos no lo ven, solo ven sus recuerdos y cada día menos, pues el progreso se los está borrando. Por eso, muchos, los más viejos, lo piensan dos veces antes de regresar.

Saben que en esta Asturias, en esta España de hoy, posiblemente no hubiesen precisado ser emigrantes, aún así, la que ellos aman es aquella otra, la de la infancia, la de los nabos con tocino, la que les obligó a marchar.

Y es que nuestra memoria precisa de un punto de apoyo en el que agarrarse para reconocerse y saberse y descubrirse e, incluso, entenderse. Los emigrantes somos portadores de esa dualidad, que no muere con nosotros, pues la dejamos en herencia a nuestros hijos. Una dualidad, a veces poderosa, redentora, fraternal y fuerte; a veces hueca, resentida, oportunista, cobarde.

Actualmente, los emigrantes estamos en candelero. Somos noticia casi todos los días, nuestras fotos salen en los periódicos, los gobernantes nos visitan, hacen reuniones, congresos, foros, bailan la danza prima en nuestro honor, nos invitan a conocer la tierra de nuestros mayores ¡ Guau,  finalmente, estamos en boga!.

Será que nuestros representantes en el gobierno han decidido hacer el deber de casa y están reconociendo la importancia económica, cultural y social que tuvo el personal de la diáspora. Una buena madre tampoco debería olvidar a esos hijos que, justo porque no pudieron volver,  fueron sembrando por los campos de la vida  todo lo que tenían, todo  lo que verdaderamente era suyo: su trabajo primero, sus hijos después y,  finalmente, sus huesos.

Solo los que un día precisaron salir saben lo difícil que es dejar la tierrina, el llar. En muchos casos, pasan años antes de que decidan abrir los ojos y, sin abandonar su rol de emigrantes, se animen a miran a su alrededor y a vivir una otra realidad.

Otros continúan navegando neblinas. Es una situación lastimosa, principalmente para los que no acertaron la formula de transformar en oro sus esperanzas.

Ningún país se enorgullece de tener que expulsar a sus hijos. Es una situación de extrema crueldad para ambos lados, lo sabemos. Y sabemos también que ese tipo de situación se agrava o mejora según los gobiernos adopten, o no, políticas concretas que nos permitan ser efectivamente ciudadanos de primera clase, con todos los deberes y derechos que nos ofrece la Constitución, esa ley mayor que, según ella misma enuncia, rige y ampara a todos los ciudadanos.

En última instancia, sería bueno que los gobiernos no olvidasen los buenos preceptos sugeridos en la parábola del hijo pródigo, y mantuviesen las puertas de la “casa paterna” siempre abiertas, y no apenas en determinadas épocas electorales.

Pues en verdad en verdad os digo, que si difícil fue partir, mucho más duro puede ser volver.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s