Una de periodistas

Soñé que residía en una tierra yerma habitada por una humanidad marchita, infecunda y extremadamente violenta…Aunque ese delirio me produjo escalofríos, no conseguí despertar. O si lo hice, no me di cuenta, pues el sueño invadía la realidad… y el miedo atenazaba mi garganta como una mano peligrosa y cobarde que se aprovechaba del descanso nocturno, de la lasitud de los cuerpos, para tiranizar nuestras mentes.

Quien es más cobarde, el que acecha en lo oscuro y desgrana flores sangrientas de muerte al amanecer; o quien, negándose a asumir un papel de víctima, extiende la mano blanca de la convivencia, del respeto y de la tolerancia.

En mi sueño llegué, incluso, a renegar de esta “santa” profesión de contar desgracias y en mi atropellamiento cármico incriminé y condené a Ciro rey de los persas… quien coño (pensaba yo) había mandado a ese señor con sueños de grandeza babilónica enviar “ojos y oídos ” por los cuatro cantos de la Mesopotamia para cotillear lo que ocurría en sus posesiones, y peor aún, para que se lo contasen. Y, sin más pamplinas, me fui a hablar con él.

Parece que ya desde sus inicios, al menos por lo que Ciro me explicó, el fundamento de la profesión es contar lo que algunos quieren oír, lo que otros precisan escuchar. Lo que todos debemos creer.

Enseguida, no sin antes despedirme del monarca, me transformé en una especie de abogado del diablo de mi propia imaginación y, tras realizar un esfuerzo, más delirante que titánico, visualicé una humanidad que desconocía dos viejas profesiones: la de periodista y la de historiador. Una humanidad sin Gutemberg y, pasmen, sin Internet…

Era como si cada generación se viese obligada a deletar la memoria colectiva de su Adn; como si el cuenta kilómetros psíquico, sociológico y cultural se viese compelido a retornar al punto cero.

Entré en un mundo donde la cultura se desintegraba por falta de memoria escrita… Vivían en una absoluta ignorancia del ser.

Puaf, pensé dentro del sueño: “ni tanto ni tan calvo.”

Entonces caminé los no tan viejos tiempos de facultad e inicio de carrera e intenté recuperar la frescura juvenil de aquella época. Aquella frescura que allanaba los caminos, derribaba los obstáculos y simplificaba las grandes controversias socio-político-religiosas.

Como los adultos somos complicados. Y ciegos. Desde el sueño parecía absurdo no vislumbrar el mismo horizonte común.

Cuando la memoria revivió aquellos tiempos de facultad se entretuvo, con especial dulzura, en los almuerzos con Luis Carandell, gran periodista y querido amigo, al que Dios contrató, hace ya algunos años, como cronista del Paraíso News.

Lo vislumbré en Cuadernos para el Dialogo, en la revista Viajar, en las Cortes… pero, principalmente recreando, en su imaginación, un nuevo periódico. Uno que contase noticias agradables, divertidas, y quien sabe absurdas… De aquellas que animan, dan ganas de vivir y de salir a la calle. Que para contar desgracias ya tenemos El Caso.

El periódico de Carandell estaba hecho en papel de envolver bocadillos (reciclado) con las manchas de grasa, aún calientes, del bocata de tortilla, chorizo, o jamón, escurriendo noticia afuera…

Desperté. Como todos los días desayuné las noticias del periódico diluidas en café con leche y, ni tanto ni tan calvo, pensé en la fuerza de la palabra escrita, en el compromiso de quienes escribimos, en el placer que da leer un buen reportaje, en la responsabilidad del editorialista, en la tortilla española, en el bocata de chorizo, en Luis Carandell.

Para anotar en la Agenda: la próxima vez que sueñe con Ciro, en lugar de darle la bronca, tengo que agradecerle y pedirle disculpas

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