Cartagena morena de indias

Mil Españas se descubren al caminar por sus calles de piedra, imposible negar nuestra presencia. Los baldosines emanan vapores de jazmín y madreselva. Patios internos se iluminan con los colores desvergonzados de las primaveras. Balcones floridos susurran trémulas reflexiones. Angostas celosías esconden el pálido deseo de una adolescente.

La tarde transpira suspiros de siesta. El claustro dormita. Alguien pide un mojito.

Acabamos de llegar a Cartagena.

El abrazo húmedo y caliente del atardecer caribeño nos recibe al pie de las escalerillas del avión. Confieso que, mientras las bajaba, procuré a Gabriel… lo intuí más tarde en todas las calles y plazas de una Cartagena de Indias morena, perfumada y caliente.

Lo presentí sentado y cabizbajo en una plaza de “amor en tiempos de cólera”; lo vislumbre entre las palmeras imperiales de su casa de color naranja atardecer. Y si no era él, con certeza, era alguno de sus personajes.

Al anochecer llovía. Era lluvia de luna llena que, más que mojar, nos lambía la piel y las pestañas. Fuimos a cenar en Calesa, y mientras los cascos del caballo retumbaban historias de amores y desencuentros, nosotros nos asomamos a las ventanas del pasado.

Ya cuando llegamos y el taxi atravesó los portones de las murallas sentí que allí el tiempo y el espacio mantenían sus propias reglas.

Nos alojamos en el antiguo Convento de Santa Teresa, con una hermosa fachada pintada en un vibrante amarillo oro. En la recepción un cuadro de la Inmaculada Concepción en estilo barroco nos dio la bienvenida. Una energía dulce, femenina y apacible, quien sabe de las carmelitas que allí vivieron, circulaba por el antiguo claustro, donde ahora servían el desayuno. En ocasiones, el aire se agitaba, perturbado momentáneamente por el aleteo de las marías mulatas.

Conocer Cartagena es pasear por Sevilla y la Mancha al mismo tiempo. Cartagena es exuberante y austera; reservada y brillante; piadosamente pagana; católica fervorosa y visceral.

Ciudad ataviada con ajardinados balcones, una minúscula ventana, ubicada en una lateral del antiguo Palacio de la Inquisición, hoy Museo, llama la atención por lo insólito. Era a través de ella que se realizaban las denuncias anónimas que transformaban ciudadanos en “herejes”. Gentes que, después de juzgados, debían someterse a los Autos de Fe, si de propia voluntad solemnizaban su retorno a la Iglesia; o al castigo, si insistían en permanecer como herejes impenitentes.

Hoy el museo guarda entre sus reliquias un potro de martirio, un garrote vil, una pinza para desgarrar los pechos de las brujas y otros artilugios apropiados para incentivar la comunicación con el reo.

Sueño con el día en que no precisemos Museos de Terror para recordar hasta dónde puede llegar la intransigencia humana, pues ese día entenderemos que conceptos como comprensión, conciencia, sabiduría son algo más que bellas palabras en los diccionarios.

Una luna caribeña y atrevida descendió de la bóveda celeste para lavar el sudor de su rostro con la espuma perfumada del mar. En el horizonte, un barco penetraba noche adentro… al día siguiente, alguien juró haber visto el estandarte pirata de sir Francis Drake ondulando en el palo mayor.

Cartagena es tierra de entrelíneas. Todo puede ocurrir. Depende de cómo estén los ojos de quienes la mire.

El castillo de San Felipe de Barajas es una de las fortalezas españolas más importantes fuera de la península Ibérica. Construido en el siglo XVII, durante la colonia, se eleva majestuoso sobre la colina de San Lázaro y preservaba la ciudad de cualquier posible invasión terrestre o marítima.

Sus muros protegían un tejido de túneles, galerías, desniveles y trampas con un intrincado sistema de comunicación y algunas salidas alternativas para huir en caso de ataque.

Delante del castillo, escudándolo, la estatua de un héroe local: Don Blas de Lezo y Olivarrieta un español nacido en Guipúzcoa, a quien primero llamaron de pata de palo y más tarde de medio hombre, pues se quedó manco, tuerto y cojo en batalla. Aún así, la historia le considera uno de los mayores estrategas de la Armada Española.

Por la noche, la figura del Castillo es aún más impactante. Sombras del pasado se deslizan por las almenas, pairan sobre los cañones, transitan por las galerías de la fortaleza. Subí despacio y conversé con las piedras de los corredores, con la yedra agarrada a la boca de los túneles y ellas, las piedras, me contaron otra historia, la de esta orilla. Una versión que rescaté a bocajarro al pie de aquel camino intrincado, sinuoso y espiral que lleva a la parte más alta de la fortificación.

Más tarde, al pasar por la avda. Pedro Heredia vi que Catalina, la india Calamari, conocida como “india lengua” y considerada como una “pacificadora” entre las tribus indígenas, miraba hacia el Castillo de San Felipe con sus ojos de piedra…y lloraba.

Dice la leyenda que Catalina era “una india inteligente y de hermosas facciones, de trato simpático y maneras distinguidas”. Hoy se la considera un símbolo de la ciudad de Cartagena.

En el avión, ya de vuelta, con la piel impregnada del femenino perfume de Cartagena y la retina rebosante de luz y color, sentí que toda la cabina olía a gladiolos, a rosas, a primaveras, a granadillas. Observé a mis compañeros de viaje y vi que todos sonreían. Me senté y, casi sin percibir, me abstraje en la contemplación de mis propios pies. Entonces les agradecí por los muchos caminos recorridos…y dormí.

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Una respuesta a Cartagena morena de indias

  1. mesudamolt dijo:

    Que bellas palabras, muy adecuadas a la no menos bella Cartagena.

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