Donde la vida empieza…o se acaba

Recuerdo, allá en lo más intrincado de la memoria, como -cuando era tan pequeña que las sensaciones aún no se habían traducido en palabras-, sentía nostalgia de un sentimiento amplio y totalizador que se me había desenganchado en el mismo instante en el que me cerraban la cremallera del cuerpo.

Es un recuerdo anterior a las primeras palabras, anterior a los primeros ensayos de concatenar mis incipientes emociones, anterior a las primeras tentativas de pasarlas por el filtro de la lógica y transmutarlas, después, en ideas. Son recuerdos primigenios, anteriores a la individualización del ser. Son sentimientos de totalidad que, de alguna manera, continúan imbuidos en mí. Es por eso que, al nacer como seres individuales, lloramos lágrimas de añoranza.

Esa sensación antigua me alcanzó plenamente el corazón y el entendimiento al contemplar por primera vez los glaciales de la Patagonia chilena. Los ojos de la consciencia se abrieron cuando el barco adentró en una especie de bóveda virginal de hielo y luz. Parecía que navegásemos por el vacuo, por la nada.

La voz de comando de los leones marinos que adiestraban a sus pequeños, quebraba, por momentos, esa sensación de ensueño y nos transformaba, nuevamente, en caminantes- navegantes del arco-iris. El útero de la tierra es de un intenso color azul, y de cristal.

Cuando llegamos a Puerto Natales el viento patagón nos recibió con un abrazo áspero e insolente. Era un viento helado, de aquellos que propicia migrañas y jaquecas. No en vano sus habitantes fueron cincelados con una arcilla especial, rica en componentes como el granito, el hierro y el cuarzo. Son gentes que comprendieron los gemidos introspectivos del viento y descubrieron las múltiples sutilezas que envuelven el despertar de una semilla.

La retina se esfuerza en penetrar la niebla y captar los milenarios enigmas de la Cordillera del Paine. Sus torres se elevan por detrás de una sutil cortina de gasa húmeda. El sol irradia el oro de su luz, que luego se deshace en llovizna multicolor sobre la nieve. Dos cóndores planean por encima de las cumbres. El agua del río se deshace en torbellino y su espuma mimetiza los colores del arco-iris. Pequeñas partículas de ensoñación tiñen el aire mientras mi amiga Marise y yo intentamos capturar ese momento dentro una foto. Pero es difícil. No consigo ver el verde esmeralda de los lagos patagones, que conservo en la retina, en ninguna de las muchas fotos que saqué. Tampoco el azul intenso, que los grandes bloques de hielo encierran dentro de sí.

Vemos sí, que en aquel paraíso de hielo, los grandes glaciales transpiran o lloran o se derriten. Vemos sí, que su antigua grandiosidad se está arrugando. Tal vez el grito de los delfines, que oímos en el barco, sea, en realidad, un grito de alerta. Un grito similar al que, mucho tiempo atrás, imagino yo, rugió el Milodón dentro de su cueva.

El hielo de los glaciales se disuelve por entre los dedos de la humanidad y nos moja las manos de responsabilidad, por mucho que cerremos lo ojos y lo neguemos.

Una parte importante de la historia de la vida está escrita en los milenarios hielos azules de los neveros, reflexionaba yo en cuanto caminaba por la senda de piedras que conduce al glaciar Bernal. Cuando llegué, retiré el guante y por unos segundos intenté sentir el tenue tictac de su corazón de escarcha.

Pero el corazón que palpitó fue el mío, cuando, aún con la mano en el glacial, giré la cabeza y contemplé el camino de regreso al barco. Por algunos instantes, al igual que cuando era niña, me sentí plena y en perfecta comunión con el infinito. Incluso conseguí, por el rabillo del ojo, vislumbrar algunas líneas de la historia vital del planeta.

Vi como el hielo preñado de oxigeno daba paso a los materiales rocosos de las altas cumbres que, por su vez, daban forma y sedimento a los embalses que hoy contienen las verdes aguas de los lagos patagones.

Caminé sobre los montículos de arena que bordean el camino de piedras y hundí la bota en un tipo de arcilla blanquecina y pegajosa, que parecía succionarme el pie. Asustada, intenté mantener los pies y la mente sobre las sólidas piedras de granito y cuarzo.

Contemplé los brotes de vida que afloraban por entre las piedras, tímidos y esporádicos, al principio, pródigos y espléndidos, después. Eran líquenes que arropaban rocas y peñascos; flores multicolores que salpicaban el suelo con sus diferentes tonalidades; arbustos que intentaban subir un poco más alto. Enseguida surgieron algunos pájaros en la línea del horizonte y una ballena se asomó desde la ventana del mar, o al menos alguien dijo que la vio… y más allá, oculto por unos matorrales, el skorpios nos esperaba. Dentro, los pasajeros que no bajaron al glacial y la tripulación.

Había llegado la hora de volver, pero antes de retornar al navío, mientras nos despedíamos, una vez más del glacial Bernal, el cielo nos regaló una copiosa tormenta de nieve. El horizonte se ensombreció y el glacial se escondió detrás de la niebla. Nosotros quedamos encerrados en una especie de vacuo blanquecino. Los copos de nieve caían juguetones y se nos enganchaban en los ojos y en las pestañas simulando pequeñas estalactitas de cristal. Solo se veían las luces del navío se aproximando.

De nuevo en el barco, fuimos directo a tomar un té bien caliente. Nuestro cuerpo titiritaba de frío pero nuestra alma sonreía de pura emoción.

1.-El Macizo del Paine conforma un pequeño sistema montañoso independiente de los Andes Patagónicos. Hace doce millones de años se formó una intrusión de roca granítica, por una falla en la cuenca de Magallanes, que empujó las rocas sedimentarias de la cuenca hacia arriba. El último episodio glacial dejó sus rastros patentes y, con el clima que sigue erosionando la roca, esculpió el macizó en las actuales e impresionantes formas. El granito se ve en las Torres, en la parte baja de los cuernos y en el Cerro Fortaleza. La roca sedimentaria forma la porción marrón encima de los cuernos del Paine y del cerro Fortaleza.

2.-El Milodón fue un mamífero del orden de los Endentados, herbívoro de grandes dimensiones que se desplazaba sobre cuatro patas o sobre las dos traseras, apoyándose en su gruesa cola. Tenía poderosas garras, que le permitía ahondar la tierra en busca de raíces, parte de su alimentación. Se cree que su extinción, a fines del Pleistoceno (hace unos 10 mil años) está relacionada con la carencia de oligoelementos en la alimentación de los herbívoros.

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