Una cordillera que nada mar adentro

El Pacífico me salpicó las pestañas cuando lo tropecé desde una de las ventanas de la casa que Pablo Neruda poseía en Valparaíso. La casa entera es una especie de bucanero que navega por encima del oleaje. Ya la ventana del despacho es el catalejo con el que Neruda contemplaba el mundo.

Una casa de vientos marinos encimada en la ladera de una colina que desea mojarse los pies. Y es que Chile es una cordillera que nada mar adentro.

Salimos de Sao Paulo casi al amanecer. Aún estaba adormecida cuando sobrevolamos los Andes. Llegué a pensar en la posibilidad de que la visión al otro lado del cristal fuese un sueño. Mismo así ya valdría el viaje.

Cordillera de piedra que se deja vestir de nieve virginal y se estira nubes arriba. Oscuros macizos de tierra seca que se aventuran por encima de las nubes, coronándolas. Valles que se arriesgan en estrechas gargantas o se abren en inmensos círculos multicolores. Se intuyen Grutas primitivas y neveras que se transbordan en nacientes o se deslizan en lagos.

Casi conseguí visualizar al altivo pueblo Inca sendereando empinadas rutas. A las ingenuas Llamas, consideradas “uno de los animales de mayores provechos y menores gastos de cuantos se conocen”. Al Cóndor, señor de todos los Andes, ave gigante de vuelo majestuoso, a la que algunos pueblos del continente americano consideran sagrada.

De repente, la ciudad de Santiago se precipita a los pies de la cordillera y se deja abrazar por ella como si fuera un cinturón. El clima seco y el vibrante azul del cielo me recordaron Madrid.  Las amplias calles demuestran la fuerza de una ciudad que se reconstruye a si misma siempre, pues aprendió a vivir con el sismógrafo en constante estado de alerta.

Santiago es una ciudad atractiva que te acoge con un cariño recatado y seductor. Apetece caminarla y conocer los escenarios arquitectónicos que marcaron su historia.

La Alameda del libertador Bernardo O’Higgins es su arteria principal. Allí encontramos algunos de sus edificios más carismáticos, como el Palacio de la Moneda, sede del gobierno desde 1845 y palco de la historia reciente de Chile.

El Cerro de Santa Lucía, local elegido por los españoles para colocar sus cañones coloniales, es hoy un exuberante parque con una formación rocosa que alcanza los 70 metros y nos regala una esplendida vista de la ciudad.

El barrio de Bellavista es hermoso, arborizado, bohemio, lleno de luz, color y buenos restaurantes. Me lo presentó Macarena, amiga chilena y querida compañera de aventuras en los tiempos de Ohio. Neruda también tenía una casa en Bellavista, conocida como La Chascona, en donde vivió con Matilde Urrutia, su última mujer.

Las casas de Neruda, como su poesía son prodigas en color y atrevidas. Con una osadía que raya el desafío y delimita con la prudencia. Son casas de niño grande, llenas de juguetes casi adultos, de zapatos, barcos y caballos; de anclas, cristales y biombos chinos. Las casas de Neruda son casas en donde se practicaba el increíble e inesperado juego de vivir.

En La Sebastiana vi una foto del poeta en el restaurante Carmencita de Madrid. A su lado estaba Federico García Lorca, Rafael Alberti y otros escritores de la generación del 27. Supe que la foto era en el Carmencita porque allí, al menos cuando yo iba en la década del 70, había otra igual.

Después navegamos orillas a camino de Viña del Mar. El Pacífico nos observaba con su mirada profunda y fría. Arriesgamos un baño, pero solo conseguimos meter los pies… y rápido.

Y pensar que ya llegué a quejarme del Cantábrico cálido y bonachón.

Mientras volvíamos y el avión sobrevolaba la imponente y altiva cordillera, intenté imaginar el camino recorrido por aquellos españoles ávidos de descubrimientos y conquistas. No debió ser fácil atravesar los Andes sobre el lomo de un Caballo.

Ensimismada, dejé que el pasado me llevase de la mano al encuentro de Inés de Suarez, una española de Extremadura que embarcó hacia las Indias en busca de su marido, uno de los tantos marineros que viajaron a las órdenes de los hermanos Pizarro. Parece que nunca lo llegó a encontrar.

Pero, a pesar de todas las adversidades o tal vez debidas a ellas, esa mujer de fuerte temperamento y rara inteligencia, fue una importante figura en la conquista de Chile, en donde luchó codo con codo, al lado de de su amante, el conquistador Pedro Valdivia. Estamos hablando de 1540, aproximadamente.

A Inés de Suarez, cuya historia está retratada en uno de los últimos libros de Isabel Allende, se la considera, hasta los días de hoy, la imagen de la determinación, el coraje y la bravura de las mujeres criollas.

La cordillera canta y el avión es un pájaro de alas con manchas amarillas que, según asegura el indio mapuche que lo dirige, ha dado su nombre al país. El se llama trih, pero su canto dice chilli, chilli, chilli… Enseguida una niebla densa y oscura nos invade, oigo ruidos debajo de mis pies. Poco después, un rayo rasga el horizonte, lo salpica de luz y, por unos breves segundos ilumina la negra cerrazón que engulló el día. Antes de aterrizar, el cielo se rompe y llueve.

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