Mujer múltiple

Al pasar la barca, me dijo el barquero

Las niñas bonitas no pagan dinero.

Yo no soy bonita, ni lo quiero ser

Al pasar la barca, yo le pagaré.

Algunas mujeres de mi generación queríamos pagar las cuentas para sentirnos más dueñas de nuestra voluntad y de nuestros deseos. Cuando salimos de casa no lo hicimos para entrar en la Iglesia, tampoco vestíamos de blanco o llevábamos flores de azahar. Salimos para caminar sendas Universitarias. Marchábamos seguras sobre la plataforma de nuestros zuecos, firmes dentro de un vaquero bien ajustado, y libres bajo una camiseta sin sujetador. Salimos de la casa paterna con las mochilas cargadas de esperanzas, libros, apuntes… y con la mirada centrada en un horizonte rebosante de realizaciones y éxitos.

Algunas mujeres de mi generación deseábamos ser protagonistas de nuestra propia historia para escribir, de puño y letra, el libro de nuestras vidas. En definitiva, queríamos hacer uso del sagrado poder de elección: nosotras solas decidiríamos el camino que iríamos a trillar.

Algunas mujeres de mi generación estábamos cansadas de dormir acunadas por cuentos que finalizaban invariablemente con un categórico “…y fueron felices para siempre…” De alguna manera, y a pesar de la edad, nos parecía extraño, a algunas mujeres de mi generación, que todas las historias de nuestras principescas heroínas finalizasen justamente en el altar. La pregunta que no conseguía callarse y que nadie nos sabía responder era sobre lo que ocurría al día siguiente.

Y los cuentos sugerían, o al menos así lo entendíamos algunas mujeres de mi generación, que la vida de todas las protagonistas acababa justo después del ansiado ritual. Pues tras aquel segundo mágico del sí quiero, el narrador encerraba rápidamente la historia con un categórico… y colorín colorado este cuento se ha acabado. Pero, lo que parecía acabarse, y definitivamente, al menos eso nos parecía a algunas mujeres de mi generación, era la soberanía de la mujer.

Claro que, a la mayoría de las mujeres de mi generación, cuando colegialas, en la década de los sesenta, nos habían adiestrado, a veces con sufrimiento, en el sacrosanto deber de la obediencia al padre, pero principalmente al marido. Por eso, nos habían inculcado, de manera pertinaz y metódica, a aceptar nuestras diferencias e incapacidades y a ver como normal nuestra total sumisión al varón.

Nuestra vida debería estar dedicada integra y exclusivamente a él y las únicas salidas honrosas para las mujeres decentes, en aquel momento histórico, eran: casarse o meterse a monja, y no eran pocas las que preferían la segunda opción.

Personalmente, recuerdo que al cumplir trece años mi abuela me regaló un libro, olvidé el título hace mucho tiempo, cuyas páginas contenían las recetas e indicaciones necesarias para cumplir nuestro papel de “descanso del guerrero” de la manera más eficaz y competente.

La esposa perfecta era una mujer sonriente, maquillada, peinada y perfumada, con un mandil pulcrísimo por encima del vestido, la espumadera en una mano y el plumero en la otra. La cocina y la sala representaban el escenario ideal en donde transcurría su existencia: “Qué bien vives Catalina, con limpiador ajax vecina”. Cuantas mujeres de mi generación no hicieron de esa imagen su sueño de consumo…

Imagen que ayuda, en mi opinión, a explicar las ideas que invaden la cabeza de algunos hombres que practican la violencia de género. Ellos, los agresores, desearían que, en lugar de compañera, sus mujeres, respondiesen a ese padrón de esposa mitad muñeca, mitad robot, de fácil maniobra, que vive doblegada a la voluntad del marido. Justamente el tipo de mujer que nos obligaron a interiorizar durante las primeras décadas del Franquismo.

Al libre albedrío de la mujer, a su capacidad de ir y venir, el hombre inseguro responde con agresión…

Sabemos que la violencia doméstica es el principal motivo de lesiones en mujeres entre 15 y 44 años. Sabemos que veinte por ciento de las mujeres del mundo sufrieron abuso sexual durante la infancia y casi setenta por ciento de las mujeres ya fueron agredidas o víctimas de estupro. Sabemos que más de setenta por ciento de las mujeres viven en situación de miseria absoluta y que dos tercios de los analfabetos del mundo pertenecen al sexo femenino. Sabemos que más de mil millones de mujeres de todo el planeta (una a cada tres) ya fue golpeada, forzada a mantener relaciones sexuales o sufrió cualquier otro tipo de abuso, cometidos, generalmente, por amigos o parientes. También sabemos que, a pesar de todo y de todos, las mujeres tenemos una expectativa de vida mayor. Pena que algunas compañeras continúen creyendo que somos el sexo frágil.

Pues no. No somos ni seres frágiles en busca de protección, ni brujas impenitentes que precisan de salvación. No somos ni mujeres masculinizadas y estériles con envidia del pene, ni promiscuas prostitutas sin honra y sin honorarios. Ninguna de las múltiples definiciones peyorativas que fueron y son utilizadas para catalogar y circunscribir a la mujer que se hizo dueña y señora de su feminidad logró macular nuestra virtud.

Pues algunas mujeres de mi generación se idearon, se planearon, se reinventaron, se remodelaron, se proyectaron, se forjaron, se concibieron y, por fin, se renacieron.

Sí, algunas mujeres de mi generación reabrieron puertas y caminos que habían permanecido cerrados durante mucho tiempo, para que las generaciones actuales las atravesasen y se instalasen en condiciones de igualdad.

Sí, algunas mujeres de mi generación fueron como aquel ave fénix de la mitología que renace desde a oscuridad de las propias cenizas, sin perder la memoria del pasado; la memoria de tantas mujeres, intelectuales, obreras o amas de casa, que, a lo largo de la historia, reivindicaron su derecho a la emancipación.

Sí, algunas mujeres de mi generación sostienen las columnas anónimas sobre las que hoy se sustentan conquistas y derechos de igualdad.

En 1965, cuando se publicó por primera vez en España La mística de la feminidad de Betty Friedman, cuya obra ayudó a inspirar el Movimiento para la Liberación de la Mujer,
yo tenía doce años. Y tenía 17 cuando en 1970 se permitió que las mujeres pudiesen trabajar después de casadas.

Hoy, cuarenta años después, la presencia de la mujer en los diversos campos de la sociedad occidental es innegable. Casadas o no, en las cocinas, en las empresas o en los gobiernos, las mujeres somos coprotagonistas actuantes de la historia cotidiana del siglo XXI. Hoy vemos que, algunas mujeres de mi generación, ocupan cargos de relieve en la iniciativa privada, en la administración pública o en cargos de gobierno, muchas veces sin dejar de ejercer los papeles de esposa y madre.

Pero, aunque las leyes fueron modificadas y, en algunos países, las conquistas son innegables, aún existen diferencias de género. Muchas.

En Brasil, país que acaba de elegir a una mujer, Dilma Rousseff, como presidente de Gobierno, y en el que viví durante 25 años, el número de mujeres responsables por el sustento de la familia aumenta a cada año. Datos del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE) confirman que, en un universo aproximado de sesenta millones de familias, cerca de veinte millones de mujeres asumieron el papel de cabeza de la unidad familiar.

Pero, en cuestiones de remuneración, los primeros años del siglo XXI no fueron buenos para las brasileñas. Según datos de la Fundación Sistema Estadual de Análisis de Datos (Seade) y del Departamento Intersindical de Estadísticas y Estudio Socioeconómico (Dieese), el sueldo de las mujeres que trabajan en la región metropolitana de São Paulo disminuyó doce por ciento, entre dos mil y dos mil nueve, ya que bajó de 1.180 para 1.030 reales. Sin embargo, la participación de la mujer en el mercado de trabajo, durante ese mismo periodo subió, de cincuenta y dos para cincuenta y seis por ciento.

Asimismo, y según muestran números publicados por el Instituto de Pesquisa Salarial Catho, el camino que conduce a la mujer hacia la igualdad y la equiparación salarial con el hombre se muestra cada vez más intrincado y lleno de recovecos. Sí, la mujer tiene mayor acceso a los puestos de trabajo, pero a los de menor remuneración. Además, en algunos casos, las diferencias salariales entre hombres y mujeres pueden superar el cincuenta por ciento. Las mayores diferencias salariales están en los cargos operacionales y las menores en los cargos de dirección. Parece que, a pesar de todos los avances y de todas las conquistas -cada vez hay más mujeres administrando los destinos de importantes naciones-, a nivel panorámico, podemos asegurar que la mujer recién está iniciando del camino que conduce hacia la igualdad con el hombre.

Nos queda mucho camino por recorrer,  pero, como nos diría Antonio Machado, debemos caminarlo volviendo la vista atrás… para ver la senda construida por tantas y tantas mujeres fuertes, abnegadas y anónimas.

De acuerdo con el IBGE, un treinta por ciento de las familias brasileñas donde no existe la figura masculina, sobreviven con una renta inferior a un sueldo mínimo (unos 230 euros).

En Maranhão, norte de Brasil, más del cincuenta por ciento de las familias dirigidas por mujeres subsisten con menos de la mitad de un sueldo mínimo. Sin embargo, veintisiete por ciento de las familias sustentadas por hombres mantienen el mismo sueldo en todo el país. La misma encuesta revela que setenta y tres por ciento de las mujeres ganan hasta un cincuenta por ciento menos que sus maridos.

Y las diferencias se agravan si, además de mujeres, estas brasileñas son negras. Según las estadísticas, un cuarenta y cuatro por ciento de la población femenina del país es negra.

Datos recientes del Instituto de Investigación Económica Aplicada (IPEA), aseguran que, en el mundo laboral, la mujer negra pertenece al grupo más discriminado, en segundo lugar están las mujeres blancas y a continuación los hombres negros.

Así son las mujeres del país que va a administrar Dilma Rousseff.

En Argentina, país en donde resido actualmente, gobernado también por una mujer, Cristina Fernández de Kirchner, las diferencias salariales entre hombres y mujeres llegan al cuarenta por ciento. Los Institutos gubernamentales de Pesquisa Salarial atribuyen esta discriminación a las dificultades que tenemos las mujeres de acceder a cargos de dirección y a que un elevado número trabaja, sin registro, como mucama (doméstica).

Tal vez por eso, algunas mujeres de mi generación sabemos que no podemos parar, sabemos que debemos continuar andando. Sabemos que apenas superamos la primera fase de un camino que, además de difícil y estrecho, es largo.

Pero también sabemos, algunas mujeres de mi generación, que, cuando nos damos las manos, las dificultades del camino se suavizan. Además, con el paso de los años, aprendimos que, las manos que trabajan; las manos que cocinan;  las manos que sustentan y animan; las manos que dan apoyo y  ánimo; las manos que acarician e incentivan; esas manos, sean suaves o encallecidas, masculinas o femeninas, adquieren su verdadera fuerza cuando están unidas.

1.Canción popular infantil de origen Ibérico.

2.Slogan publicitario emitido en la televisión española de los años sesenta.

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Una respuesta a Mujer múltiple

  1. maria dijo:

    Hola mi nombre es Maria soy del Norte y sinceramente me a encantado felicitaciones
    Saludos
    Maria

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