SED DE VERANO

 

La noche caía pesada, soñolienta, una noche típica del verano madrileño. Una grieta en la contraventana dejaba pasar un vientecillo tímido,  cargado de humedad, de lágrimas. Colocó la cabeza sobre la funda ennegrecida de la almohada y sintió cómo se hundía; cómo caía y penetraba en el denso mundo del sopor, del sueño, de la nada.

Desde abajo, escalando las paredes del patio de luces, subió un grito – !María tráeme agua! Era un grito con eco. Un grito que nacía en el segundo piso, tropezaba en los ladrillos de las paredes y rebotaba, aumentaba, se encrespaba, hasta alcanzar seco y  huraño la ventana del ático. Luego entraba en su cuarto con aires de dueño, subía en la cama, buscaba a tientas sus oídos y chillaba – ¡Agua, María! !Quiero agua!

No precisaba encender la luz para saber que eran las cuatro de la madrugada.

La primera noche que durmió en aquel piso, la acompañaron todos los fantasmas acumulados durante la infancia. Alguien, quien sabe un amigo, le había contado sobre las poderosas macumbas brasileñas que atravesaban océanos, además de otras  muchas historias preñadas de magia, despachos, gallinas negras… no consiguió cerrar los ojos. Rezó todo lo que sabía o recordaba y agudizó el oído para entender que oculto mensaje escondía aquel grito, que no lograba descifrar.

No conocía a ningún vecino y la portera era tan mal encarada y le parecía tan hostil que no se atrevía a preguntarle nada. Poco a poco fue entendiendo las palabras que vivían dentro de aquella angustia transformada en grito. Hasta que una noche, su oído, ya habituado, distinguió dos voces.  Eran dos voces femeninas. La primera gritaba frenéticamente. Era desgarrada, impotente… – “María, agua”. La otra le pareció más sutil, cargada de sombras, con una mordacidad que tragaba las palabras. Le costó entender lo que decía. Era un susurro saturado de maldad…

Un día, charlando con el panadero de la esquina, comentó la historia nocturna que incansablemente, neuróticamente, noche tras noche, se ataviaba de pesadilla e invadía su cama, como si fuese algún ritual macabro o alguna maldición… y siempre a las cuatro de la madrugada.

Son las hermanas del segundo, – dijo el panadero. No te preocupes. Están locas, pero son inofensivas. Su odio es particular e intransferible.

Hace más de veinte años que viven juntas, desde que enviudaron. La mayor, Teresa, debe andar por los ochenta y tantos. La otra, María, alguno menos. Ni recuerdo cuando comenzó el follón. Lo que sí es verdad, es que todas las noches organizan el mismo escándalo. Los vecinos ya llamaron a la policía, a los bomberos, al manicomio… no resolvieron nada. Después, vencidos por el cansancio, decidieron soportar el temporal estoicamente. Claro que algunos prefirieron vender sus casas. Otros, en cambio, se acostumbraron tanto a los alaridos nocturnos que, cuando no los oyen, se despiertan desasosegados y no hay quien les haga dormir de nuevo.

María viene por aquí todos los días. No habla mucho, lo imprescindible – “Buenos días, dos bollos de cuernos y una barra de cuarto, hasta mañana”. Nunca mudó el repertorio, y ya hace veinte años que me compra el pan… A la otra, Teresa, no la conozco. Nunca sale de casa. Parece que es inválida, o paralítica, o algo así…

El verano en Madrid es casi sólido. El calor parece una mano enorme y sudorosa que se te pega al cuerpo y te abrasa, sin que consigas despegarla… hasta octubre. No adelanta tomar horchatas, limonadas, cafés con hielo, sangrías, helados, leches merengadas…ni toda la larga lista de ofertas llamadas refrescantes.

Dicen que por la noche refresca. Pero  hoy, hasta las estrellas están sudando. La ciudad es una gigantesca sauna; una sauna que, en lugar del característico olor a pino, huele a ajo; a ajo mal digerido.

Tumbada en la cama, insomne e inundada en sudor, recordó la conversación con el panadero – “la mayor es inválida, o paralítica…”.

Entonces, entendió el diálogo nocturno de las dos hermanas. Miró el reloj, faltaban dos minutos para las cuatro.

El grito reventó. Subió dolorido, rebotó en la ventana de la cocina del tercer piso, en la sala de estar del cuarto, en el dormitorio del matrimonio del quinto y entró valiente y decidido por su ventana – !Aguaaaaa! ¡María quiero agua!

¡Aguuuuuaaaaaaaa!

Algunos interminables segundos después, una voz soturna, ronca, poderosa, invadió el patio de luces y voló veloz hasta su oído.

¡Ven a buscarla!


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