LA LLAVE, EL CAMINO Y UNA LUZ MUY INTENSA QUE ARRASTRA HACIA ALGÚN LUGAR…

No hubo despedidas, hasta la vista, nos vemos, escribe… adiós. No sintió nostalgia, tampoco emoción. Salió sin mirar hacia atrás. Se fue despacio, caminando con los ojos cerrados. Para qué abrirlos. Conocía bien aquel pasillo que terminaba, o quien sabe empezaba, en la puerta principal. Pero sabía que el pasillo que precisaba enfrentar era otro. El que precisaba recorrer, tenía forma de túnel y era oscuro, tenebroso, desconocido y se localizaba, exactamente, dentro de su cabeza. Ese era su camino.

Avanzaba con los ojos cerrados para no percibirse en la estrechez de un corredor sombrío, casi fantasmagórico. El suelo estaba resbaladizo y era duro y frío, posiblemente fuese de granito. Las paredes eran lisas, escurridizas, grises y húmedas. No había un pingo de luz. Ningún resquicio. Ninguna rendija. Ninguna ventana. Oscuridad absoluta y total… si no fuese porque allá, a lo lejos, vislumbraba una finísimo hilo de luz que entraba por alguna especia de cerradura. ¿Dónde estará la llave…?

Caminaba despacio, iba sintiendo cada movimiento, reconociendo cada olor, adivinando la forma de los rostros que presentía por detrás de algunas puertas disimuladas. Imaginaba sus facciones, repetidamente deformadas y amasadas contra los cristales. Visualizaba sus ojos enrojecidos y febriles, consumidos por la ansiedad. Las voces presas en la garganta, o en el suspiro de un grito. Sintió miedo. No podía desistir, tenía que seguir caminando. Tenía que revivirse a cada paso, rememorar su vida allí, en aquel laberinto, en aquel nudo de pasillos y celdas entrelazados, para después soltarla. No recordaba cómo, cuándo o por qué había comenzado a caminar. No sabía quién la había impulsado, quién le había dado el primer empujón. Solo sentía que había iniciado una especie de éxodo. Pero, en esta ocasión, o al menos eso era lo que su intuición le decía, no estaba segura de que ella hubiese organizado, planeado y dirigido su itinerario. Sentía que, de alguna manera, la vida se concebía a cada segundo y se paría. Sentía que ella formaba parte de esa expansión.

Los pensamientos estallaban dentro de su cabeza con tanta velocidad que, por milésimos de segundo, sintió vértigo, un vértigo nauseabundo, a ratos hostil y amenazador… eran ojos, ojos, ojos…. después una intensa luz azul explotó dentro sus entrañas y su mano se agarró con fuerza el pomo de una puerta. Había llegado al final y abrió los ojos. Abrió la puerta. Respiró y el aire húmedo de la mañana se atragantó en un silencioso grito, preso entre las cuerdas vocales…

Desde dentro de aquel convento o mausoleo, o lo que quiera que fuese, pasos apresados chirriaban sus zapatos negros de charol contra el granito del suelo y manos correosas y frenéticas se estiraban febriles en dirección a la puerta… que entonces se cerró, con un golpe seco, para siempre.

El sonido le llegó viejo, rancio, mohoso. El sarcófago rechinó desafinado al cerrarse… Con el rabillo del ojo miró hacia atrás. Un segundo. Solo para tener certeza y no convertirse en sal. Al otro lado, alguien dio dos vueltas a la llave y corrió el cerrojo. Entonces bajó veloz las escaleras, atravesó el pequeño jardín y juró que jamás entraría de nuevo allí. El sol le lavó la cara.

Era una luminosa mañana, tal vez de primavera. Caminó por los prados sin rumbo. Se sentía plena, llena de vida, con la mirada verde, inundada de hierba; con el blanco de las margaritas acariciándole el alma; con el rojo de las amapolas calentándole el corazón… Por primera vez se sintió libre, LIBRE e, inconscientemente, eso le dio miedo. Era dueña de su propio destino y nadie volvería a decidir por ella.

Corrió. Estiró los brazos y corrió. Deseaba disfrutar, quería jugar, sentir, gozar… y le parecía que el sol también había salido a jugar con ella; le parecía que la vida era cálida, que… Una frase llegada desde el pasado resonó en su memoria: “El Hoy está tejido con retales de ayer y forma la espuma precursora del mañana”.

Se sentó debajo de un manzano. Precisaba ordenar las ideas. Acababa de salir de aquel laberinto de pasillos oscuros e interminables, en donde no entraba la luz del sol y ahora estaba allí, sentada debajo de un árbol, al pie de una encrucijada.

Ante ella, la inmensidad, la vida, la esperanza… la indecisión, la angustia, el miedo… Siempre había obedecido. Los dueños del laberinto decidían por ella. Su primer acto consciente había sido enfrentar la oscuridad, llegar hasta la puerta y conocer el otro lado. Estaba cansada de experimentar tantos sentimientos contradictorios, y alegre por estrenar su anhelada libertad. Pero el desafío de tener que saborear esas desconocidas emociones que intuía emboscadas a lo largo del horizonte trajo de vuelta el cansancio que sentía y durmió…

Soñó que estaba debajo de un solitario manzano que se elevaba en el centro de una planicie amarillenta. Un viento suave acariciaba aquel inicio de primavera, pero ella dormía un sueño agitado y nervioso. Sabía que al despertar debería tomar una importante decisión: elegir un camino y seguirlo hasta el final.

Ante ella, el trébol de la vida con sus cuatro hojas, cuatro destinos, cuatro posibilidades, cuatro incógnitas… donde se ocultaba aquella que se transformaría en certeza.

Una manzana cayó del árbol y rodó en dirección a la encrucijada. Al llegar al camino que se dirigía al sur paró, abrió un ojo enorme y lanzó un guiño. Le pareció muy extraño, después recordó que estaba durmiendo y que aquello era apenas un sueño.

Aún así, decidió levantarse y seguir el camino indicado por la manzana. Andaba despacio, para sentir el movimiento acompasado de los pies y disfrutar del frescor mojado de la hierba y de la caricia del viento en los cabellos. Respiró profundamente y se dirigió al Sur.

En el camino se encontró con un pequeño asno, simpático y juguetón. Parecía el dueño absoluto del tiempo. Jugaba con él a su antojo, lo amarraba entre sus cuatro patas, y se divertía comiendo las margaritas que encontraba en el borde del camino, o dando alegres resoplidos en las mariposas que, curiosas, posaban en su hocico para verlo mejor. Los ojos del borrico se iluminaron cuando vio aquella apetitosa manzana, abandonada en el suelo, esperándole. No lo dudo. Se acercó a ella, la olió, la lambió y la metió en la boca de un solo bocado. Y así, trotando y masticando feliz, el borrico entró en el camino que se dirigía al sol, al este.

Los fantasmas de la indecisión y la duda se apoderaron nuevamente de ella. Miraba los cuatro caminos y sentía que, de alguna manera, ellos la observaban también. El burro, ajeno a cualquier especulación filosófica, trotaba tan alegre y despreocupado, que ella, sin saber hacia dónde dirigirse, se sentó en una piedra para contemplarlo. A final de cuentas, estaba dentro de un sueño y podía dejar las decisiones para más tarde, cuando estuviese despierta. Por el momento, lo único que quería, lo único que necesitaba, era divertirse y soñar…

Primero vio la polvareda. Después vislumbró el perfil de dos siluetas: un hombre y un perro. Caminaban despacio, casi arrastrándose. El hombre apoyaba la fragilidad de su cuerpo en un bastón de bambú e intentaba beber el agua que no había dentro de la cantimplora vacía. El perro se arrastraba a su lado. El borrico paró para verlos pasar. Cuando se cruzaron, el hombre acarició las orejas del burro y le susurró: no hay nada peor que la sed. La lengua se torna pastosa, llena de grietas y comienza a crecer dentro de la boca. Cae por el precipicio de la garganta y llega hasta el esófago. Se aprieta contra las cuerdas vocales, se contrae, se retuerce, te comprime, te estrangula, te asfixia y salta desesperada hacia afuera, hacia el aire, hacia el horizonte, hacia esta tierra seca… hacia esta realidad calcinada. La sequía me lo llevó todo. Y no me llevó el alma, porque mi perro es su fiel guardián, su febril escudero y la vigila noche y día, incluso de mí. Ven borrico, préstame tu hocico, vamos a buscar agua. Ven, vamos a buscar…

Ella, de nuevo a los pies del manzano, oía la voz del viejo como si le estuviese susurrando al oído. Así es la magia de soñar. Todo es posible, todo es normal. Estaba sentada en el prado, pero se sentía dentro de todos y todos formaban parte de ella…

El burro, atento, parecía absorber todas y cada una de las palabras, mientras miraba al viejo campesino, con sus tiernos ojos de azabache y miel. De repente, una voz alegre y cantarina habló desde dentro de su estómago. Era la manzana. Vamos con él, borrico alegre. Tú encontrarás el agua y, después, empujarás el arado, y producirás el estiércol que me llevará de nuevo a la tierra. Entonces, yo renaceré. Seré un hermoso y fuerte manzano, y mi fruto alimentará al hombre que trabaja la tierra, al burro que empuja el arado y al perro que vigila la casa…

El burro consideró que la manzana había hablado con sabiduría. Por eso dio media vuelta y acompañó aquel buen hombre que caminada en dirección al oeste; en dirección al anochecer…

Aquel sueño era tan extraño, tan real, que miró hacia atrás para ver si ella continuaba durmiendo a los pies del manzano. Y, efectivamente, allí estaba, acostada sobre la hierba, durmiendo. Algo más tranquila, entró de nuevo en aquel sueño extravagante y los observó partir.

Seguían el camino del sol, en dirección a poniente. Caminaban despacio, el borrico trotaba y rebuznaba feliz, se alejaba un poco, olfateaba el horizonte y miraba hacia atrás, para ver si el hombre y el perro le acompañaban…

Súbitamente, desde el atardecer, surgió una figura rojiza. Parecía salir de un cielo ensangrentado, teñido con tonalidades rojas, cobres, violetas, azules… esas tonalidades con las que se construyen los anocheceres de los sueños, o de las pinturas. Desde su asiento de hierba forzó la vista para ver quién era ese personaje que caminaba a contramano del sol.

Parecía una mujer. Tenía el cabello suelto, largo y blanco. Era difícil verle la cara. Caminaba de espaldas, con la mirada perdida en el infinito, prendida en aquel horizonte del que se alejaba; en aquel horizonte de donde procedía y al que, al menos aparentemente, no quería volver. Pensó que, tal vez por eso caminaba al contrario, para imprimir el horizonte en la retina y llevar su paisaje natal grabado dentro de ella. Así jamás podría olvidarlo. O tal vez lo hacía porque no quería saber hacia dónde iba. O porque no quisiera llegar…

El burro se aproximó a ella. La miró con sus redondos ojos de azabache y se tumbó a sus pies. Después llegó el perro, movió la cola, le lambió la mano y se sentó al lado del burro. Por último llegó el hombre. Andaba despacio, masticando las palabras que debería pronunciar. La miró profundamente con sus ojos de campesino viejo. La miró como se mira la tierra, como se observa la lluvia, como se contempla el sol… Entonces habló sobre la sequía absoluta que asolaba su tierra; sobre el terrible calor que calcinaba los huesos del ganado y escaldaba las semillas del arado; sobre la sed, la sed ancestral que ahogaba de tierra a las fuentes y a los manantiales.

Y ella lo miró. Observó aquel rostro esculpido en barro seco, en tierra resquebrajada, en sudor. Lo examinó atenta con sus ojos mansos, su mirada suave, plena de horizontes, de sueños, de leyendas, de pasado… de esperanza. Y él supo que no precisaba hablar, que ella oía su silencio. Su mirada le penetraba el pensamiento, como un viento suave, como un rayo de sol. Sus ojos veían a través de la cortina del tiempo, y comprendían su miedo, su pesar.

Una lágrima rodó por la mejilla de la desconocida, cayó en el camino y, del polvo, brotó una flor… El campesino, atónito, agachó la cabeza. Entonces vio que la mujer estaba embarazada. Vio que la semilla de la vida germinaba dentro de aquel vientre fecundo y comprendió la silenciosa alegría de aquella sonrisa apacible, de aquella mirada cargada de esperanza…

Y por primera vez en mucho tiempo, aquel hombre se sintió en paz. Y el perro se levantó, estiró las patas, agitó la cola y olfateó la flor. Y el borrico se ofreció para que la mujer se sentase encima de su lomo. Y la mujer sonrió.

Solemne, como si fuese un ritual, la mujer giró sobre sí misma y miró al norte. Colocó las manos sobre la barriga, la examinó como se observa una brújula, y comenzó a caminar. El hombre, el burro y el perro la siguieron.

Y por el camino del norte surgió una luz. Era una luz suave y azul, como la estrella del alba y, al mismo tiempo, intensa y poderosa como el sol. Se sintieron atraídos por ella. Arrastrados e impelidos por la fuerza de aquel potente imán, caminaban ligeros. Les empujaba la dulce sensación de la esperanza…

Observándoles desde lejos, bajo la confortable sombra del manzano, deseó y temió, con igual fervor e intensidad, participar de aquel extraño sueño. Hasta entonces, había sido una mera espectadora, había contemplado el paso de la vida sin moverse, sin hablar y, aún ahora, a pesar de sus deseos, permanecía sentada allí: inerte, sobre la hierba; inmóvil, bajo la protectora sombra del manzano, sin saber qué decisión tomar, protegida por aquel sueño del que temía despertar; aquel sueño que la inquietaba y, al mismo tiempo, deseaba vivir, interpretar, protagonizar…

Giró la cabeza para ver si su cuerpo continuaba durmiendo y, asustada, verificó que ya no estaba allí. Sintió un dolor profundo, como si un cuchillo le dilacerase la carne. Quiso correr y juntarse al grupo que caminaba hacía la luz. Quiso gritar que la esperasen. Decir que contasen con ella. Que quería participar de su aventura, sumarse a ellos, unirse…

Una voz se elevó dentro de su cabeza: “El uno es el todo y el todo forma parte de la unidad. La esencia del universo es la unidad del todo. La esencia de la vida es el todo dentro de la unidad…”*

Las silenciosas palabras retumbaban y crecían… pero solo ella las podía oír.

Ella los veía caminar, acercarse cada vez más…En pocos minutos estarían en el centro de la encrucijada, desde allí tomarían el camino que lleva al norte. Pasarían a su lado. La verían. Charlarían con ella. Le pedirían que se uniese a ellos. Ella tendría que decidir… Soltó un gemido. No conseguía respirar. El corazón latía desenfrenado. El grupo se aproximaba… caminaba en su dirección… caminaba en dirección a la luz… Y ella estaba dentro de la luz. Ella estaba dentro de la luz. ¡Ella era la luz!

Comenzó a gritar. Quería salir. Unirse al grupo. Contarles el sueño. Abrazarles…

Y la voz retumbaba incesantemente: “… La esencia del universo es la unidad del todo. La esencia de la vida es el todo dentro de la unidad…”*

Ahora sabía que ella era la suma de todos ellos. La síntesis. Sabía que no importaba el camino, que podía decidir cualquier uno. Sabía que nunca más tendría miedo. Sabía que había recorrido todos los oscuros, fríos, solitarios y húmedos pasillos… y que ahora, finalmente, ella era la dueña de la llave.

Llegaron. Chocaron. Se abrazaron. La luz se hizo poderosa. Total. Su intensidad la obligó a cerrar los ojos.

Y una voz extraña, impositiva y, al mismo tiempo, cálida, la asustó…

Fuerza. Ya viene, ya viene…

Respira, respira.

Ánimo. Un poco más…

Se sintió mojada, pegajosa… aquella voz de mando, hablaba con alguien que gemía, resoplaba, lloraba, reía…

Vamos, ánimo. Dos minutos y todo habrá acabado. Fuerza. Respira. Ahora. Ya…

La luz era tan poderosa que sus ojos quedaron ciegos. El sol ardía dentro de sus retinas. No veía el camino. No veía. Sintió un tirón, como si alguien la agarrase y la arrancase violentamente del centro de aquella intensa luz. Por eso, instintivamente buscó la llave, las voces la asustaban, aquel gemido le llegaba al corazón. Se sintió perdida. Se vio de nuevo en aquel pasillo frío. Volvió a sentir la presencia de centenas de ojos que la miraban, la observaban; a sentir la presencia de manos y rostros que se aplastaban contra los cristales, a sentir…Entonces, hinchó el pecho y gritó. Gritó a pleno pulmón, con todas sus fuerzas, hasta no poder más, hasta que le faltó el aire. Después cayó en un precipicio interminable y, desvanecida, se dejó caer en el vacío…

No sabía en donde estaba. Sus ojos ardían. Su cuerpo estaba cansado y dolorido. Dolía mucho, tanto, que recibió agradecida el suave tacto de unas manos. Pertenecían al dueño de aquella voz cálida e imponente, que parecía comandar algún acontecimiento. Después sintió como la dejaban sobre una superficie suave, perfumada y muy acogedora. Volvió a oír aquella voz cálida e imponente y quiso prestar atención, entender lo que decía. Tuvo que hacer un esfuerzo titánico para finalmente escucharle decir: Toma, mujer. Es una niña. Tu hija.

Sintió que los músculos de su cuerpo se iban relajando, aletargando. Aún intentó rememorar el largo camino que tuvo que recorrer para llegar hasta allí. No quería olvidar nada. Nunca. Pero, estaba tan extenuada y hambrienta que, antes que la invadiese una especie de modorra reconfortante y plácida, apenas tuvo fuerzas para sonreír y para chupar el pecho generoso que le ofrecía su madre.

* Frase retirada del libro “El Punto de Mutación” de Fritjof Capra, editado en Brasil por la Editorial Cultrix.

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