A la orilla del cielo

Aquella Nochevieja me encontré con el año nuevo en el mar. Mejor dicho, en el océano. Esperé por él en orilla del otro lado. La que queda al oeste. Sí, la del sur.

Venía despacio, sin prisas. Cuando llegó, hacía ya tres horas que se había encontrado con vosotros, los de la madreña.  Aquí llegó sin uvas… pero con los brazos repletos de rosas para Iemanjá.

La arena de la playa se vistió de luna y el mar se abrió para que pudiésemos saltar las siete olas de la Diosa de las aguas. Yo encendí la vela blanca de los deseos y la incorporé a una mandala improvisada, construida con arena, fuego, sueños y mar. Desde el cielo se nos llovían, multicolores, los fuegos artificiales.

Recuerdo que, durante unos instantes, visualicé a la niña que fui, en aquellos lejanos veranos disfrutados en casa de la abuela Pepa, en Gijón, cuando por las noches me asomaba a la ventana del firmamento, para otear, apretando bien los ojos, la espesa negritud del horizonte, mientras le preguntaba a tita Loli en qué estrella estaba La Felguera.

Por aquel entonces, Gijón quedaba muy lejos y contemplar aquella estrella en donde “vivía” La Felguera me hacía sentir un poco más cerca de mi mamá.

Como la memoria juega al escondite con nosotros.

Pues como os decía, por un momento, en ese último segundo del año que se iba, contemplé ese mar que se desparrama en océano, no sé si como puente que une o como abismo que aleja, y vi con mis antiguos ojos de niña, pestañeando por entre las luces multicolores de los fuegos, allá a lo lejos, por detrás del último rincón del horizonte, medio a la deriva después de tanto tiempo, chiquitina como entonces, allí, repito, vi una luz centelleante que por un momento pensé, o soñé, o desee, o todo junto, que fuese la pequeña estrella de mi niñez, aquella donde mi tía decía que quedaba La Felguera…

A algunos pocos asturianos de la diáspora, Iberia, u otras compañías aéreas, los lleva a pasar la Navidad en sus pueblos de origen. A rescatar sus sueños, diría yo.

A los demás, a los que permanecemos allende, o aún más allá, y conmemoramos la llegada de la luz en nuestro nuevo lar, no importa en qué ciudad, país o continente, la pequeña estrella donde vive nuestro pueblo nos regresa, año tras año, a la infancia o a la juventud.

La estrella me llevó al Barrio Urquijo, juro que vi claramente la casa de los Munárriz Cellino. Después me acercó al Parque Don Pedro Duro y a les Cazurrines, para comer eses sopes de ajo que curen cualquier resaca. Ya animadas, la estrella y yo, fuimos hasta la Sociedad de Festejos de San Pedro, cuando todavía estaba en la casa de Mary Carmen Marcos, y al Casino, que solo acababa a las tantas de la madrugada, después de bailar, algunos ya con los zapatos en la mano, A la conga de jalisco…

Sentada en la arena, una amiga me preguntó lo que estaba tatareando. Entonces me levanté, sacudí la nostalgia, recogí las sandalias, la agarré por la cintura y continué a pleno pulmón…ya viene caminando.

Y sí, el año nuevo ya viene caminando…

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2 respuestas a A la orilla del cielo

  1. Duke dijo:

    Este año estaremos contigo, cabalgaremos en esa estrella y juntos ofreceremos a Iemanjá la rosa de la memoria.

  2. Gabriela dijo:

    Ya tu estrella se esta llenando de muchos mas recuerdos y gente querida…. que lindo escribes y que bellos sentimientos nos regalas en cada linea.
    Besos mi querida Yolanda,
    GV

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