Melancolía

Me gustan los días que amanecen despacio y caminan sin prisa. Los días que se despiertan saboreando los segundos, se deleitan ante un horizonte cargado de minutos y, luego, serenamente, se desperezan en esas horas que salpican de ensueños la memoria. Me gusta cuando esos días, que se me despiertan dentro del alma, evocan situaciones que me incitan las pupilas hasta arrastrarlas y depositarlas en el centro de un otro mirar, tal vez más contemplativo que el mío.

En esos días aún consigo vislumbrar, en el cristalino de quien me mira, el reflejo de aquella niña que algún día fui y aún continúa jugando a las cuatro esquinas dentro del espacio cerrado de mi propio cuerpo… ¡que son cincuenta años ante la universalidad del tiempo!

Pero hay días en los que el tiempo se levanta cansado o no se quiere despertar. En esos días, el amanecer se viste de despedida para que podamos sentir, en lo más hondo del sentimiento, nuestra fragilidad. Ayer jugábamos a sueños de futuro y aprendíamos a caminar y a deletrear protegidas por aquella mirada en donde se reflejaba nuestro propio mirar. ¿En qué aurora se escondieron hoy aquellos ojos que, al mirarme, me veían el alma? ¿En cuál crepúsculo los párpados se cubrieron de anochecer? ¿Habrá en el universo alguna calle, plaza, o esquina, en dónde un día, sin querer, nos tropecemos de nuevo con aquella mirada?

Continuamos siendo los mismos niños en los ojos de nuestros mayores. Pero, ¿qué sucede cuando ellos se van? ¿Se llevarán enganchado en la retina nuestro reflejo infantil? ¿Será que, cuando se apaga la luz del candil que ilumina sus vidas, los hijos envejecemos de repente? ¿Será que dejamos de ser niños cuando ya no hay ojos que nos miren más allá del momento presente? O tal vez, dejemos de ser niños cuando no haya más voces que nos llamen con el diminutivo nombre con el que nos bautizaron en los albores del amanecer…

La tristeza me aletea el pensamiento y revuelve mis recuerdos. Es una tristeza sutil y evocativa que viste los colores de la añoranza… Hoy entiendo que la vida pase ante nosotros, como en una película, antes de que digamos el adiós definitivo. Sí, hace ya algún tiempo percibí que todos los días decimos adiós, que todos los días son definitivos… pero, discúlpenme, no consigo comprender por qué cargas de aguas, lo definitivo, tiene que ser tan categóricamente terminal.

El Olmo que veo desde la ventana está vestido de palomas. La mirada se me enreda entre las ramas bailarinas. Llevaré esas ramas en mis pupilas… Se acerca la Navidad y aunque los recuerdos se me desprendan de la memoria, no encuentro la mirada donde tiempo atrás me reflejaba. Intento aferrarme a un olor y el viento lo dispersa antes de que consiga reconocerlo. Experimento un sabor, pero desconozco los aderezos…

Me gustan esos días que amanecen despacio y puedo caminarlos sin prisa… como cuando era niña.

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2 respuestas a Melancolía

  1. Duke dijo:

    Se lo que quieres decir. Te entiendo y comparto contigo ese sentir de memoria. Ojalá tus días amanezcan siempre despacio y puedas recorrerlos sin prisa. Para después contárnoslo.

  2. Cuando nos faltan nuestros mayores, nos falta el techo, nos quedamos viviendo en una chabola a la intemperie….

    Que bien lo reflejas, gracias por dejarnos leer cosas tan entrañables en fechas tan entrañables, que se hacen cada vez mas tristes, por eso, porque nos falta el techo y algunas paredes ….

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