Langreanos en el mundo: vientos de agua, tierra de fuego. Un pequeño diálogo con el planeta (julio 2009)

Un día de estos, mientras contemplaba el río de la plata, que no es azul, sino gris, una ráfaga de viento me sopló en el oído que los días se engendraban en el útero de los segundos, y que éstos, sumados, se transformaban en años. Me dijo también que a los años les crecen alas y vuelan. A veces, susurró el viento, todos esos años tan cargados de días, y que en el pensamiento parecen enormes, vuelan tan ligero que del año nuevo al cotillón, apenas transcurre un instante.

Y ese instante es un soplo, un segundo al que nos aferramos con fuerza para marcarlo, después, en el calendario cósmico del tiempo.

¿Pero, qué es el tiempo?, le pregunté entonces al viento.

Su silbido penetró en mi oído como una aguja: El tiempo es el mayor invento que habéis creado los humanos. Gracias al tiempo tenéis memoria y habéis comprendido la secuencia de la vida. Gracias al tiempo sois algo más que una mera centella, en el vacío de la eternidad.

¿Por eso precisamos hacer cosas que dejen huellas y muestren que no pasamos en balde por aquí?, le pregunté fascinada.

Y respondió el viento. Sí, por eso transmutáis sentimientos en fórmulas matemáticas; traducís emociones en partituras musicales; dais vida a las letras y las transformáis en palabras; adiestráis el cuerpo y os transfiguráis en danza; acariciáis el verbo y lo convertís en voz.

Pero por encima de todo, aunque no consigáis comprenderlo en toda su magnitud, sois los protagonistas del milagro de la vida. Lo sois cada vez que os reproducís. Es decir, cada vez que os rehacéis; cada vez que os reinventáis; cada vez que os recreáis…cada vez que os renacéis en todos y en cada uno de vuestros hijos, de vuestros proyectos, de vuestras realizaciones… y principalmente cada vez que os reunís para, juntos, construir algo mayor.

Ahora el viento parecía cansado y apenas se dejaba oír. Su voz era como un murmullo que se evaporaba en las aguas de otro río oscuro, el de mi infancia, y me salpicaba el alma de recuerdos y juegos callejeros.

Pero los recuerdos son de tierra y como es verdad que a ella también la mueve el viento, la tierra agarró el testigo de su mano y tomó pose de su voz.

Con voz maternal me contó que construir es hacer crecer la vida y la historia. Me contó que los días están fabricados en moldes de barro y que la humanidad precisa de sus entrañas para prosperar. Me habló de la sangre verde que salpica valles y montañas y de las vetas de carbón y de hierro que serpentean la esencia de su ser.

Comentó sobre la humanidad que camina por encima de su cuerpo sin pararse demasiado a pensar. -Aunque no te lo creas, a veces me duelen las grietas resequidas de los campos, se quejó.

También me confesó que tiene miedo de morir asfixiada y que, a veces, siente cierto recelo del mar. Me reveló que todos llevamos dentro la misma esencia y que estamos construidos con el mismo material.

Allí estaba la tierra, acogiéndome entre sus brazos, como una madre tierna y protectora. No sé cuánto tiempo estuvimos así, después se levantó y, sin mirar hacia atrás, se fue despacio. Caminaba cabizbaja. Iba murmurando. Decía que los humanos somos unos hijos ingratos que luchamos guerras inconsecuentes; guerras que nos hacen transitar oscuras sendas sin destino, donde podemos llegar a perdernos de nosotros mismos y a olvidar el proyecto inicial.

De repente se paró al borde del camino. Parecía dudar. Como si no supiera que hacer. Entonces me clavó la mirada y me explicó: es por eso que, a cada cierto tiempo, los humanos provocáis crisis. -La crisis os obliga a enterrar un periodo que se agotó en sí mismo, os pide un periodo de luto y reflexión, y os exige altas dosis de creatividad para que podáis renacer con nuevas fuerzas.

Le pregunté si siempre conseguiremos reconstruirnos y remodelarnos.

Sí, lo conseguiréis, me dijo. La humanidad tiene claro que o se reinventa o muere. Por eso, lo conseguiréis cada vez que superéis un fracaso y lo transforméis en triunfo; lo conseguiréis cada vez que vuestra mente amplíe sus horizontes y sus proyectos se concreticen en mejorías sociales;

Lo conseguiréis cada vez que os rehagáis; cada vez que os reinventéis; cada vez que os recreéis…cada vez que os renazcáis en todos y en cada uno de vuestros hijos, de vuestros proyectos, de vuestras realizaciones… y principalmente cada vez que os reunáis para construir algo mayor.

Se fue. Una nube de polvo me rozó la cara. La tierra me trajo recuerdos juveniles de prados y montañas y tortillas y bocadillos de chorizo pero entonces llegó el fuego, los fundió dentro de mi cabeza y los transformó en una escultura.

El amanecer es una ráfaga ardiente y repentina que se asoma por la ventana y quema el rostro. Una catarata de lava roja que desciende por el Alto Horno que habita dentro de la memoria, ese que ahora me hace cosquillas y me tizna la nariz. El amanecer es un rio de hierro líquido que quema la piel y la marca con su huella para siempre.

No os asustéis, yo también soy necesario. ¿Nunca oísteis hablar del Fuego Sagrado? Sin mí la humanidad no sería tal como la conocéis hoy, o, posiblemente, ni hubiera existido.

El hierro que se fundió en la fragua sirvió para modelar espadas, es verdad. Pero también se construyeron arados y utensilios de cocina y camas y juguetes. Además, fue en el calor de mis llamas que se procesaron los primeros alimentos, y mis brasas ayudaron a superar las duras jornadas del invierno. Fue al amparo de mi lumbre, en las frías noches sin luna, que surgieron los primeros contadores de relatos.

Si la tierra es la madre de la humanidad, no creo que sea un acto de vanidad decir que yo soy el padre. La tierra os dio el útero, la memoria, la semilla y el hogar. Yo os di el conocimiento, el poder sobre los metales, las herramientas para producir el alimento, el trabajo productivo, la metalurgia, el oficio de las artes.

No me culpéis del mal uso que de mi don hicisteis los humanos, aunque, tal vez, pensándolo bien, puede que sea corresponsable.

El mismo Fuego que ilumina el alma y le da inspiración, creatividad y fuerza, puede carbonizar bosques, yermar campos de cultivo, destruir graneros, devastar la vida.

¿Por qué dices, entonces, que no supimos utilizar el don que nos ofreciste?, me atreví a preguntarle.

Porque yo también estaba a vuestro lado cuando os dejabais llevar por la rabia, el rencor y el odio. Sí, aunque muchas veces no os dais cuenta, siempre caminamos juntos, de la mano. Yo llevaré la lumbre, no lo niego. Pero vosotros sois los dueños del mecanismo que la hace explotar. El fuego carece de emociones. De la misma forma que promueve la vida, conduce a la muerte.

Un rayo iluminó el cielo del atardecer y me recordó una lejana tarde de enero, repleta de despedidas familiares e incógnitas de futuro. Me vi otra vez sentada en una estación llamada adolescencia, y reviví el deseo repentino de eternizar los minutos que me faltaban para subir en aquel tren. El tren que me transportaría hasta una estación llamada responsabilidad.

Antes de extinguirse, el Fuego musitó palabras de esperanza. Cuando un campo se quema, la vida se recoge en las cenizas. Parece que todo se acaba, que el fruto se muere y el grano se convierte en carbón. Parece que el vino se vuelve sangre y el pan espinas, pero os equivocáis, no es así, la vida continúa ahí, latente, recogida en sí misma, enganchada en un suspiro, echa un novillo de esperanza, preparándose para dar el salto y regresar.

¿Pero, y nosotros, y nuestras luchas, nuestras guerras?

Confío en que un día llegará en el que sabréis transmutar odio en amor. Todos estamos hechos con el mismo fuego, incluso los ángeles. Pero el fuego humano es un fuego diferente. Procede de una fragua que moldea la vida, la purifica y la reconstruye.

¿Aún confías en nosotros?

Sí, sé que lograréis un estado de fraternidad cuando las palabras vencedor o vencido carezcan de significado, cuando enemigo sea apenas una figura de lenguaje y cuando, efectivamente, el sol, ilumine a todos por igual.

Lo conseguiréis cada vez que os rehagáis; cada vez que os reinventéis; cada vez que os recreéis…cada vez que os renazcáis en todos y en cada uno de vuestros hijos, de vuestros proyectos, de vuestras realizaciones… y principalmente cada vez que os reunáis para construir algo mayor.

Cuando se fue, pinceló el cielo con tonos rojos y naranjas y morados. Arriba de la chimenea de mi casa un aguilucho que observaba la escena, lanzó al cielo un hermoso graznido para mostrar su alegría de vivir, Después voló, tal vez para el nido. Enseguida comenzó a llover.

El agua golpea los cristales y asume los colores de la noche. Llueven tormentas y mis oídos escuchan el bramar de cantábricos mares lejanos. Las olas invaden los sueños y los ríos se transbordan en pesadillas. El agua lo arrasa todo pero también es vida y pureza y alimento. ¡Nosotros somos agua! Un cirro revolotea por el techo de la habitación. Entonces contemplo el río Nalón y el Piñeiros y el Cuyahoga y el río de la Plata y todos ellos son el mismo río. Y me despierto.

El agua transporta y se deja llevar y se amolda y se adapta y se acomoda. Luego me revela al oído, bien bajito, para que nadie la oiga, que ella aún siendo vida y existencia, no sería nada sin el viento que la mueve, sin la tierra que la sostiene, sin el fuego que la transforma.

Se deja llover sobre mi piel. Quiere concientizarme los poros, antes de certificar que la plenitud está en la suma, en la unión de esas fuerzas opuestas y, por ello mismo, complementarias.

Somos los cuatro lados iguales de la cruz que, cuando gira, se transforma en rueda y se transmuta en vida. Cuando trabajamos juntos la vida germina. Cuando uno de nosotros se deja llevar por el orgullo o la vanidad y desea predominar, surge la devastación.

No sois diferentes los humanos. Cuando trabajáis unidos, aunque estéis diseminados por distintas partes del mundo, los humanos transformáis conocimiento en sabiduría, utilidad en arte, necesidad en productividad, interrogantes en filosofía. En contrapartida, cuando la arrogancia de un individuo lo lleva a imponerse sobre los demás, los campos se transforman en desolación, la riqueza en infortunio, la buena voluntad en terror. Y, sin quererlo, podéis transformar los cuatro lados de la cruz de la vida en los cuatro jinetes de la Apocalipsis.

Pero tengo fe, sé que la humanidad se regenera cuando respeta la verdad de los otros tanto como la suya, cuando aprende a contemplar el mundo a través de distintas miradas, cuando consigue calzar los zapatos del vecino y sentir sus emociones como propias, cuando comprende que todos beben agua del mismo manantial.

Al igual que mis compañeros, sé que lo conseguiréis cada vez que os rehagáis; cada vez que os reinventéis; cada vez que os recreéis…cada vez que os renazcáis en todos y en cada uno de vuestros hijos, de vuestros proyectos, de vuestras realizaciones… y principalmente cada vez que os reunáis, así como, aquí y ahora lo están haciendo los langreanos en el mundo, para construir algo mayor.

Nota de la autora: Los brindis de 2007 y 2008 fueron escritos en Brasil. El de 2009 lo escribí en Argentina, país en donde resido actualmente. La foto de este brindis es de La Torre de la Quintana, construida en el siglo XIV, hoy sede de langreanos en el mundo.

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