La Felguera del alma

Este texto es del año 2009. Lo escribí para leerlo el día 26 de junio de aquel año en el Pregón que abre a las Fiestas de San Pedro, de La Felguera. Muchas gracias a la sociedad de Festejos de San Pedro por haberme proporcionado la posibilidad de vivir momentos intensos e inolvidables.

La Felguera del alma

En ocasiones especiales, como la de hoy, uno quiere decir tantas cosas que los sentimientos se aglutinan en las escaleras del corazón, las ideas se congelan en los laberintos del cerebro y las palabras, no sé si por miedo o por vergüenza, terminan enganchadas en las cuerdas vocales y no se atreven a salir. Conocéis aquella sensación de garganta seca, dientes apretados y manos sudorosas… pues así se siente la guajina que aún vive dentro de mí.

Y esa neña alborozada, que desea acompañar los pasacalles, subir en el tiovivo y pasear en el tren de la bruja, me recuerda que, no en balde, llegó a este mundo el día en que comenzaban las fiestas de San Pedro, en La Felguera. Lo que a veces parece olvidar es que, de San Pedro a San Pedro, la tal neña se ha ido convirtiendo en una señora de mediana edad.

Hace ya treinta y cinco años que, con las maletas cargadas de sueños, proyectos y algo de miedo, me subí al tren que me llevaría a Madrid para estudiar Periodismo. Y después trabajar. Y después cruzar el océano para constituir mi familia en Brasil. Y después atravesar el continente para vivir en Ohio. Y después retornar nuevamente al hogar familiar en São Paulo. Y después volar más hacia el sur, hasta Buenos Aires, donde vivimos ahora.

Pero cada vez que vengo a La Felguera, y vengo todos los años, el baúl de las emociones se abre y recupero del olvido pedazos de mi propia historia.

Pienso que este sentimiento es bastante común entre los emigrantes, que, cuando volvemos a casa, llegamos sedientos de nosotros mismos. Sedientos de lo que éramos antes de salir, de aquello que hoy no somos más, pero que moldeó decisivamente lo que somos hoy.

Por eso, al reencontrarnos con las raíces, nos reencontramos con la memoria, y al volver a los orígenes nos concedemos la oportunidad de reescribir el libro de la vida. Un libro donde nuestro origen (en mi caso, La Felguera), nos sirve de tintero, de pluma y de inspiración.

Me veo de nuevo jugando en el Barrio Urquijo. Veo a mi madre asomada a la ventana, haciendo ademanes para que vayamos a comer. La veo sentada en la Pérgola, de cháchara con Luisa, la de Munárriz, y con Emilia, la santanderina.

Veo a mis amigas Nereida y Charo y María José que gritan “tres marinos a la mar” antes de esconderse, y escucho el eco que, desde algún lugar del pasado, les responde “otros tres en busca van…”

En La Felguera que revisité, al escribir este texto, también vivían las vareadoras. Aquellas mujeres que, con la llegada del verano, recogían los colchones de la vecindad, les sacaban la lana, la lavaban, la extendían al sol y, después, con sus largas y finas varas, la golpeaban y la desenredaban. Me gustaban aquellas tardes en las que el silbido de las varas se entrelazaba con el sonido de sus voces alegres y picantes.

En aquella La Felguera había lecheras, como Maruja, que nos entregaba la leche en casa. Y panaderos, como Antonio, que dirigían carretas tiradas por caballos, mientras, a grandes voces, anunciaban sus productos. Súbeme una barra de cuarto y un bollín de cuernos,
le decían las mujeres desde la ventana. Y había carboneros, como Sagrario y Julio; y afiladores y paragüeros.

En aquella La Felguera había incluso herreros, como Isidro el ferraor y sus hijos Alejandro y Ramón, que tenían una herrería en la Pomar, al lado de la fuente la Barcena. Recuerdo que, cuando regresábamos del colegio, nos parábamos en la herrería para espiar como colocaban les ferraures a los caballos y, ahora, mientras les leo estas líneas, casi consigo oír los relinchos que daban cuando el herrero, con su mandil de cuero y un montón de clavos metidos en la boca, levantaba el martillo y, con fuerza, les calzaba sus zapatos de hierro.

Después pasábamos por la tienda de Conchita, la del puestu, que cuando llegaban los toneles de sardinas saladas que vendía, olía a Rula. Dentro del barrio, aún daba tiempo de dar una ojeadina al puestín de la Roxia, una viellina chiquitina, arrugada, toda vestida de negro, con un pañuelo amarrado en la cabeza y un mandil gris, que vendía regaliz, chicle y bolines de anís a perrina. Diez bolines de anís costaban una perrona. Los críos de aquella época hacíamos milagros con dos riales.

En aquella La Felguera sin televisión y sin Internet, los niños jugábamos a la pelota y al cascallu y al bote y a la queda y al pio campo y a los banzones y al escondite y organizábamos carreras de bicicleta y piezas de teatro.

Me asomo a la ventana de esa memoria y siento que es la misma ventana por la que se asomaba mi madre para decirnos adiós cuando íbamos al colegio, o salíamos a pasear al parque viejo, o simplemente nos íbamos, mundo afuera, al encuentro de nuestro futuro.

Fue desde aquella ventana de un cuarto piso, de un número 14, que me enseñaron a mirar siempre un poco más lejos y por ella descubrí que el horizonte continuaba por detrás de las montañas. Hoy sé que ocurre lo mismo cuando se mira desde el otro lado.

Desde aquella ventana también me mostraron el tren y los Altos Hornos de Duro Felguera. Y era por ella que, a las 12 en punto, entraba el piiiiii del pitu de la fábrica. Entonces los obreros con sus monos de mahón salían por los portones de la Duro, como si de un mar de intenso azul se tratara, y las mujeres, en casa, se apresuraban a poner la mesa.

Y seguro que estábamos en la ventana cuando me explicaron que un pueblo es mucho más que un conjunto de edificios, comercios y fábricas. Para ser de verdad, me decían, un pueblo debe tener alma, y el alma de un pueblo somos nosotros, sus ciudadanos. Los que os quedasteis, porque vivís en él. Los que nos marchamos, porque él vive dentro de nuestra memoria.

Os puedo asegurar que esta mujer, a la que le costó asumirse como emigrante, ve La Felguera con los ojos etéreos del alma y siente los registros archivados en su memoria de una manera casi física. Ello, porque los emigrantes, sobre todo los que nunca volvieron, tenemos la mirada llenita de ayer, como la Penélope de Juan Manuel Serrat.

Pero a veces aún me pregunto el ¿por qué los recuerdos parecen eternizarse en la infancia?

La respuesta, si es que existe, llega hasta el cerebro por los caminos de la intuición. Algo nos hace concluir que nuestros recuerdos son atemporales, porque las reglas que rigen el tiempo no funcionan cuando, desde donde quiera que estemos, nos acordamos o mejor revivimos nuestra infancia en el pueblo natal.

Recuerdo el primer abecedario y lo importantes que nos sentíamos al conseguir copiar la línea quebrada sin salirnos de la raya, y la seriedad con que aprendíamos a leer mi mamá me ama sentados en los bancos de la improvisada escuela de Doña Jesusa, en el Barrio Urquijo.

Y siento el viento frío penetrándome los huesos por debajo de la capa del uniforme, de aquel ya lejano día de octubre del 59 en que comencé al colegio de las Dominicas. Aún no olvidé la oración que le recé a mi Ángel de la Guarda, para que mi madre se durmiese y se olvidase que tenía que llevarme. Pero no se olvidó. Entonces me veo agarrada a su mano y a camino de aquel colegio que, en mi cabeza de niña de seis años, quedaba lejos, muy lejos, más allá de la plaza, en un lugar extraño y lleno de huertas.

Es que en el inicio de los sesenta, en el lugar donde hoy se localiza el parque de Pinín y, desde diciembre pasado, se eleva la escultura El Engranaje de la Memoria, de José Luis Iglesias Luelmo, en homenaje al centenario de la Sociedad de Festejos de San Pedro, lo que crecían en ese lugar no eran esculturas, eran lechugas y berzas. Lo recuerdo tan nítidamente, como recuerdo que al cruzar la puerta principal del colegio La Beata Imelda temblaba, aunque posiblemente fuese de ansiedad y no de frío.

“El Engranaje de la Memoria/ modela en el aire/ engrana en el tiempo/ y recoge en su seno/ las entrañas de/ La Felguera trabajadora/ La Felguera cultural/ la Felguera festiva/ o simplemente/ el Alma de La Felguera inmortal”. Define, de manera clara y poética, el autor de esta escultura, verdadero ADN de nuestro pueblo.

Y la memoria del alma también me trajo de vuelta a la chavalina que, como dice mi amiga Rosa Roces, ya fue dama de las fiestas… hace casi cuarenta años. Pero recuerdo nítidamente el vestido blanco, bordado con flores de guipur, que me hizo Anita. Y el traje de terciopelo verde de llanisca que me vistieron para ir al Pregón. Y recuerdo el latido de mi corazón caminando por el pasillo del teatro Pilar Duro a camino del escenario. Y como la periodista Pilar Nervión, al recoger las llaves de San Pedro, resaltó la emoción que sentía al recibirlas y se las brindó a su abuelo. Pienso que en aquel día y sin saberlo, Pilar Nervión colaboró en mi decisión de ser Periodista.

Luego, un poco más tarde, la memoria del alma me transportó hasta este mismo local donde estamos ahora, pero en un otro tiempo. Bajé hasta el Club Bulnes y me encontré en medio a un baile de disfraces. Y escuché las canciones que ensayábamos en una de las clases del colegio, para cantarlas después, el domingo, durante la misa, al pie del altar. Y entré en la Iglesia y presencié el ensayo de la pieza teatral Proceso a Jesús. Y me vi de nuevo en el papel de su abogada defensora.

Es una cosa extraña esta del tiempo y de la añoranza. Creo que los años caminan por la memoria como si transitasen dentro de una espiral, por eso a veces se encuentran, se cruzan, se dan la mano e, incluso, se abrazan.

Dentro de la memoria La Felguera se multiplica y se reproduce. Camino por la que anduve en la infancia con sus colores tenues y sus sabores a chucherías de la Enka y a turrón y a Noche Buena y a juegos reunidos y a falta de luz y a bocadillos de Calamares en los Hermanos y a las tardes de domingo en la Traba y a mi padre tocando la armónica para tranquilizarnos y a manos que crean animales con la ayuda de una linterna, sobre el desierto blanquecino de la pared y a racionamiento y a falta de agua y al ocaso y a los Reyes Magos.

Recorro también La Felguera que transité en la juventud con sus senderos repletos de matices y sabor a tertulias y a descubrimientos y a sidra y a sueños de arlequín y a partidas de mus en el Marbella y a búsqueda de identidad y a patatas bravas y a enamoramientos y a bígaros en los bancos del parque viejo y a pipas y a Noche Viejas en el Casino y a sopas de ajo en el Bar Llanes y a tristezas y a San Pedro de noches de Verbena y Giras de Castandiello.

Hasta que un anochecer de invierno, el tren de la Renfe pasó por la puerta de casa y me invitó a visitar el otro lado de las montañas. Y yo me subí. El tren cruzaba veloz la oscuridad de la noche y los cristales de la ventanilla reflejaban la línea púrpura del horizonte. Pero, como en el juego de la oca, la ficha que me tocó vivir retorna todos los años al lugar de origen, a La Felguera, donde repongo las fuerzas que me permiten continuar el viaje.

A La Felguera de hoy me gusta pasearla, y, casi inconscientemente, como pienso que hacemos todos los emigrantes, comparo la realidad que veo con la imagen, tal vez romántica, que mantengo en mi recuerdo. De alguna manera y en cuanto la camino, tengo la sensación de que se está ensanchando. Parece que sus calles están más amplias, que las plazas crecen y los parques se multiplican.

Descubro que La Felguera de hoy valora la calidad de vida de sus ciudadanos y que, por eso, no solo se le ensancharon las calles, sino que también se le peatonalizaron e iluminaron. Percibo que, al cemento de sus aceras, le crecieron bancos en donde podemos sentarnos a leer, o a pensar, o a charlar, o a echar una cabezadina.

En esas caminadas de redescubrimiento, advierto que La Felguera de hoy parece más rejuvenecida y más activa que nunca. Es una villa jovial que incentiva el arte y la cultura autóctona. Un pueblo que supo hacerse global, sin perder su idiosincrasia y sus tradiciones y sus buenas sidrerías.

Y percibo que La Felguera de hoy apoya a emprendedores y empresarios que visualizan nuevos caminos para la economía local. Al pitu de la Fábrica lo sustituyó la tecnología y a los cuellos azules, los cuellos blancos. Hace ya algún tiempo que, detrás de los portones de Duro Felguera, no se hacen más coladas continuas. Hoy, esas puertas se abren para la ciudad tecnológica de Valnalón, que, sin salir de ahí, ya ultrapasó las fronteras de España.

Por su localización, creo que la nueva red de carreteras ayudó bastante, La Felguera descubrió su vocación para la industria del turismo, incluso para el turismo de negocios. ¿Quién podría imaginar algo así hace 30 años?

Cultura, trabajo y libertad, bajo ese lema el nuestru pueblu se reconstruye todos los días y todos los días amanece dispuesto a solucionar los enigmas que abren los caminos que conducen hacia los nuevos paradigmas económicos y sociales.

La Felguera es un pueblo que, como dijo un anciano sabio del Viejo Testamento, sabe Contemplar los días pasados pero dirige la mirada hacia la eternidad

Pero hoy es día de fiesta. Hoy San Pedro está en la esquina y esa niña que continúo siendo no quiere saber de tiempos ni de paradigmas ni de edades.

Estoy aquí, ante ustedes, y siento cómo ella se abre camino a través de mis arrugas para asomarse a mis ojos y cómo me inunda la boca de sonrisas y de alegría el alma.

Estoy aquí, hablando con ustedes, y oigo su voz infantil pidiéndome que caminemos juntas, y que juntas vayamos hacia ese kilometro cero, donde se inician todas las celebraciones en homenaje a San Pedro.

Por eso vinimos, me recuerda. Por eso estamos aquí. Para decirles a todos que durante los próximos cinco días, los felguerinos somos los dueños de las llaves que nos cedió el Santo.

Y estas llaves, susurra en mi oído, son mágicas. La de plata abre la puerta de oriente, la de la luna, y nos regala el conocimiento. La de oro abre la puerta de occidente, la del sol, y nos concede el trabajo. Pero el milagro mayor, me dice, ocurre cuando ellas se unen. Pues cuando están juntas, la vida corre alegre y nos brinda la libertad.

¡Que empiecen las Fiestas!

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Una respuesta a La Felguera del alma

  1. Patricia Guzmán dijo:

    muy bien escrito, muy emocionante

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