AMIGA ÍNTIMA (I Charlando con el espejo)

Escrito el último año del pasado siglo

La primera vez que la vi me resultó una cara conocida,

su sonrisa era vagamente familiar, me recordaba a alguien,

fue así de relance, en la calle,

al lado de unos grandes almacenes

la vi a través del cristal,

al menos, eso me pareció en un principio…

La segunda vez, me di de cara con ella en mi propia casa,

en el baño,

qué carajo hace aquí esta señora, pensé yo,

y continué lavándome los dientes.

Sólo entonces me di cuenta y

me asusté,

me asusté mucho,

abrí la boca,

abrí los ojos y… me miré

Me miré por primera vez en mucho tiempo:

aquella señora era yo.

Aquella señora soy yo.

(II Encarando el cristal)

Quise encontrar mi propia imagen,

esa que yo tengo de mí y ya no existe,

tuve que mirarme de cerca

coloqué la nariz en el espejo y me miré con rabia, en un comienzo,

después con tristeza,

las lágrimas rodaron sueltas, descontroladas,

conseguí ver a través de las arrugas, que sí tengo,

del rictus, quizás amargo.

La verdad es que me costó un poco,

pues la cortina de lágrimas no quería dejarme ver.

Verme.

(III Jugando con el tiempo)

Que irresponsables somos, pensé repentinamente.

Somos desdeñosos con el tiempo

y entonces él se hace notar, se hace sentir,

para que nos conozcamos,

para que comprendamos nuestra temporalidad.

Continué con los ojos fijos en el espejo, buscándome

y una niña rubia, de largas trenzas,

me sonrió lánguidamente desde el otro lado;

me sonrió desde el tiempo atemporal del pasado.

Desde aquella época en que el tiempo,

ése al que obligamos a caminar acelerado

siguiendo los compases del reloj,

ése al que imponemos las reglas y leyes de nuestros juegos,

era algo más que un amigo,

era nuestro hermano;

más aún,

era nuestro aliado,

y jugaba con nosotros el día entero.

La vida era un eterno juego de aprendizaje.

Y él nos susurraba dulcemente que no nos preocupáramos,

que era interminable, imperecedero…

Por aquellos días era él quien imponía las reglas, y parecía justo

Pues los días caminaban despacio, lentamente,

como si el medidor de entonces fuese más largo.

Creo que los árboles aún se rigen por aquellas normas,

por eso viven tanto…

Me concentré de nuevo para no perder a la niña

que desde dentro del espejo me estaba mirando.

Entonces percibí que ella era yo misma

y quería decirme algo,

o escucharlo,

tal vez, o…

los oídos zumbaban,

           la cabeza hormigueaba,

las manos sudorosas temblaban

los ojos escrutaban llorosos, pero aún buscaban…

Entonces el espejo se volcó hacia dentro de mí

y me vi,

me viví…

Reviví

(IV El tiempo habita el espejo de la memoria)

Caminé por el jardín de la abuela

y volví a coser vestiditos de flores,

paseé de nuevo por los prados del Coto

y jugué en el campo de los soldados con mi hermano mayor.

Construimos fantoches de trapo.

Hicimos teatro guiñol para los vecinos.

Vestimos las ropas de las tías

y descubrimos a Flash Gordon en el desván.

Canté una morena y una rubia hijas del pueblo de Madrid

y jugué al molinillo con mi prima, la morena de la copla.

Me columpié del sauce llorón amigo.

Lloré la muerte de Lasie, aquel gigante pastor alemán,

y me enteré que los abuelos habían subido al cielo para hacerle compañía.

Di de comer a las gallinas y comí los huevos frescos de Kika.

Hice la primera comunión toda vestida de blanco.

Y supe que la vida salía en forma de hermano “chiquitín”

de los gritos dolorogozosos de una madre en estado de gracia.

El tiempo se había prendido en el espejo

y en ese espacio sin tiempo,

en ese segundo congelado,

me reconstruí.

No,

La niña que nunca me quiso abandonar,

me reconstruyó.

Y es que el tiempo es un sentimental

que a veces te juega algunos milagros…

(V Un espejo dentro del alma)

Después de unos minutos de contemplación,

con el cepillo de dientes todavía en la mano,

conseguí ver brillar, en mis ojos de señora,

aquel brillo chispero de mi mirada infantil.

Fue difícil,

estaba escondido allá en el fondo,

detrás de las arrugas.

Tuve que desbravar años de furia adolescente,

rebeldía universitaria,

militancia antifranquista,

seriedad profesional,

responsabilidad de esposa,

soledades de emigrante,

maternidades frustradas,

depresiones y tristezas,

sueños sin realizar…

Pero por detrás del tiempo,

o quien sabe al frente,

la niña que siempre fui

se mantuvo al mando con obstinada persistencia.

(VI Abriendo las puertas a la vida)

Busco su mirada, ¿la mía?

La chispa encendida de sus ojos chisperos

sigue brillando…

y con su sabiduría infantil recita dulcemente:

continúo contigo,

no ves que somos una sola,

podemos recomenzar.

Entonces los miedos adultos se van,

desaparecen.

Fuerzas joviales me inundan y me animan

Y un día,

día de radiante amanecida,

la niña se me asoma al alma y anuncia:

“somos Madre”.

La vida renace, nace, nace…

Y en su cuna, tranquila, mi hija duerme…

“Madre, somos madre”.

Cantamos juntas, a la una,

a las d… a la una,

con un reflejo único

me responde el eco del espejo,

y yo, finalmente,

miro dentro y me veo.

(VII En el umbral de mí)

Entonces, un tiempo juguetón y coqueto

me agarra por el hombro y me tutea:

has visto amiga,

cuando la mirada continúa intemporal,

los deseos más profundos se materializan.

Y me pareció alegre cuando dijo:

ve el mundo con tus ojos de niña,

examínalo con tus conocimientos de mujer

y sorpréndete un poco a cada día.

¿Las arrugas?

¡Ah, las arrugas…!

LAS ARRUGAS SON VIDA

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