Viajar

Un sol rojizo y atrevido se coló a través de esa especie de ocelos que, en vez de ventanillas, tienen los aviones. Pensé que ya era hora de sacarme el suéter de lana. Pero miré el reloj y decidí que, primero, iría a la toilette. Apenas dos señoras hacían la cola. Sí, mejor aprovechar. Desabroché el cinturón de seguridad y noté que otras personas habían tenido la misma idea que yo. Doce horas de vuelo son muchas horas. En pocos minutos comenzarían a servir los desayunos y no podríamos salir de nuestro lugar con las azafatas empujando los carritos de un lugar para el otro. Prontamente me levanté y apresuré el paso. Cuatro o cinco personas caminaban rápidas y decididas, pero detrás de mí. Cuando retorné a mi lugar, la fila se había multiplicado por 10. Me senté justo cuando los carritos comenzaban su desfile de bandejas y las ajetreadas azafatas iniciaban su monocorde rosario de interpelaciones: café o té, café o té, café o té…. Momentos después, empezaba la maniobra de aterrizaje

Habíamos dejado una Buenos Aires anochecidamente helada y afligida por las cenizas del volcán Puyehue. Una noche de invierno porteño, con escasos pasos caminantes, aunque bajo la lucecita del farolillo de las calles, aún se desgranaba el triste canto de un viejo bandoneón. Y ahora, una noche por medio, íbamos a aterrizar en plena tarde de un Madrid abrasador. Abrasador y resplandeciente. El cielo, de puro azul, me lastimó la vista. ¿Dónde habré metido yo las gafas de sol? Será que debería protegerme a la sombra de un león, aunque no hubiese comprado la suerte en doña Manolita… Imagino una La Cibeles impertérrita, un poco altanera, quizás, entronizada en el centro de su plaza y con su pétrea mirada clavada en Alcalá, la calle por donde vienen y van las floristas de almidonadas faldas, y últimamente los merengues cuando conmemoran, los indignados en su camino hacia Sol, y el resto de los mortales cuando bien nos place o nos da la santísima gana.

A ratos pienso que Buenos Aires es un Tango cargado de caminos bordeados de arboledas que tejen túneles de ramas y retoños. Y Madrid un Chotis que serpentea la sensualidad de sus amplias avenidas por entre las bordadas curvas de un mantón de manila o el viento tenue de un abanico.

Llegamos a pleno sol y, nada más bajar, junio nos acarició la piel con su hálito sudoroso.

Algunos aeropuertos me recuerdan la famosa ley del embudo de la que tanto hablaba mi madre. El avión nos desova en una especie de túnel que, a su vez nos deposita (no importa que nos transporten nuestros propios pies) en una sala de llegada, o de embarque si es que te vas. A partir de allí deberemos seguir, obligatoriamente, las flechas que indican el camino hacia la salida y percibiremos (será algo más que una mera sensación) que las paredes se van comprimiendo a cada paso, literalmente prensando, hasta que nos encontramos ante una escalera mecánica que nos deposita en un andén. Las puertas de un tren se abren y nosotros nos transformamos en una especie de masa informe que se esfuerza en mantener la verticalidad. La velocidad se siente en los músculos de las piernas y en los riñones, el frenazo más. Salimos tambaleantes, apoyados en las maletas de mano y nos encontramos dentro de un espacio atiborrado de gente que, así como nosotros, tiene aspecto cansado, cara de sueño, pasaporte en la mano, cochecitos de bebes, bolsas, maletines… y la mirada compenetrada en el conjunto de cabinas que hay justo enfrente, conocido también como aduana, para ver si conseguimos, aunque sea entre todos, leer el letrero en donde pone cual es la fila a la que deben dirigirse los españoles y ciudadanos comunitarios y cual la fila a la que deben ir los ciudadanos de los demás países.

El siguiente grita una voz.

Y aún nos falta buscar las maletas. Cuando llegues a Madrid, chulona mía voy a hacerte Emperatriz de Lavapiés y alfombrarte con claveles La Gran Vía… Lo primero que veo al salir de la zona neutra de viajeros es un montón de ojos a la cata de caras conocidas, enseguida oigo las voces que llaman, y después los brazos que enlazan…

Yo acabé de ver a mi hermano. Llegué a Madrid.

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Una respuesta a Viajar

  1. bego dijo:

    Que cantidad de sensaciones,como pasan los años ,como revivimos cada año cuando te vemos ,que gustazo prima ,que gustazo.

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