Por el hueco de los ascensores

A veces, por el hueco de algunos ascensores se escuchan los murmullos del pasado. Son murmullos que, con el paso de los años, se incrustaron en las paredes de los edificios y las impregnaron de ecos, suspiros, recuerdos o imágenes… Dicho esto, me gustaría rememorar una pequeña historia que, tal vez no ocurrió, pero pudo muy bien haber ocurrido hace algún tiempo… allá por los años en los que transcurría mi primera infancia.
Por supuesto que aquella no era una tarde cualquiera. Climáticamente hablando, podríamos decir que era una oscura y fría tarde sin sol, ya que éste permanecía oculto por detrás de turbios nubarrones. Pero no era una tarde triste, todo lo contrario. Diciembre se abría paso por entre las hojas del calendario y el espíritu navideño ya se había infiltrado por toda la ciudad. La calle burbujeaba de alegría y el ambiente de fiesta salpicaba las miradas de los transeúntes. No sabía a quien íbamos a visitar, algún viejo familiar, tal vez, alguna tía soltera de mi madre, a la que llevábamos algunos turrones, mazapanes y otras delicias navideñas. En realidad, no recuerdo haber ido nunca allí hasta aquel día. Tampoco haber visto antes unas puertas tan pesadas como aquellas y de tal tamaño; unas puertas que en lugar de permitir entrar, pensé yo en aquella que no era una tarde cualquiera, habían sido talladas para permanecer cerradas de por vida. Pero las puertas se abrieron y nosotras, mi madre y yo, entramos al portal, en donde alguien, la portera tal vez, encendió la luz. Recuerdo que las escaleras no me parecieron adecuadas para ese antiguo edificio con anchos muros, espesas paredes y mucha solera… Sí, un edificio construido posiblemente en la segunda mitad del siglo XIX, o incluso antes. Un edificio de esos que ahora tienen todo su interior remodelado; que de su apariencia original apenas les resta la fachada, y que en los días de hoy cuestan una verdadera fortuna… Pues bien, fue a un edificio tal que así que acompañé a mi mamá. Un edificio en donde al subir las escaleras me encontré, y no sin sorpresa, con una especie de taburetes aterciopelados en los descansillos que había entre un piso y otro.
Recuerdo el impacto de ese descubrimiento y recuerdo, con mayor claridad aún que, una vez repuesta, adoraba subir las escaleras con los ojos cerrados, tanteando las paredes y aguantando la respiración. Solo abría los ojos después de doblar la esquina del descansillo, para poder encontrarme de cara con ellos y, así, volver a sorprenderme. Nunca fallaban, siempre estaban allí, justo en la esquina, con su formato triangular y su terciopelo rojo. Entonces, justo entonces, conseguía imaginar los enormes culos con meriñaque de las señoras que en ellos se sentaban, agotadas de tanto arrastrar el frufrú de sus faldas y enaguas por las indómitas escaleras; o el no menos orondo de las domésticas con sus blancas y almidonadas cofias, sus no menos almidonados delantales y sus gigantescas lazadas; llegaba incluso a escuchar las voces cantarinas de las niñas con sus muñecas peponas, subiendo y bajando por las escaleras a todo correr: Tengo una muñeca vestida de azul, con su camisita y su canesú, la saqué a paseo se me constipó, la tengo en la cama con mucho dolor… o las voces estridentes de chiquillos vestidos con trajes de marinero, que bajaban las escaleras dando traspiés, mientras empujaban escalones abajo sus gigantescos aros de metal. Después de aquel primer día, visité muchas otras veces aquel edificio. Casi siempre iba sola, con alguna disculpa o algún regalito para la anciana parienta de mama. A ella le encantaban mis visitas y a mi el poder subir a toda velocidad las quejumbrosas escaleras de madera para, una vez cansada, tener el placer de sentar mis propias posaderas, aunque solo fuera por unos segundos, en aquellos asientos “principescos”, que así me lo parecían a mí por aquel entonces.
Además, la lejana parienta de mamá resultó ser una viejecita seductora, de conversación agradable y animada narradora de relatos, que yo escuchaba ensimismada y con la respiración prendida. Tenía tantas historias dentro de su cabeza, tantas experiencias, tantas anécdotas, que yo le calculaba los mismos años, sino más, que el edificio en donde aparentemente había trabajado de portera y en el que hasta ahora continuaba viviendo, aunque ya hiciese mucho tiempo que no desempeñaba esa función. Su pequeña vivienda estaba arriba del todo, una minúscula buhardilla, justo al lado de la casa de máquinas del ascensor. Sí, el edificio también tenía ascensor, uno de los primeros a ser instalados en la ciudad, según me había comentado la antigua portera.
Pero creo que el encantamiento que los aterciopelados taburetes produjeron en mí, o quien sabe el miedo patológico de alturas y otros similares que tenía mi madre, demoró en algunas semanas mi encuentro con ese ascensor, del que hasta entonces apenas conocía el ruido de sus motores. Era un ascensor relativamente moderno si tenemos en cuenta la fecha de construcción de aquel edificio localizado en una calle central del viejo Gijón. Aunque quizás debería ser más respetuosa y tratar aquel vetusto Ascensor de engalanadas puertas de hierro, de usted y con toda la pomposidad que, efectivamente, debería merecerme su recuerdo, no solo por la antigüedad que sí tenía, sino también por el impacto que produjo en mi persona cuando, tras observar detenidamente sus puertas de hierro forjado, un día me decidí a entrar en él.
Fue un domingo de Ramos, acababan de bendecirme la palma y caminaba con mi vestido recién estrenado, sin ningún destino preconcebido, o al menos eso creía yo, pero mis piernas sabían muy bien hacia donde se dirigían. Así que, cuando quise darme cuenta ya estaba ante la puerta, pensé rápido en la disculpa de entregar la palma a la anciana pariente y entré. Sin más preámbulos, me dirigí directamente hacia el ascensor, agarré el manillar de la puerta y sentí como un frío antiguo penetraba la palma de mi mano derecha. Dentro, mirándome de frente, un viejo y agrietado espejo ¿Art Nouveau?, me devolvía sin decoro el reflejo de mi cara. Su moldura, que en algún momento había sido dorada, estaba ahora ennegrecida, posiblemente debido al mucho tiempo que tenía, al uso o, quien sabe, a la desidia. Pero lo que verdaderamente me llamó la atención en aquel ascensor no fue ese espejo rococó que me devolvía la mirada, no. Lo que efectivamente llamó mi atención y me produjo un singular y desconocido sentimiento de euforia, fue el asiento de madera con cojines de terciopelo rojo que habían colocado justamente debajo del espejo. Me parece que a nuestros antiguos les encantaba asentar las posaderas, pensé sin poder contener mi infantil carcajada. Quien sabe el poder sentarse era un privilegio que solo pertenecía a los pudientes. Precavida, miré a derecha e izquierda antes de entrar, pues no quería que nadie me impidiese el placer de subir hasta la buhardilla sentada. Después cerré las puertas de hierro con cuidado, apreté el botón del último piso y me acomodé lo más confortablemente que pude en el asiento. Escuché el crujir de unas corrientes y el ascensor comenzó a subir, entonces escuché un gritito, una especie de suspiró, y presté atención. Desde el hueco del ascensor me llegaban oleadas de murmullos y palabras sueltas, nombres de juguetes antiguos, susurros de amor… Al principio me asusté, no voy a negarlo, pero con el paso del tiempo comencé a entender el significado de cada una de las palabras que el hueco del elevador compartía conmigo y todos los días, con la disculpa de que iba a cuidar a la vieja amiga de mamá que estaba enferma, salía del cole y corría visitarlo. Nos hicimos amigos. Bueno, nos hicimos todo lo amigos que alguien puede hacerse del hueco de un ascensor.
Un día el ascensor demoró un poco más en subir al cuarto y último piso del edificio para que el hueco pudiese mostrarme alguna de sus historias más bien guardadas. Ese día vi que las señoras subían por las escaleras antes de que él existiese, por eso tenían asientos en los rellanos; me mostró que al ascensor lo habían traído de París y que tuvieron que estrechar las escaleras para abrir el hueco por donde debería subir y bajar y subir… Fue una obra que incomodó bastante a los vecinos y que provocó diversas desavenencias. Hasta hubo algunos que pensaron en vender el piso, pero al final la obra acabó e instalaron el ascensor en el hueco creado. Casi sin darse cuenta, los vecinos se fueron acostumbrando a la novedad y hasta se olvidaron de los tiempos en los que tenían que, obligatoriamente, utilizar las escaleras. Ahora solo las utilizaban, y con un humor de perros, cuando el pobrecito ascensor sufría alguna avería.
Otro día se asomaron al hueco del ascensor muchos de los antiguos habitantes de aquel edificio, conversé con un viejo marino que vivió en el segundo izquierda. Él me contó, aún conmocionado, el último viaje de su amigo Edward John Smith, contratado por la compañía White Star Line para comandar el viaje inaugural del Titanic. Me dijo que, a pesar de la mala suerte de Smith y de sus múltiples accidentes marítimos, no podía entender lo que había ocurrido aquel 12 de abril… También apareció una bella jovencita que vivió toda su vida en el tercero derecha. Allí se había casado y criado a sus hijos, allí se enteró de las infidelidades de su esposo, allí aprendió a comportarse como una dama, a ser silenciosa, a ser paciente y, finalmente, a hacer todo lo que le daba la real gana. Me dijo, con su voz suave y tímida, que su espíritu era el de una adolescente, por eso yo la veía joven y bella, porque ella siempre se había sentido así. Se presentó también un galante caballero de espíritu aventurero, que tras haber viajado por las cuatro esquinas del planeta concluyó que si no hubiera nacido en Gijón, le hubiera encantado nacer allí. Me explicó que el amor a los orígenes nos hace libres y nos permite vivir en cualquier parte, pues el respeto por lo nuestro nos ayuda a entender y a respetar los otros…
Los antiguos vecinos llegaban siempre por el hueco del ascensor, se sentaban en el banquito y comenzaba a conversar. A veces hablaban entre ellos y no me prestaban la más mínima atención. Pero había momentos, sin embargo, en los que su curiosidad era mayor, hablaban directamente conmigo y formulaban mil preguntas sobre “la extraña manera” que teníamos de comportarnos en los “tiempos raros” que, en su opinión, me habían tocado vivir. No entendían como la gente podía cruzarse por las calles sin mirarse a la cara, “y no digamos saludarse con un toque del ala del sombrero o pararse a conversar” afirmaban horrorizados. -“Si ni siquiera se desean un buen día por las mañanas, cuando se encuentran en el ascensor o se tropiezan por las escaleras”, afirmaba entristecido un anciano señor de amplios bigotes y extensas patillas, al que respetuosamente sus vecinos llamaban de señor Barón. El viejo caballero, conocido también como el Señor de Gijón, había pasado sus últimos años en su elegante vivienda del primer piso, el más valorizado en la época en que se construyó el edificio.
Había días en los que mis amigos del hueco del ascensor apenas deambulaban silenciosos, incluso parecía que danzaban, siguiendo el compás de un Vals o de una Polca, mientras me acompañaban a la buhardilla donde vivía la anciana portera. Ellos y yo también, escuchábamos nítidamente la música que reverberaba por el hueco del ascensor y, aunque nunca llegué a ver el rostro del (no sé si él o ella) pianista, la música se hacía más nítida cuando nos acercábamos al cuarto derecha. Casi podía sentir el chasquido del banquillo al sentarse, y el crujir de sus dedos segundos antes de colocar las manos sobre las teclas de un esbelto piano de cola, probablemente de origen alemán o austriaco. Después, tras algunos segundos de silencio, seguramente de concentración, deslizaba sus dedos por el teclado y en seguida las notas surgían indómitas, alegres o melancólicas, pero siempre hermosas, inundando el espacio sin tiempo de aquel hueco de ascensor. Prefería las obras para piano de Brahms, Liszt, Chopin. Pero aquel día, las notas de la Pathetique de Beethoven emergían de sus dedos doloridas, pungentes, desconsoladas… Fue en ese momento que la vi. Nuestra vieja pariente lejana entró despacio, sus pies menguados dentro de unas viejas zapatillas de fieltro. Se sentó en la butaca y se quedó quieta, contemplando sus propias manos. Eran unas manos agarrotadas por la frialdad de tantos baldes de agua, de tantos cabos de escoba, de tantas bayetas retorcidas. Tenía la espalda ligeramente curvada por el peso de tantos años y de tantas escaleras. Pero, cuando finalmente levanto la vista, su mirada era diáfana y transparente, casi infantil. Los vecinos del hueco del ascensor la recibieron con júbilo. A final de cuentas, todos querían bien a la vieja portera. Fue abrazada, acariciada y a cada abrazo, a cada caricia, su espalda se volvía erecta, sus manos recuperaban la tersura del pasado y sus pies recobraban la alegría juguetona de la juventud. Solo la mirada continuaba como siempre, ya que jamás había perdido la inocencia.
Yo estaba allí de puro intrusa, o quizás no. Tal vez estuviese allí para poder contárselo a ustedes, quien sabe… Subí con ellos más allá de la buhardilla, del tejado, de las nubes precursoras de tormenta y del mismo arcoíris posterior. Subí para decirles hasta la vista y regresar de nuevo, solo por el placer de acompañarles. Y al día siguiente acompañé a mi madre al cementerio, pero yo sabía que ella no estaba allí. La había visto cruzar el portal de luz del infinito, una luz tan brillante que ser humano ninguno ha podido jamás imaginar y, aún más, había conseguido vislumbrar, del otro lado, esperándola, a hermosos seres resplandecientes y a los amigos del hueco del ascensor. No, no podía estar triste.
Pero ayer, cuando el viento del acaso me llevó de nuevo hasta el viejo edificio donde vivían mis amigos y su portera lloré. Lloré mientras y cada vez que una grúa con un potente mazó de hierro golpeaba sin piedad sus vetustas paredes. Cuando me fui ya no quedaban casi escaleras y el hueco del ascensor parecía un contenedor de destrozos. Apenas la fachada exterior permanecía intacta… y las ventanas.

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2 respuestas a Por el hueco de los ascensores

  1. Que bonito!, Yolanda. Un placer leerlo… Bs

  2. Diego Suarez Infiesta dijo:

    Buenas noches señora Yolanda:
    ¿Que tal está? No recibi mas noticias de usted desde el ultimo mensaje, que le respondi, y le envie lo que tenia hasta el momento. Despues no obtuve respuesta, se que ha estado atareada con la mudanza que tenia, y me interesa mucho su opinion. Ya he hablado con Doña Dora y Doña Elba para que me faciliten los datos de los emigrados a Argentina. Si usted pudiera facilitarme los de Manuel…Esta bien hablaremos mejor a traves de correo electronico cuando pueda.

    Un saludo.

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