Burbujas de vida

No quería salir. Afuera era poco más que una incógnita, quien sabe el caos. Aunque algunos dijesen que allá, del otro lado, la vida burbujeaba, qué podría importarle eso. Allí, donde ella estaba, apenas lograba reconocer algunos sonidos procedentes del exterior. Vivía en el silencio y su instrumento de audición estaba adormecido… Los murmullos para ella eran apenas eso: murmullos. Y la verdad sea dicha, tampoco sabía a ciencia cierta el real significado del verbo burbujear. O al menos no lo recordaba. Por eso prefería mantenerse dentro de aquel ambiente acogedor, tranquilo y silencioso: por eso no le atraía lo más mínimo la simple idea de salir de allí, y menos aún para dirigirse hacia un lugar burbujeante y correr el riesgo de encontrase con cualquier cosa insólita, o darse de cara con aquel nuevo concepto que tampoco lograba entender en toda su extensión: Vida… una palabra hueca y vacía de sentido, ¿o no?
Se despertó sudando. El viento silbaba extrañas melodías que, justamente porque no las deseaba oír, penetraban afiladas en su cerebro. Intentó volver a dormir, pero la lluvia se desplomó repentina y voraz. Gotas de acero que torturaban el viejo tejado, carcomiéndolo. Quería volver al sueño. Deseaba retornar a aquel lugar misterioso e indescriptible, donde quietud y silencio eran condición sine qua non…La noche comenzaba a perder su batalla y la luz del alba se filtraba por las ranuras de la ventana, junto con la lluvia, el viento y un frío que comenzaba a entumecerle la piel. Amanecía y el gallo del vecino comenzó a cantar. ¿El gallo del vecino? No recordaba cuando había sido la última vez que había estado en el campo, pero estaba casi segura de que había oído a un gallo cantar. Y lo volvió a escuchar. Se irguió en la cama inquieta y no reconoció la habitación… ¿en dónde estaba? ¿Qué coño había pasado la noche anterior? ¿Por qué no lo conseguía recordar? ¿Cómo había llegado a aquel lugar que no reconocía? ¿Quién le había abierto la puerta? ¿En dónde mierda estaba, a final de cuentas?
A veces se sentía dentro de una incógnita. Un ser en coma a quien alguien había depositado en una esquina cualquiera del universo, caso el universo tuviera esquinas. ¿Pero quién era ese alguien a quien nunca había logrado ver? A veces pensaba que estaba inmersa en la luz, pero enseguida razonaba que estaba sumergida, claro que podía estarlo, en la oscuridad. ¿Será que luz y oscuridad pueden llegar a confundirse? El silencio era la almohada donde reposaba la nada, ¿pero quién era ella y si ella existía, pues pensaba, ¿qué hacía allí? Desde algún lugar, ni demasiado lejos, ni muy cerca, un desconocido ronroneo volvió a interferir en su pensamiento… en ese momento descubrió que si verdaderamente quisiera, podría oír, pero para poder oír tendría que emerger desde la luz; tendría que brotar desde el silencio y salir hacía afuera de ella misma…
Se levantó y caminó hacia la ventana. Al otro lado comenzaba a amanecer. Vislumbro unas montañas que surgían imponentes por detrás de la niebla y, más cerca, un pequeño jardín. Todo estaba quiero, adormecido. La mañana no tenía prisa para llegar o no quería despertar a los durmientes. Apenas el ruido de una cascada que peinaba sus trenzas de espuma con el rocío del amanecer, y el tenue llanto de un niño que parecía llegar desde muy lejos. Aprovechó el silencio para sentir que la vida aún recorría su cuerpo y se desperezó. Después volvió a pensar en el gallo de ese vecino que no conocía y, tras recapacitar un poco, decidió salir para conocer el local en donde se encontraba e, incluso, investigar por qué y cómo había llegado hasta el. Pero la casa estaba vacía, en el garaje no había ningún vehículo y el gallo había dejado de cantar. Sintió una leve comezón, una especie de nudo que le atenazaba el estómago, una garra que le aferraba la garganta y marcas de sangre en los pies. Un presentimiento la hizo asomarse de nuevo a la ventana y de nuevo percibió que estaba casi a punto de amanecer. Pero que no amanecía. Era como si la aurora se hubiera estancado en algún punto insoluble del firmamento, para que la noche permaneciese un poco más sobre la tierra o para que, por qué no, se hiciese eterna. Resolvió buscar la cocina y prepararse un café, seguro que un café bien fuerte la ayudaría a pensar mejor.
Los murmullos estaban cada vez más próximos. Las voces se iban acercando y le llenaban el cerebro de ruidos. Apretó los ojos e intento enfocar el lugar desde donde le llegaban aquellos cuchicheos. Apenas vio luz. Una intensa luz blanquecina y lechosa, cuya claridad poblaba de sombras sus ojos y le dificultaba la visión. Tan sólo conseguía vislumbrar los contornos luminosos de unas figuras que, más que andar, parecían deslizarse. Sombras de luz que se dirigían hacia una especie de galería, para perderse definitivamente en ella. Allí sí que parecía residir la oscuridad. ¿Será que para alcanzar esa vida burbujeante de la que hablaban los murmullos, tendremos, primero, que sumergirnos en la sombra? Pensó en la posibilidad de salir del estado de placidez en el que se encontraba y por un segundo sintió algo semejante a la angustia. Además, ella no sabía cuál era el camino que debería seguir, así que mejor se quedaba quieta… Entonces se sintió arrastrada por un imán; empujada por una especie de fuerza centrípeta que la poseía y la arrebataba. Se vivenció dentro de todas las figuras luminosas que se deslizaban a su lado, impulsadas por el mismo poder invisible, hacia el ombligo de aquella galería bañada de oscuridad…
No encontró café. La cocina estaba sumergida en el silencio y la oscuridad arropaba el amanecer que no se decidía a llegar. Por primera vez desde que se había descubierto en aquel lugar extraño se sintió sola, tan sola como, como… no conseguía recordar y aún menos verbalizar algún momento de su vida en el que hubiese vivenciado un sentimiento de soledad tan absoluta como el que estaba viviendo en ese instante. Y de repente lo revivió. Revivió toda la soledad que sintió en el justo momento del nacer. La intrínseca soledad de saberse individual, incluso antes de que le cortaran el cordón umbilical que la unía al universo. La soledad de saberse prisionera dentro de un cuerpo que le impedía comprender plenamente la universalidad del todo en donde hasta aquel instante había estado sumergida. La soledad del ser humano… Entonces advirtió la columna de luz que manaba desde lo más profundo de aquel amanecer que no quería llegar… y comprendió.
Luz y sombra comparten un mismo genoma, escuchó en el preciso instante en que su cuerpo de luz ingresó en la galería y absorbió la burbujeante oscuridad que precede a la…
Sombra y luz constituyen el caduceo de la humanidad, escuchó decirle al viento, segundos antes de ser absorbida por aquel cono de luz que la transportaría hacia la…
VIDA, se revelaron la una a la otra en el segundo eterno en que sus destinos se cruzaron en la penumbra; en el segundo en que sus almas se miraron; en el segundo en el que en sus pupilas, brilló la luz del comprensión.
La memoria compartida permanecerá congelada, por los siglos de los siglos, en una partícula de cristal.

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