Pesadilla

Los pasos eran largos, veloces zancadas que atravesaban el parque y pisaban las hojas crujientes del otoño, sin mirar. Apenas dos piernas, arrematadas por un par de pies cubiertos de rabia y de frio; un par de solitarios pies que golpeaban secos y furiosos todos los segundos que el acaso le ponía por delante y lanzaban hacia el futuro esos retazos de tiempo que sumados llamamos vida. Fracciones de vidas traspapeladas, empujadas, arrinconadas…
Se despertó sudando. El atlántico roncaba con su antigua voz de ocle y el viento se había anidado en una esquina de la ventana para susurrarle, lo más cerca posible de su oído, que había llegado el amanecer… Un amanecer gris, destemplado y húmedo, como cualquier amanecer de estos tiempos sin sueños ni esperanzas…
A pesar de las pesadillas, prefería seguir durmiendo. En la calle, los altavoces de los informativos coreaban las mismas letanías de siempre. Y por detrás de las monótonas voces, los gobernantes repetían una y otra vez, machaconamente, el nuevo y milagroso plan de gobierno con el que pretendían poner un punto final a más de una década de decadencia económica y social.
Pero, aunque los gobiernos mudaban periódicamente, los planes siempre eran los mismos, maquillados, si, pero los mismos. Por eso, los resultados obtenidos eran indefectiblemente iguales. Por eso, aunque todos oían, nadie más escuchaba los resabiados discursos salpicados de rancios nacionalismos.
Una especie de endémica sordez había invadido las calles. Sordos para poder seguir viviendo, afirmaban los carteles clandestinos que las brigadas de limpieza aún no habían conseguido retirar de las calles. Había finalizado el tiempo de creer piamente en los salvadores de la patria, pero aún no había llegado el tiempo de la cooperación, del entendimiento intercultural, de la intercambio igualitario, de… Volvió a dormir.
El parque surgió desde el perfume tenue de las sábanas, con sus caminos de grava y piedras arredondeadas, bajo los solitarios pasos del caminante. Los árboles surgían repentinos, desabrochaban sus ramas en dirección al cielo y enseguida se curvaban ante el peso tremendo de sus botas. Unos pies gigantes, rematando unas piernas que parecían no tener fin. Un animal acorralado y hambriento que se movía sin sentido ni orientación. Unas piernas solitarias, meras extremidades que andaban dando tumbos, sin conseguir salir de un círculo imaginario y represor. Unas piernas sin cuerpo ni cabeza, pateando el polvo, la hierba y las hormigas…
La angustia se apoderó del sueño y la realidad se evaporó por las astillas de un columpio abandonado. Retazos de viejas historias que se iban deshilvanando a cada respiración. Una neblina pegajosa derretía la noche dentro de la almohada. Pero poco antes de que se enredase en la maraña de aquella pesadilla, le pareció presentir la sombra de un niño que jugaba y el eco de una carcajada que explotaba en el horizonte.  Giró el rostro para cerciorarse, pero la bruma del sueño le cerró los ojos. No le importó, estaba seguro de saber quien era.
Entonces no tuvo miedo de dormir. Entonces no tuvo miedo de despertar. Entonces supo que la esperanza aún existía…

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