El tiempo y los sueños

La otra noche soñé que vivía en una otra época… o vida… y me desperté dentro de un sueño que, a su vez, o al menos así me lo pareció, transcurría dentro de un otro sueño. No lo sé. Lo que si sé, es que dentro de ese sueño extraño, podía observa el transcurso de los acontecimientos desde fuera, como si estuviese sentada en la platea de un gran teatro y, al mismo tiempo, vivirlos intensamente como si fuese la protagonista principal.
Dentro de ese sueño, alguien me dijo que la vida era un mero reflejo de luz que nos devolvía el espejo; una idea que se hacía palabra para, más tarde, transformarse en verbo. Incluso, ese alguien llego a decirme que la vida bien podía ser la representación de una intuición que… pero que más dará lo que yo haya soñado, al final a quién puede importarle.
El caso es que al día siguiente amanecí con la piel revoloteada, la mirada incierta y la memoria enganchada en ese sueño en el que el tiempo transcurría de manera diferente, más líquida, como si se diluyese por entre las milésimas de segundos que componen nuestra propia existencia y que, a pesar de todo, parecía indiscutiblemente real.
Aún no me había levantado de la cama y ya consideraba el tiempo del hoy, éste en el que vivimos aquí y ahora y que se amanece en nosotros con un penetrante olor a café con leche, como un tiempo impenetrable de puro sencillo; un tiempo corrido sin puntos ni señales; un tiempo que, de tan acelerado, carece de esas paradas simbólicas que nos ayudan a recomponer la cosas, a colocarlas en su debido lugar, a recomenzar.
Y les juro que, en aquella mañana extraña, hasta me pareció normal oír una vocecita estridente que, desde el interior de la almohada, se desgañitaba para que yo la consiguiese escuchar. Me decía la tal voz que era el nuestro un tiempo lineal y escurridizo y, por eso mismo, ilusorio y lleno de misterios sin respuestas… y no porque no las hubiese, aseguraba, sino porque no nos atrevíamos o no las queríamos responder.
Navegamos en un paréntesis de finitud, me había dicho la vocecilla. Entonces percibí que el tiempo, como la vida, no es lineal como siempre nos dijeron o nos hicieron creer. El tiempo, como la vida -me aseguró ella- es un círculo inacabado que, en lugar de cerrarse sobre si mismo, se dilata y se multiplica hasta transformarse en una espiral. Una espiral con lugares de encuentro y parajes donde el hoy, el mañana y el ayer conviven en una especie de eterno presente y forman un imaginario colectivo… como en el sueño ese que soñaste, concluyó la vocecita de la almohada.
Se me ocurrió entonces que -hago constar que dentro de la lógica de lo soñado o, quien sabe, de lo vivido, mi raciocinio me parecía bastante sensato- fue la necesidad de construir una memoria la que nos estimuló a marcar esos locales de encuentro con las piedras blancas que vamos encontrando a lo largo del sinuoso camino que, paso a paso, debemos recorrer. Sí, ya sé que en ocasiones, cambiamos las piedras blancas por cruces, o por flechas, pirámides, menhires, acueductos… e incluso por migas de pan…
De alguna manera, la intuición nos llevó a describir y conservar algunos humanos momentos en las páginas de la memoria de la historia para que, así, el tiempo dejase de ser lineal, conquistase nuevas formas y se mantuviese convenientemente registrado en el archivo de todas las memorias.
Ese archivo general donde se mantienen vivos todos los recuerdos que dan consistencia y sentido a la vida, tiene un traductor. Un traductor individual, en ocasiones colectivo, a veces demasiado subjetivo, que se llama evocación, susurró la voz.
La memoria no es omnipotente, añadió, pero nos ayudó a mantenernos vivos, por más que, a veces, para sobrevivir, sea conveniente olvidar todo aquello que ya no nos sea necesario. Entonces la voz se calló o quien sabe yo dejé de oírla.
Un suave olor de café me despertó a otras sensaciones y, desperezándome, calcé las zapatillas y me dirigí a la cocina. Por el camino me pregunté como podía oler la casa a café si todos dormían aún y yo era la primera a levantarme…
Puse agua en la cafetera, coloqué en el filtro tres cucharadas rebosantes de café y, mientras esperaba con la mirada perdida en el cotidiano paisaje que diariamente me mostraba la ventana, mi mente se dispuso a continuar rizando el rizo de mi pensamiento onírico. Se me ocurrió, entonces, que tal vez fuese esa necesidad de construir memorias y sentidos lo que, en su momento, nos impulsó a crear o inventar rituales. Pues claro. Es obvio, me respondió una voz en off que parecía proceder de mi propia cabeza, así que la mandé callar para poder continuar pensando.
Un primer ritual para el nacimiento y un último para la muerte, o tal vez haya sido viceversa. Y multitud de grandes o pequeños ritos entre esos dos: bautizos, bodas, nochebuenas, graduaciones, cosechas, fin de año… Rituales que revelaban nuestra estrecha relación con la tierra, con la lluvia, con la germinación, con la cosecha, pero también con el granizo, con la sequía, con el fuego y con la destrucción. Rituales que lograron traducir, a través del simbolismo de un acto, el sentimiento de toda una jornada; rituales que dignificaron y otorgaron valor a una vida, por sencilla o discreta que ella nos pudiese parecer.
Afuera, un sol tempranero estiraba las uñas de sus rayos sobre la mañana. Desde la ventana, veía como sus dedos de luz se dejaban caer sobre las gotas de rocío que, al sentir el calor de su contacto, se agitaban nerviosas y estallaban en millares de líquidos espejuelos que reflejaban su luz hasta el infinito.
Quise pensar que antes de reinar en su trono poderoso, el astro rey también deseaba evocar lo soñado. Recuerdo que, incluso, lo consideré sabio, puesto que todos los días de nuestro humano caminar, todos ellos, nos concede el beneficio de la noche, cuando su luz disminuye y, desde la penumbra, nos invita a la quietud y nos concede el descanso.
Y es en la orilla de ese camino, iluminado apenas por la tenue luz de la dueña de la noche, que nos detenemos a observar la infinita quietud y a evaluar, en calma, las silenciosas huellas que el tiempo y las estaciones van marcando en nuestra propia geografía…
Iniciamos la jornada en la primavera del nacer que nos abre las puertas a la vida. Nos descubrimos después inmersos en la vehemencia de una juventud que se identifica con el calor casi sólido de un verano que nos broncea la piel, el corazón y la mirada… y en seguida, nos deparamos con la llegada de un otoño que nos invita a la meditación, a repensar lo vivido, a remodelarnos… antes de iniciar nuestro mejor vuelo, el más sereno. Aun así, nunca sabemos si estamos verdaderamente preparados para apreciar la llegada del invierno. La llegada de ese invierno que nos eriza la piel, nos suaviza la mirada y nos obliga a ralentizar; de ese invierno que, aunque nos viste de frío mantiene, por debajo de su capa de escharcha, la promesa multicolor de una nueva primavera…
El café ya estaba pronto y la mesa puesta. La casa comenzaba a despertarse y, desde la cocina, escuchaba los barullos de mi familia recién levantada. Según el calendario gregoriano, hoy viviríamos un luminoso y veraniego domingo del hemisferio sur. Posiblemente disfrutásemos de un hermoso día de piscina con derecho a barbacoa, caipiriña y amigos…
Hoy la vida nos empuja hacia una actividad constate y miramos con desconfianza y rencor a quienes, aunque sea durante algunos segundos apenas, permanecen en calma. Paramos muy poco y pensamos menos aún. Nos consideramos los inventores del movimiento continuo y abolimos el aburrimiento de nuestras vidas. Peor, en algún mal momento decidimos demonizarlo. Si al menos fuéramos conscientes de cuánta creatividad vive latente por detrás de las puertas de eso que llamamos ociosidad. Conscientes de la ciencia, del arte o de la filosofía que mana de esa fuente que se llama soledad y se apellida recogimiento, o meditación o, por qué no, aburrimiento… la imaginación se construye y se hace tangible cuando la mente está serena y el cuerpo en reposo.
Entonces recordé la última frase de mi extraño sueño: “(…) Sin embargo, hace ya algún tiempo que no conseguimos parar”.

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Una respuesta a El tiempo y los sueños

  1. DORA MEANA dijo:

    ¡Cuanta imaginación!,Brillante como siempre.-

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