Ojos de lluvia

La lluvia cae pesada por detrás de los cristales. En el reloj de la pared, los minutos se dilatan -o quizás se contraen-, en decenas de segundos que, remolones, deslizan sus garras sobre la vieja cortina de percal que cubre el ventanal. Ella permanece de pie, estática, una estatua de blanco mármol que se agarra al propio cuerpo y se dedica a contemplar esos minutos que, aunque tampoco deseen irse, no les quedará más remedio que deslizarse inquietos por las partículas de agua que chorrean del tejado, como en un tenue tobogán de gasa azul, para después volar acunados por el vaivén de las ráfagas de viento que aúllan desde la colina, hasta perderse, finalmente, más allá del horizonte infinito.
A ella también le hubiera gustado volar. Planear sobre los tejados de las casas como esas viejas cometas infantiles, o desaparecer por detrás de las rechonchas nubes que cubren la desnudez del cielo con sus ropas de algodón. Cuando llegaba la noche, resguardada detrás de los cristales de esa intemperie a la que parecía temer, nos reunía en torno de sus faldas y nos contaba que la vida era como la lluvia, a veces impetuosa y torrencial como un aguacero; otras ligera y frágil como esa llovizna suave que a ella tanto le agradaba y que, según nos comentaba a los más peques, le lavaba el alma. Por eso le agradaba tanto quedarse allí, de pie, al lado de la ventana, abrazada así misma, con sus ojos de lluvias torrenciales, contemplando llover. Las lluvias, principalmente las de verano, son las lágrimas del universo, nos aseguraba antes de mandarnos a dormir. Nunca me atreví a contradecirla, pues ella parecía conocer algún secreto que yo jamás conseguiría alcanzar.
A veces la vida le parecía una sucesión de instantes discontinuos que, por momentos, le resultaban incomprensibles: una solitaria estela de luz en medio de la noche, que se desvanecía a cada despertar; un camino de estrellas que se ocultaba en el vertical cemento de los rascacielos; un sendero de tierra que, tras recorrerse a si mismo, acababa en ningún lugar… o en todos.
Para ella la vida era una continua construcción de sueños. La edificación cotidiana de nuestros pensamientos. Un pálpito que se iba transformando en realidad.
Por eso le gustaba leer. Por eso se pasaba las tardes sentada en el sofá de cuero blanco de la sala con un libro entre las manos al que se entregaba por entera. Estoy segura de que, ya desde las primeras letras que leía, se dejaba enganchar. Se le notaba en los ojos, que se le encendían.
Su imaginación se arremangaba encima de los renglones y, confortablemente acomodada en uno de los vagones de aquel tren cargado de párrafos, se dejaba transportar hacia dentro de un mundo que, aunque ficticio, siempre lograba entender. En su universo literario las historias tenían inicio, medio y fin. Y aunque algunos autores parecían divertirse entrelazando relatos y enredando las líneas del tiempo, aun así, la vida de aquellos personajes ficticios era para ella mucho más real que su propia realidad.
Al otro lado de la ventana, por detrás de esa lluvia que golpeaba los cristales, la realidad estaba preñada de inconsecuencias. Los actuales gobernantes del mundo eran irreflexivos e inconscientes. En su opinión no pasaban de simples buscadores de soluciones provisorias que, justo por eso, casi siempre terminaban desembocando en conflictos permanentes. Todos hemos olvidado el valor de la palabra, por eso la hemos transformado en un mero sonido -nos hemos transformado en constructores de sonidos y dejamos fluir esa energía sin conciencia y sin prever sus posibles efectos-, me explicó una tarde sin que yo la lograra entender.
La palabra está perdiendo valor de tanto ser pronunciada en vano. Por eso, a la larga, la fuerza del silencio resultará más eficaz, razonó después consigo misma mientras encerraba el libro que estaba leyendo, y su mirada escrutaba las sombras de la noche que se iban filtrando desde el atardecer.

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3 respuestas a Ojos de lluvia

  1. Luiza dijo:

    Casi dan ganas de que llueva… pero no! Precioso, querida!

  2. Elisabete Rocha Pagani dijo:

    Yolanda, cada vez mais em forma! Úmidas e férteis suas palavras e assim las seguimos, no conforto do trem de parágrafos (que linda imagem!). beijo

  3. Martha Agostini dijo:

    “Nunca me atreví a contradecirla, pues ella parecía conocer algún secreto que yo jamás conseguiría alcanzar.”…essa frase me prendeu…hehehehehe…acho que eu mesma já pensei isso de alguma pessoa que cruzou a minha vida…Yolanda, sempre tão precisa e hábil com as palavras…parabéns por tudo isso! Beijo 🙂

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