Carmen manos de viento, porque bailaba como si estuviese conversando con el universo

Sus manos chiquitas eran un par de abanicos que arrancaban suspiros al viento. La primera vez que las vi pensé que encerraban dentro de ellas la fuerza de un remolino y concluí que jamás, al menos en esta vida, podrían juntarse porque si así fuera, si el acaso hiciese que aquellas dos palmas se llegasen a unir, su propia dueña se transformaría en huracán. Y no miento si aseguro que continué pensando así durante mucho tiempo, o al menos cada vez que las veía, o cada vez que el destino determinó que nos volviésemos a encontrar.
La dueña de aquellas manos era una mujer de aspecto tranquilo y tirando a menuda, de lento caminar y suave presencia. Jamás sospecharías al conocerla que sus manos tuviesen vida propia. Pero la tenían, ah si la tenían. Y aunque estuviesen aparentemente inmóviles; aunque ella permaneciese en calma, sentada sobre los blandos cojines del sofá, sus manos volátiles parecían agitarse como dos etéreas alas que acariciaban el viento, y lo rasgueaban hasta que su aullido se dejase oír.
Y el viento se pronunciaba y cobraba forma y voz. Un quejido blando que, tras haber hecho un nido en su garganta, Aaaayyyyyyyy! revoloteaba por entre unas palabras que jamás llegaría a pronunciar.
La voz era profunda y aterciopelada, las manos dos jilgueros que se lanzaban al aire por bulerías y soñaban con volar.
Bailaba descalza por las orillas de todos los océanos. Salpicaba espumas de salitre con los talones y zarandeaba las olas entre risas cuando le bañaban los pies. Su aparente calma se transformaba en frenesí cuando su cuerpo se vestía de baile. Había nacido libre y nunca se lo perdonaron. Sentía cosquillas en el alma cuando su cuerpo expresaba todo el sentimiento que habían enclaustrado en su interior.
Era el regalo que donaba a quienes no la comprendían.
Las palmas reverberaban en el silencio que inundaba la noche, las guitarras murmuraban notas dolientes al amanecer. Y mientras un hondo quejido rasgaba un negro firmamento sin lunas ni plenilunios, ella juntaba las manos y despertaba a las estrellas.
Aún se la puede ver bailar en los horizontes insomnes de algunos amaneceres… en ese preciso instante en el que, antes de recogerse, la luna despierta el Sol.

Dedicado a Carmen Amaya, que continúa bailando por los tablados del cielo.

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Una respuesta a Carmen manos de viento, porque bailaba como si estuviese conversando con el universo

  1. begoña dijo:

    Como sientes y haces sentir ,me encanta.besos

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