Safari en South Africa

IMG_4806El Jeep se movía despacio por los caminos de tierra de la reserva, con la intención de no molestar demasiado a los animales que vivían allí. Detrás de nosotros, el sol se agarraba a las laderas de las montañas y arañaba sus caderas con dedos de rayos rubro- violetas, hasta teñir de sangre el atardecer. Luego se deslizaba delicado y astuto, hacia el otro lado de horizonte… la noche se deslizaba como una melodía de sonidos agrestes e inesperados y la sabana se dejaba inundar por su voz antigua y germinal. Entonces el viento surgía y aproximaba a nuestras narinas un cierto olor a vida silvestre; una vida que se iba desmigajando en nocturnos gemidos.
Sobre la tierra rojiza, aquel atardecer de enero también se vistió de silencio y también suspiró solitario, para que el viento del norte lo arrullara y le calmará la sed y el calor. Y también en aquel atardecer solitario y vestido de silencio, una coral de ecos retumbó por encima de los matorrales y cobró vida. La planicie vibró entonces y el atardecer supo que no estaba solo. Lejos, allá en lo más profundo del horizonte, las montañas cerraban las puertas para que el viento no pudiese salir.
IMG_4690-001Doblamos una curva del camino y los vimos. El paso lento y pesado, uno detrás del otro, militarmente formados. El jeep paró y nosotros prendimos la respiración, alguien no controló la emoción y amparó su grito colocando la mano sobre la boca. Ellos, impertérritos, no dieron ninguna señal de haber percibido nuestra presencia, y con una dignidad altiva y sobria al mismo tiempo, atravesaron el sendero de tierra y continuaron su camino, tal vez en busca de comida, o agua, o quien sabe reposo, mientras nosotros con una mezcla de embeleso y agitación disparábamos miles de fotografías, sin mediar palabra.
Las voces de la sabana solo se escuchan desde el silencio. Desde el silencio sentimos como el viento se remolina, coge fuerza, silba por encima de la tierra rojiza y conquista su propia voz. Su eco brota entonces desde las entrañas del subsuelo y despierta el rugido nocturno y ancestral que compone su canto: Afriiiicaaaaaa!!
IMG_4637-001Enseguida las vimos, aunque hubo una que se destacó. Su cuello llegó antes, erguido, con la cabeza altiva que nos miraba desde lejos, desde arriba, y se contorsionaba como si quisiera irse. Sus patas la alejaban de nosotros, pero su curiosidad la impedía dejar de mirar a ese pueblo, humano e invasor, y siempre tan dispuesto a disparar innúmeras fotografías.
Más allá del último umbral del horizonte, en ese territorio casi onírico, dos o tres escalones por encima de las nubes y de los sueños, en el que según algunos se localiza la fábrica donde se construyen las noches y los días, unos dedos inquietos atrapan los últimos rayos del sol que se desvanece, los deshilan en finísimos hilos de luz y bordan con ellos, sobre la colcha etérea de la bóveda celeste, las primeras estrellas de anochecer. La luna surge esplendorosa y observa, nos observa.
Nosotros también observamos la desconfianza de las cebras con sus trajes de rayas tan parecidos y sin embargo totalmente diferentes. Haute Couture, monsieur. Y los rinocerontes que observan como los miramos pero se hacen los desentendidos. Y los hipopótamos que bucean incansables en la laguna…

IMG_4878-001Después el destino quiso que encontrásemos a un rey de la selva destronado. Está herido, sus fauces sangran y su orgullo duele. Otro león, más joven con certeza, le retó a duelo y venció… Aún llegamos a tiempo de ver como las hembras acompañan al nuevo líder que, con paso seguro y majestuoso, las guía hasta el nuevo hogar. Dejado para atrás, escondido entre la alta hierba de la sabana, solitario, el viejo león herido contempla la escena. Siento su tristeza y casi escucho su llanto.
De regreso al hotel, simples mortales ajenos a esa conspiración nocturna y cotidiana de la sabana, compartíamos animados, en torno a la mesa, sobre el safari fotográfico que acabábamos de realizar. Nos sentíamos animados, felices, casi eufóricos, mientras conversábamos sobre los, al menos aparentemente flemáticos, elefantes.
– Caminaban en fila india, ¿los viste?, – si claro, atravesaron el camino delante de nuestras narices… sin ni siquiera dignarse a mirarnos. Y todos concordábamos y reíamos, mientras disfrutábamos de un Chardonnay blanco y helado y pensábamos en las exóticas delicias que íbamos a cenar.
– El viejo león me dio mucha lástima, aseveró el más pequeño del grupo. Estaba muy triste porque su familia lo dejó solo y se fue. Un suspiro colectivo recorrió la mesa…
– Y qué me decís de las jirafas, preguntó entonces otro amigo, para devolvernos la alegría. – Pues que me parecieron hermosas, respondió una de las chicas – Pues yo no sé por qué, pero siempre las imagino femeninas y coquetas… – Pues más bien va a ser que no, algún macho tendrá que haber para que puedan continuar la especie, no os parece…
IMG_4999-003Por algunos instantes, en esa noche, nuestras risas también hicieron parte de ese canto ancestral que el viento transporta y da voz a la noche. Eso porque las nuestras eran risas de emoción, de alegría, de satisfacción de estar allí, juntos, en aquel día, y justo en aquel preciso momento… y la noche que se mantenía escondida por entre las entrelineas de la sabana y estaba a punto de despuntar, lo sabía.
Africaaaaaaaa!!!!!!

Dedicado toda la familia Montesanti y, en especial a mi querida amiga Heloisa, por los maravillosos días que compartimos con ellos en Johannesburg, South Africa.

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