Soledad

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Un día la soledad se transformó en silencio,
y en silencio marcó el paso de las horas,
de aquellas horas lentas que viven en otoño
y se dejan caer con la misma languidez
que lo hacen las hojas.

Hojas pálidas, como las de un libro envejecido,
que, si bien nos alegró las horas de la infancia,
un día, casi sin darnos cuenta, olvidamos
o dejamos de recordar.

La soledad es una vieja amiga,
que deambula la calle de los sueños,
adormece en las ramas de los árboles,
se arrastra como el humo por los tejados
y nos observa, con ojos impávidos, desde la acera,
al otro lado del ventanal.

Ventanal de retorcidas hiedras,
con añejos cristales chamuscados,
por donde, tal vez, la vida
un día se asomó.

La soledad es una anciana que sigue siendo niña,
un infante que sin quererlo envejeció,
es un día sin noche y sin estrellas,
un crepúsculo que no amaneció.

La soledad es un pasado sin futuro
y el futuro de un pasado que no fue.
La soledad es el silencio del eco de un silencio,
el eco de un silencio, que se propaga
hasta la soledad.

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