Alzheimer

los espejos del alma-003No sabía escribir. La pluma le temblaba entre los dedos porque, en realidad, no tenía ni la más repajolera  idea de lo que se podía hacer con ella. Alguien le había dado un papel lleno de signos que no conseguía leer. Le dijeron que tenía que rellenar una ficha de entrada y se fueron y ella se quedó allí, sola en la penumbra, con una hoja de papel en la mano, sin saber lo que hacer, sin saber en dónde estaba, sin saber lo qué estaba haciendo en aquel lugar que no conocía, sin saber… pero ¿quién era ella a final de cuentas?

Pensó que estaba dormida, que aquello era un sueño. Ella no era analfabeta, no podía serlo, tenía certeza.  Había ido a la escuela, seguro. Claro que había ido a la escuela. Por qué, entonces,  no lograba juntar las letras y transformar en palabras escritas aquello que quería decir. Quién había borrado de su cerebro todo el conocimiento gramatical que con tanto ahínco la hermana Carmen le había inculcado durante sus años de colegio. Pero, quien era esa hermana Carmen, cuyo nombre le venía naturalmente a la boca y, sin embargo, no conseguía recordar.

Solo podía ser un sueño. Era un sueño. Tenía que ser un sueño. Una pesadilla.  Pero si era un sueño, o una pesadilla, por qué coño no se despertaba.

El cuarto se apretaba en torno a ella. Disminuía. La engullía.  Un cuarto sin ventanas, sin  cuadros ni alfombras, sin jarrones ni cenicero. Ni cama. Un cuarto sin cama. Apenas la silla en la que estaba sentada y un espejo enorme y oscuro, que ocupaba toda la pared. Un espejo envejecido que reflejaba imágenes, aparentemente opacas,  que no lograba reconocer. Siluetas que iban y venían y pasaban y paraban y caminaban… sombras.

Apretó los ojos y vislumbró, dentro del espejo, el reflejo de otros ojos que parecían observarla.  Quien será se preguntó para enseguida responderse a sí misma, -soy yo, claro, es mi reflejo en el espejo. Se lo repitió diversas veces para ver si así calmaba los acelerados latidos de su corazón, porque ella no se reconocía en aquella mirada.

Se levantó de la silla en donde estaba sentada, la única silla de la habitación, y se acercó al espejo para mirarse mejor. Observó que el espejo era opaco y gris de su lado.

Y percibió también que el cuarto que el espejo reflejaba era diferente, más claro, tenía ventanas con visillos y las paredes eran coloridas, alegres y llenas de libros… hasta la ropa que su reflejo del espejo vestía parecía mejor cortada, mejor cosida, más bonita, aunque, tal vez, un poco fuera de moda…

Se encaró a su reflejo y vio que incluso la piel de su yo del espejo parecía mejor tratada, más nutrida, más sonrosada, más lozana. La del espejo era una mujer joven, hermosa, bien vestida, bien cuidada y culta, a decir por el número libros que se veían en los estantes. Enfocó la mirada en dirección a los ojos de la mujer del espejo, mis propios ojos,  pensó, y los percibió nostálgicos y profundos,  como los suyos. Los ojos de alguien que, al igual que ella, tenía una cierta tendencia a la melancolía. El rostro del espejo sonrió y ella sonrió porque ella era el rostro del espejo.

Entonces apareció él. Lo vio venir desde el fondo de aquella habitación que, por momentos, parecía reconocer. Instintivamente, miró por encima de su hombro, hacia atrás. Pero la puerta de su cuarto no se abrió. En la casa de dentro del espejo, el hombre se acercó a aquella mujer bien vestida que también  era ella y le depositó un suave beso en el rostro.

En el cuarto sin ventanas, la soledad se aproximó un poco más, estiró sus brazos de nieve, la agarró por la cintura y ella sintió nítidamente como sus fríos dedos de hielo le apretaban el estómago.

Deseó dormir profundamente porque sentía que era la única manera de despertar. Pero despertar en dónde y cómo… y siendo quién. Nuevamente sintió en la nuca la fuerza de unos ojos, que la observaban, pero no se movió, se quedó inmóvil, inerte, prendida en la última oportunidad de un recuerdo…

Tengo que sacar este espejo de la sala, no sé por qué no lo hice antes,  en realidad no combina nada con los muebles. Además,  un espejo oscuro y antediluviano como éste, que por mucho que lo limpies y lo lustres solo refleja sombras, no puede ser de buen agüero…

Lo subió al desván sin ayuda. Lo abrazó contra el pecho y contó, uno a uno, los peldaños de la escalera. Eran diecinueve. Enseguida un pequeño rellano y una vieja puerta de madera que daba acceso a un cuartucho con una pequeña ventana en el tejado. La abrió y sin pensarlo demasiado apoyó el espejo en  una de las paredes. Más que colocarlo, lo abandonó y, enseguida, salió.

Antes de cruzar la puerta, antes de conseguir  cerrarla, sintió en la nuca la fuerza de una mirada; una mirada que no quería ver; una mirada que parecía perseguirla; una mirada con la que, cuando llegaba la noche, soñaba.  Una mirada que temía porque, en lo más hondo de su ser, sabía que aquella sería un día su propia mirada. Después de cerrar y sin pensarlo dos veces, la mujer empujó la llave por debajo de la puerta y juró que jamás la volvería a abrir.

Aunque el golpe seco de la puerta del desván al cerrarse  la sacó de su ensimismamiento, sus ojos solo vieron la neblina de un amanecer que la memoria ya había olvidado.  – Un nuevo amanecer, repetía monótonamente una y otra y otra vez,  con los ojos fijos en el espejo que ocupaba una de las paredes de aquella habitación vacía, angosta, oscura y sin ventanas, que parecía engullirla. En seguida,  se  sentó  en la única silla que había… a esperar.

 

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