La espera

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Mármol bajo los pies, un café en la mano, son las siete de la mañana. El eco de la vida reverbera por las esquinas de los corredores… y el de la muerte. Apresadas batas blancas vuelan raso a camino del ascensor… o del quirófano. Gente que espera y habla, que habla y espera y que, de vez en cuando, toma café, como yo.
Sus voces susurrantes inundan el enorme Hall de mármol, en donde está instalada la cafetería. Hablan y hablan sin decir nada. Hablan por hablar. Hablan de cualquier cosa. Hablan mientras esperan. Hablan para matar el tiempo… o mejor, para vivir ese tiempo de espera como si fuese un momento normal; como si la persona que amamos: madre, hija, marido, hermano, esposa, padre, amigo… no estuviese, en ese preciso momento, en ese justo instante, anestésicamente dormido en un quirófano, ajeno a todo lo que le ocurre, aunque él sea el protagonista principal; aunque la que sufra, sea su propia carne…
Los que esperan continúan hablando, no importa que las cabezas estén aletargadas, no importa que, con el paso de los minutos y de las incertezas, las ideas se vayan evaporando… hablan para que el desasosiego se vaya, para que la duda se aleje, para que el miedo no les invada y les aprisione…
Las apresadas batas blancas también se encuentran en la fila del café. Se saludan, se sonríen, se dan golpecitos en la espalda o se aprietan las manos ligeramente, con delicadeza. Algunos, a veces, insinúan un beso, pocos. Sus mentes se aquietan por algunos segundos, pero enseguida continúan sus apresados pasos por los esterilizados pasillos de mármol del hospital. La vida late en sus manos… así como la muerte.
En la cafetería, los grupos van cambiando, los que esperan van y vienen, cambian de lugar… pero las conversaciones son siempre las mismas… las miradas también. Algunas personas, con los ojos fijos en el suelo, caminan tristemente despacio hacía el ascensor. Otras, observan mientras aguardan. Y aún están las que prefieren mantener un soliloquio con su propia alma, en el silencio aséptico de la habitación.

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