Cuando el mar se vuelve océano

foto de google-002Cuando el mar se vuelve océano,
se rompe en olas que destruyen malecones,
invade calles, casas… e, incluso, vidas.
¡Retoma lo que un día fue suyo!
Ella, desde la ventana, lo admiraba secretamente,
le gustaba su furia, festejaba la fuerza de cada embate,
amaba en silencio esa energía que inundaba, de improbables
aventuras, su imaginación.
El mar entraba por sus ojos, los bañaba de azul,
los transbordaba de misterio…
después se iba, abandonaba su mirada,
se deslizaba ondulante hacia la orilla,
acariciaba los cristales ardientes de la arena,
y retomaba el camino del horizonte.
Ella se quedaba allí, paralizada,
observando, por detrás de los visillos,
el aliento empañado de los cristales.
Con la mirada enganchada en una ola,
con el corazón en marejada, a la deriva,
dominada por el oleaje.
Cuando el mar amanece océano,
surge infinito, se encrespa,
se desgreña, se enmaraña… crece,
se hace montaña de espuma y agua.
Cuando el mar amanece océano,
se eleva y se asoma a su ventana,
e imperioso la llama con voz de trueno,
para que ella abra las cortinas y salga.
Y ella sale obediente por las calles,
y por las calles camina descalza,
el vestido encharcado de salitre,
las manos adormecidas,
las pantorrillas agarrotadas.
Camina hasta el balcón de los vientos,
un tenue perfume a yodo la acompaña,
y en el mirador de poniente,
con el Farol por único testigo,
el abrazo del mar aguarda.

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