Donceles

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Reverberan los pasos del silencio,
las escaleras de piedra están vacías,
en el balcón, el viento canta coplas,
voces antiguas se escuchan y se olvidan.
Quieren viajar al sueño que tú duermes,
sueños inquietos se vuelven pesadillas,
rostros nocturnos despiertan en donceles;
rostros que observan detrás de la mirilla.
Un rayo cae, el cielo se ha incendiado,
la luna asoma atrás de las cortinas,
el sol se esconde, la noche está a camino,
surgen las sombras…
Una mujer recorre las alcobas,
sus ojos lloran, está desconsolada,
busca a su hija, la arranca de la cama,
calma sus miedos, le dice que la ama.
La abraza tiernamente, le arregla las coletas,
le susurra canciones, le acaricia la cara.
la lleva de la mano,
la asoma a la ventana.
Pero su padre no viene,
el cielo se ha adormecido,
y la luna está apagada.
Asustadas, caminan a oscuras
los vastos corredores,
alcanzan las escaleras,
y no consiguen bajarlas…
La niña llora lágrimas de espanto,
ve sombras en los salones,
sombras que habitan su casa,
y en el patio sin luna,
cruza con gentes extrañas.
La niña tiene miedo de esas gentes,
gentes que beben, que ríen,
que no las ven… cuando pasan.
Caminan los corredores,
abren puertas y ventanas,
gritan, cantan, vociferan,
para que las gentes salgan.
Se paran ante esos seres
que caminan por su casa,
les miran directo a los ojos,
pero ninguno repara.
No las ven, no las perciben,
continúan conversando,
sin tan siquiera mirarlas.
Pasan por ellas como un soplo o un silbido…
como si fueran fantasmas.
Son como ese viento mortal
que, en lo oscuro de la noche,
levanta las marejadas,
como el aullido agreste de las olas,
al golpear el cuerpo de las montañas,
como la niebla que esconde la tormenta,
como el rugido amargo del león…
como una eterna noche sin mañana.
Son como los opacos reflejos de unas vidas
que aún no se han vivido,
meros reflejos que escaparon del espejo
para asombrarlas.
¿Por qué no las ve nadie?,
¿Por qué nadie las mira?
Si ellas son las dueñas de la casa.
¿Quiénes son esas personas extrañamente vestidas?
¿Dónde están mis manteles y mis muebles y mis alhajas?
¿Dónde mi dormitorio y mi doncella y mi cama?
¿Dónde está mi marido?,
¿Dónde está el padre de mi hija?
La niña llora en silencio,
con su manecita pálida agarrada a la falda.
Nadie escucha su llanto,
Nadie ve la tristeza que la embarga.
La madre camina lento, los recintos de su casa,
la niña se aprieta contra ella…
los pies levitan sobre el mármol…
Y cuando el portón de Donceles se cierra,
en la escalera, sobre el último peldaño,
una madre y una hija, las dos vestidas de blanco,
se preguntaban, sin palabras,
¿quiénes eran los extraños?

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