Europa

El Rapto de Europa Botero

Y qué le importaba si el mar no era un océano,
su mar no era un pantano de nubes y presagios,
su mar era un lago azul que navegaba
en la callada marea del ocaso.
El universo que, distante, la observaba,
a la noche, peinaba fantasías en sus sueños,
y la miraba…
Que le importaba su edad,
era tan antigua como el tiempo,
había crecido con los dinosaurios,
llevaba todas las edades dentro.
Las llevaba guardadas en la piel,
o escondidas en el fondo de los bolsillos
de ese cuerpo suyo,
tantas veces herido y maltratado.
Algunos años pasaban como caricias, sin arrugas,
sin que ninguna verruga le naciese en la piel.
Otros, en cambio, mal conseguía levantarse.
La enervaba la aflicción de algunos de sus hijos,
y su dolor se le clavaba en los huesos
como espinas de un pescado podre e indigesto.
¿Qué le importaban los años?
Era de la misma edad de ese mar azul,
que navegaba solitario por las esquinas de su cuerpo.
Era de la misma edad de ese cielo, estrellado en soledades,
cuyos visillos de niebla, cubrían su llanto
y apaciguaban sus pensamientos.
Ay, cómo le agradaba oír el viento fresco del norte
silbar entre las hojas…
o sentir la luz del nuevo día que nacía en su ventana,
y le borraba los miedos…
El tiempo también pasaba, le besaba los párpados
y se transformaba en historia.
Ella continuaba allí, impertérrita,
observando sus pasos,
aunque solo fuera para que el sol
percibiese su mirada.
Hace ya muchos siglos, soñó con caballos desbocados,
siglos después soñó con una playa, un barco, una forja,
carros de fuego, globos de agua…
También tuvo sueños mansos,
sueños con playas de arenas translucidas,
suaves olas con vestidos de encajes,
cantarinas caracolas, fiestas de plenilunio
y bailes de rueda…
Y mucho antes de que la memoria existiese,
cuando el mar bramaba y de su eco reverberaban
cornisas, montañas y algunos verdes valles,
soñó con sirenas, sin voz,
para que marino ninguno las escuchase…
y soñó, también, con una mujer llamada Penélope,
una mujer que tejía diurnas desesperanzas,
e deshilaba una madeja de confianza al anochecer…
No, no le importaba que su mar no fuese océano,
pensó Europa, mientras sus muslos apretaban
el cuerpo de un toro salvaje y sus manos se aferraban
con firmeza a sus cuernos…
para no caer.

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