El niño que amaba la música

Suso y la banda municipal de langreo_o“Al más fiel seguidor de la banda de música
Se nos murió de niño a los 62 años
Su mente desafinaba, pero tal vez su corazón descubrió,
sin saberlo, las bellezas de la celestial armonía
El pueblo de La Felguera con amor
Recordamos con Suso, a cuantos desde la inocencia de sus carencias, síquicas o físicas, claman sin voz por nuestro cariño, comprensión y el respeto a su dignidad como hombres. Son nuestros hermanos.”
José León Delestal

 

El niño que amaba la música

¡Mamá, mira mamá, mira!
Ya lo veo, hijo, ya lo veo. Es la banda de música.
Son música, mamá. Yo quiero ser música, como ellos.
Pues si quieres, después de la misa de 12, nos acercamos al parque para verlos tocar.
Sí, mamá. ¿Podemos ir ahora?
Cuando acabe la misa, hijo. Te lo prometo.
Yo quiero ser música, mamá.
No había sido un embarazo fácil. Los primeros meses tuvo muchas pérdidas y, allá en su íntimo, se preparó para lo peor. La familia la animaba, le decían que tenía que alimentarse bien, descansar y dejar que la naturaleza siguiese su curso. No entendía lo que querían decirle con eso de la naturaleza seguir su curso. Ella se preparaba para lo peor, a final de cuentas ya había perdido dos bebes. Este nacerá, le decían. Seguro. Entonces ella sonreía y cantaba “Son sus ojos alegres, su faz risueña, lo que se dice un tipo…de langreana”
El niño nació. No pasó lo peor. Fue un parto duro, largo, difícil. Tan duro, largo y difícil que ella no consiguió cantar. Le dolían las entrañas y las costillas y los pectorales y los pechos y los muslos… Pero el niño nació. Nació y la miró con sus ojitos redondos y oscuros y ella lo llamó hijo y se sintió plena y lo abrazó y, al abrazarlo, resurgieron las ganas de cantar, “Nana, nanita ea, mi niño tiene sueño, bendito sea, eaaaa”.
Alguien, tal vez la abuela, corrió a llamar al padre; quien, junto a los otros hombres de la familia, fumaba en el patio. Y el padre llegó, lo levantó por encima de su cabeza, y anunció que se llamaría Jesús.
Al principio no quería creerlo. No había nada de extraño con su niño. Susin comía, dormía y sonreía como cualquier bebé. Además, la música le extasiaba, sobre todo si era su madre la que cantaba. Pero Don Silvino debía saber lo que decía. Por sus manos habían pasado muchas generaciones de niños, y si el médico lo aseguraba con tanta convicción… No quiso someterle a ningún tipo de prueba. El tiempo confirmaría, o no, si el diagnóstico estaba cierto. Y el tiempo lo confirmó.
Suso salió de la iglesia rápido como un volador, arrastrando tras de sí a su madre.
Vamos mamá, venga, más rápido, que quiero ver la música.
Cuando llegaron al quiosco, Suso miró hacia arriba y elevó las manos. Don Ángel Curto, el regente de la Banda de Música de Langreo levantó la batuta.
Tatachin, tachin,tachin grito el niño, con el rostro encendido de felicidad.
La orquesta inició los primeros acordes de España Cañí.
Mira mamá yo también soy música, soy música, mamá, mira, taratachin, tachin ,y los brazos del niño volaban como dos pajaritos enamorados.
Un domingo de Ramos, el parque hervía de sonrosados chiquillos que esgrimían peligrosamente sus palmas al viento, o barrían con ellas el suelo de piedra y los arbustos. Detrás de ellos, las madres corrían, gritaban y hacían lo imposible para que mantuviesen limpias y enteras las ropas recién estrenadas.
¿Qué os parece si sacamos una foto junto al estanque?, sugirió la mamá de Suso, mientras el papá empujaba el cochecito donde iba sentada la más pequeña de la familia.
En el estanque no. Yo quiero con las palomas. ¡Con las palomas!
Pues sacamos una en el estanque y otra en el palomar, manifestó el papá, contemporizador.
Y si eres bueno, te compramos unos barquillos.
Yo soy muy bueno y voy a ganar muchos barquillos.
¿A qué soy muy bueno, mamá?
Claro que sí, cariño, eres más que bueno, eres requetebueno.
Los integrantes de la banda municipal de música de Langreo, que se habían reunido en el Hall del Teatro Pilar Duro, cruzaron la calle y adentraron al parque. Los parroquianos aplaudían al verlos pasar. Ellos caminaban despacio por la alameda central, para que todos pudiesen disfrutar de ese momento. Iban vestidos con el uniforme azul de gala, el que usaban en las ocasiones más importantes; sobre la cabeza una elegante gorra plato con galones dorados, las manos cubiertas con impolutos guantes blancos, y una sonrisa de sincera satisfacción estampada en la cara. Los instrumentos reflejaban la luz del sol y se columpiaban rítmicamente, al acompañar el movimiento acompasado de sus dueños. Antes de llegar al estanque comenzaron a tocar.
Las notas nacían libres y risueñas, luego se unían, se abrazaban, bailaban. Algunas volaban por encima de los árboles. Otras se deslizaban casi, casi a ras del suelo. El redoble del tambor aceleró el corazón de Suso. La melodía lo abrazó. La música de un conocido pasodoble inundó el corazón del parque. : “Julio Romero de Torres pintó a la mujer morena, con los ojos de misterio y el alma llena de pena, puso en sus manos de bronce la guitarra cantaora, y en su bordón hay suspiros y en su capa una dolora. Morena, la de los rojos claveles, la de la reja florida, la reina de las mujeres, morena, la del bordado mantón, la de la alegre guitarra, la del clavel español…”

Entonces Suso se olvidó de las fotos y de los barquillos. Dejó caer la palma, se soltó de la mano de su madre, y escapó. Corrió, tropezó, volvió a correr, pisó sus propios pies, atravesó el parque y llegó al estanque.
Antes de que alguien pudiesen evitarlo, se colocó a la derecha de Don Ángel, el regente.
Yo también soy música, le dijo bajito, con sus palabras enredadas.
Aquel día, Suso subió las escaleras del quiosco de música de La Felguera por primera vez. Las subió, orgulloso y feliz, de la mano del director.
Mamá mira, estoy aquí. Mírame, sí, aquí, arriba, cerca del cielo. Mírame mamá, ahora sí. Ahora soy música, como ellos.
Y allí se quedó el niño Suso, sonriente y feliz, las enormes manos infantiles dibujando notas en las partituras del viento…

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