NAVIDADES BLANCAS

NAVIDADES BLANCAS

RELATO: Yolanda Serrano Meana
FOTOGRAFÍA: María José Fernández Menéndez
MÚSICA: Urrechu Meana

mercado de La Felguera

Detrás de los cristales, sus ojos inquietos contemplaban la intensa cortina de nieve que preanunciaba la Navidad. Los copos fluctuaban juguetones delante de la ventana de su cuarto, como si bailasen al compás de una música que solo ellos consiguiesen oír. Abrió la ventana con cuidado, para que su madre no la oyera. Una ráfaga de aire helado le acarició la cara. El frío no le importó, estiró el brazo tanto cuanto pudo, colocó la palma de la mano mirando al cielo, y sonrió al ver que los copos de nieve se instalaban suavemente sobre ella, como una caricia. Sentía que la nieve le hablaba; que mantenían un diálogo silencioso, pero cargado de sentimientos. Si prestaba atención, si se concentraba, lograba escuchar los violines del viento y el armónico arrullo que producían los copos de nieve al caer. Parecía que afuera, sobre el techo del mercado de abastos, se hubiera instalado la orquesta sinfónica del invierno, con sus instrumentos de hielo y éter, para tocar los más hermosos villancicos que el universo pudiera crear. La voz de su madre la sacó de la ensoñación. Tenía el brazo congelado, casi no lo sentía, así que cerró la ventana, antes de que ella se lo pidiese con un grito.
-¿qué rayos estabes haciendo con la ventana abierta, fia? No, si ya lo digo yo que esta rapacina no tien sentiu. Mírate ahora, como tirites de frío. Y tienes el brazu más congelau que un carámbanu. Ay señor, señor, solo me faltaba que te pusieses mala pa Navidad…
– Ye que me apetecía tanto sentir el frío de la nieve en la mano, que no lo resistí, mamá. Pero ahora ya no tengo frío, júrotelo.
– Calla, fía, calla, que jurar en vano ye pecao. Ahora ayúdame a sacar la decoración de Navidad y a preparar el menú de Nochebuena.
Sentadas en la mesa de la cocina, anotaron todos los ingredientes que precisaban comprar para preparar la crema de mariscos, que servirían de entrada; el pixín alangostao de la abuela, y el estofado de cordero al vino tinto con perfume de romero, que tanto le gustaba a su papá.
Cuando Ana salió de la cocina, aún escuchaba la voz cálida de su madre, – y no nos podemos olvidar del turrón y los mazapanes.
-Y del gaiteru, mamá, y del gaiteru, se oyó decir así misma.
Cuántas Navidades habían pasado desde entonces; cuántas promesas se habían roto; cuántos sueños habían quedado para atrás; cuántos años sin ver el vals de los copos de nieve, desde la ventana.
Con los ojos cerrados, regresó a aquella la habitación que, de alguna manera, aún era suya. Abrió la ventana, se asomó, estiró el brazo, y miró el mundo como lo haría aquella niña que conversaba con los copos de nieve; de aquella niña que escuchaba en el viento los violines y las trompetas de la Navidad. Entonces percibió que estaba nevando con intensidad, con la misma intensidad que, durante tantos años, había guardado en el baúl de su memoria. Reparó en los tejados blancos, en las capotas de los coches cubiertas de nieve, en las aceras vestidas de novia, en los paraguas de la gente apresada y llena de paquetes.
Observó la sonrisa leve de los niños, con sus bufandas, sus guantes y sus naricillas rojas de frio. Detuvo sus ojos sobre un animado grupo de colegiales, que trabajaba con ahínco en la construcción de un muñeco de nieve. Alguien les había prestado un sombrero y una corbata, y ahora procuraban algo que le sirviese de nariz.
Pero, sobre todas las cosas, percibió que los copos de nieve se detenían al verla – ¿será… que aún me reconocen? En un impulso, abrió la mano y se dejó mimar por la helada caricia de la nieve.
El espíritu de la Navidad no se había olvidado de ella. Estaba allí, con ella, dentro de ella. Una emoción cargada de nostalgia inundó su cuerpo, y se derramó en lágrimas calientes y reconfortantes.
Apretó los ojos, para poder observar mejor. Funcionarios del Ayuntamiento, cargados con guirnaldas y bombillas de colores, se subían a los peldaños más altos de sus escaleras gigantes, y engalanaban las calles con luminosos atuendos de Navidad. Sintió unas ganas terribles de cantar y de llamar a su madre, pero fue su hijo quien la llamó.
-Mamá, ¿vamos al mercado a comprar el pulpo ese que quieres llevar a casa de los tíos, o estás esperando que cierren las tiendas, para salir?
Aún tuvo tiempo de observar cómo surgían los buzones de Reyes Magos, en las puertas de las tiendas. Incluso llegó a ver a un Papá Noel vestido de verde gnomo, con una botella de sidra en la mano, y a otro, algo más gordo, con el traje rojo de rigor, tocando la zambomba.
“Ya está aquí otra vez la Navidad, que nos trae recuerdos de amor y paz…” decía la letra del villancico que se escuchaba por los altavoces que el Ayuntamiento había instalado en algunas calles del pueblo.
Recuerdos de amor y paz, repitió Ana. Sí, lo que no le faltaban eran buenos recuerdos,
– Si hijo, claro que te oí. Estaba pensando y mirando sin ver. Ya sabes que en estas fechas me invade la nostalgia. Pero no te preocupes, y ahora vamos a comprar el pulpo, el pavo, el panetone y todo lo que haga falta…
Cerró la ventana de los recuerdos, agarró a su hijo del brazo y, con un reconfortante respigo de frío, salió al calor de 35 grados de sus Navidades tropicales. No importaba, en su corazón la nieve caía, la zambomba tocaba, y las Navidades eran Blancas, como debían de ser. Faltaría más.
-Sí, ya está aquí, otra vez, La Navidad…

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Una respuesta a NAVIDADES BLANCAS

  1. ovidio dijo:

    Que bonito relato mi querida prima, cuántas similitud de recuerdos seguro anidas en tu alma, tú pájaro errante de los fríos hoy por el mundo de los trópicos, seguro que será así, tendrás tu navidad blanca pues la navidad íntima transcurre en el escenario del alma, ahí donde se anidan todos los recuerdos que el supremo don selectivo de la memoria los amontonan en el carro de la nostalgia, FELIZ NAVIDAD DULCE NIÑA, FELIZ EN ESE TU VUELO DE TRINEO BLANCO Y ALADO, DO TE PROYECTA TU VERBA INSPIRADA.

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