El novio de la muerte

El novio de la muerte_o

No era él de mucho beber, que va, pero aquel día precisaba de una buena dosis de coñac. ¿Durante cuánto tiempo conseguiría controlar el miedo que se escondía detrás de la apretada comisura de su sonrisa? Quedaban pocas horas para la partida y, a la satisfacción inicial del sueño realizado, se le iban sumando unas emociones desconocidas, que le llenaban la barriga de burbujas y mariposas.
Ya no sabía si estaba contento. Lo estuvo cuando recibió la carta. Era una carta certificada, con el sello de La Legión. El cartero le pidió que bajase a firmar un documento, y él corrió escaleras abajo. Llegó al portal con el corazón en la garganta. La imaginación navegaba las arenas de un desierto que se dejaba acariciar por el sol. Abrió la carta, las manos le temblaban. La leyó a emocionados trompicones y, en un arranque de felicidad, abrazó al cartero y le plantó un par de besos, de esos bien grandes y restallaos.
Lo habían aceptado. Sí, la Legión había aprobado su solicitud y lo estaba convocando a filas. Iba a cumplir su sueño. Por fin saldría del pueblo y viviría una gran aventura.
Pero, con el paso de los días, aquella alegría inicial se fue diluyendo, licuando. Por las mañanas, cuando se despertaba, sentía que una mano fría y pegajosa le apretaba el corazón. Imaginaba a su madre en la cocina llorando su ausencia, y el regocijo se transformaba en aprensión.
El ambiente de la casa cambió, se volvió triste. La madre sonreía en su presencia y lloraba a escondidas. La duda surgió como una bacteria, aparentemente inocua al principio, pero obstinada e insistente. Sentía como se le iba infiltrando por las paredes del estómago, como le corroía las entrañas, y como, después de contaminarle el espíritu, se escabullía por alguna de esas tuberías que tenemos escondidas en el cuerpo… dejó de comer, y por las noches apenas conseguía dormir.
Su madre le veía adelgazar, y rezaba; observaba las oscuras ojeras que se le iban formando alrededor de los ojos, y rezaba; percibía la indecisión que, poco a poco, parecía tomar cuenta de su mirada, y rezaba.
-Dónde se había metido aquel joven que adoraba las películas de guerra, llenas de legionarios montados en camellos y cubiertos de arena, romanticismo y heroicidad, se preguntaba la madre.
-Pero, por mucho que pensase, jamás entendería por qué los hombres declaraban guerras, ajenas y lejanas, que exacerbaban el odio por lo diferente y agravaban el desentendimiento entre los humanos. – Las únicas batallas que deberíamos trabar, aseguraba, son las que hemos de luchar con nosotros mismos. Los verdaderos combates nos llevan al camino del autoconocimiento y del respeto al otro, verbalizaba cuando pensaba que nadie la escuchaba.
-Serán los sueños capaces de encarar, ojo en el ojo, la cruda realidad de la vida diaria… y sobrevivirla. La madre rezaba en busca de una respuesta que, ni ella, ni su hijo, lograban encontrar.
A veces, en el silencio de la cocina, maldecía los tiempos difíciles que les había tocado vivir. Después colocaba la mano en la boca para asegurar las palabras que se le escapaban, las aseguraba entre los dedos, las colocaba en la palma de la mano, y las apretaba con rabia. Enseguida, guardaba sus comentarios en el bolsillo del mandil.
-Algún día, decía, cuando pensar ya no sea un pecado, cuando tener opinión no sea un acto delictivo, las sacaré del bolsillo, las airearé, abriré la ventana, y las libertaré… Después pensó nuevamente en su hijo y continuó rezando.
Y llegó el día de incorporarse a filas. Un día que amaneció como cualquier otro día, ni demasiado gris, ni demasiado soleado. Un día común de otoño, como tantos otros días de otoño lo habían sido. Los árboles empezaban a perder las hojas; los amaneceres comenzaban a remolonear; las noches se volvían madrugadoras; las madres sacaban las mantas de los baúles; los niños iniciaban el nuevo año escolar, y Mariano vestía su uniforme de legionario delante del espejo de la habitación de sus padres.
Se miró una y diez veces, sin reconocer aquel extraño que, desde el espejo, le devolvía la mirada. Percibió que, pesar del uniforme, ya no se sentía tan Robert Preston como antes. Cuántas veces había visto la película “Beau Geste”; cuántas veces se había jurado a sí mismo que un día sería tan valiente y fraternal como lo habían sido aquellos hermanos que tanto había admirado. Pero aquella era la historia de una película. A él le tocaba vivir la realidad…
Percibió, al mismo tiempo, que las mariposas de su estómago aleteaban de miedo, y que ya no había vuelta atrás. Entonces, ajustó bien el chapiri, lo inclinó ligeramente hacia la derecha, observó la imagen que le devolvía el espejo, y decidió que continuaría con el uniforme puesto hasta la hora de irse, para infundirse valor: Soy un hombre a quien la suerte, hirió con zarpa de fiera, soy un novio de la muerte, que va a unirse en lazo fuerte, con tal leal compañera…
Sintió el calor de las lágrimas en las mejillas. La vista comenzó a nublársele y apretó los ojos. Salió de casa sin avisar, no quería que su madre le viese llorando. Ya volvería más tarde a despedirse.
Caminó sin rumbo, y cuando quiso darse cuenta estaba delante de El Tropical, la sala de fiestas en la que tanto había bailado y soñado. A pesar de lo temprano de la hora, la puerta estaba
abierta y entró. La dueña, doña Telvina, que trajinaba detrás de la barra, le miró con unos ojos que parecían leerle el alma.
– Ay Marianin, fiu, pa que tendréis que crecer. Díjome tu madre que marchabes hoy pa Melilla. Ven, vamos charrar un poco, siéntate aquí conmigo. Ya te conté que el mi hombre luchó en la guerra de Marruecos al lado del General Fernández Silvestre. Pa mi suerte, fue uno de los pocos que consiguiero sobrevivir.
-El mi hombre era como tú, un románticu y un soñador. Sufrió mucho, no te lo voy a negar. Sobre todo cuando comprendió quienes eran los verdaderos enemigos. Él era el invasor. Sí, él. Aquellos a los que sus jefes llamaban enemigos, luchaban y morían para defender la tierra y las costumbres de sus antepasados; luchaban y morían para que esa tierra continuase siendo la casa de sus hijos y de los hijos de sus hijos. Y ellos, ¿a qué habían ido ellos allí? Fueron unos años muy duros y difíciles… pero volvió y nos casamos y nunca se olvidó y fue un gran hombre… Le ofreció una copa. Él aceptó un coñac.
“El Novio de la Muerte”
Nadie en el Tercio sabía
quien era aquel legionario
tan audaz y temerario
que a la Legión se alistó.
Nadie sabía su historia,
más la Legión suponía
que un gran dolor le mordía
como un lobo, el corazón.
Más si alguno quien era le preguntaba
con dolor y rudeza le contestaba:
Soy un hombre a quien la suerte
hirió con zarpa de fiera;
soy un novio de la muerte
que va a unirse en lazo fuerte
con tal leal compañera.
Cuando más rudo era el fuego
y la pelea más fiera
defendiendo su Bandera
el legionario avanzó.
Y sin temer al empuje
del enemigo exaltado,
supo morir como un bravo
y la enseña rescató.
Y al regar con su sangre la tierra ardiente,
murmuró el legionario con voz doliente:
Soy un hombre a quien la suerte
hirió con zarpa de fiera;
soy un novio de la muerte
que va a unirse en lazo fuerte
con tal leal compañera.
Cuando, al fin le recogieron,
entre su pecho encontraron
una carta y un retrato
de una divina mujer.
Y aquella carta decía:
“…si algún día Dios te llama
para mí un puesto reclama
que buscarte pronto iré”.
Y en el último beso que le enviaba
su postrera despedida le consagraba.
Por ir a tu lado a verte
mi más leal compañera,
me hice novio de la muerte,
la estreché con lazo fuerte
y su amor fue mi ¡Bandera!

Obs.: Como en el resto de mis relatos, cualquier parecido con la realidad es un milagro.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Uncategorized y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s