La ventana del mundo

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Soñaba que un día conocería otras calles, otras ciudades, otros países. Soñaba que viajaba por carreteras largas, casi infinitas. Soñaba con paisajes desconocidos, con desiertos de arenas calcinadas, con frondosos bosques de árboles gigantes y enmarañados. Soñaba con rostros diferentes, con costumbres distintas. Soñaba con culturas que despierta no lograba imaginar. Soñaba que viajaba, cada vez que se asomaba a aquel escaparate repleto de fotografías. Y un día viajó.
Sus padres le dijeron que tenían que irse. Le pidieron que hiciese su maleta con lo más indispensable, pero que se olvidase de sus juguetes, de sus libros, de sus cosas. Salieron de madrugada, mientras el pueblo dormía. Era una noche sin luna y las calles estaban desiertas. Caminaban en silencio, sin meter barullo. Su madre engullía las lágrimas. Su padre les dijo que alguien, con un camión, les estaría esperando a la salida del pueblo. Tres sombras sin destino cierto, agarradas a tres pequeñas maletas de cartón. En el camión había cuatro familias más. Todas silenciosas. Todas con miedo.
Sin demasiados contratiempos, llegaron a la frontera tres días después. Alguien les ayudaría a cruzarla. Los del camión les desearon suerte, y les dieron un saco con unas hogazas de pan y algo de queso. Después oyeron unas voces en francés: “Vite, vite, mes amies, nous avons à traverser avant le policier apparaît”. Hacía frío y ella tenía miedo. Su padre le apretaba la mano, pero no lograba transmitirle confianza. Ella sabía que aquel hombre fuerte y sabio, Catedrático de Derecho Civil durante la República, también estaba asustado. Su madre sonreía pero en el fondo, continuaba engullendo las lágrimas.
Llegaron a La Rochelle una sombría mañana sin sol. El barco ya esperaba por ellos. Con suerte en menos de dos meses llegarían a Veracruz. Desde allí irían a Ciudad de México. Después Texas, Ohio, New York…
Fueron felices. Sí. La libertad ayuda a serlo. Su padre sacó una plaza de profesor en “the Department of Spanish and Portuguese in the School of Arts and Science at New York University”. Allí trabajó los últimos 15 años de su vida. Guardó durante mucho tiempo una botella de champagne en la nevera. Para cuando muriera el caudillo. Nunca la tomó. Falleció el año en que su hija acabó la Universidad. Sus cenizas esperaban pacientemente dentro de un jarrón, sobre la chimenea…
Sin decirle nada a su madre, el 21 de noviembre compró dos pasajes de avión. Ahora soñaba todas las noches con las fotos del escaparate. Viajaron un 22 de diciembre, el jarrón con las cenizas de su padre en la bolsa de mano, y la botella de champagne en la maleta.
Cuando el avión aterrizó en Barajas, la madre se desbordó en lágrimas. Lloró todas las que tenía guardadas, todas las engullidas y todas las que nunca había pensado llorar.
En el aeropuerto alquilaron un coche. Pernoctaron en Oviedo y por la mañana se acercaron a la vieja Universidad. Todo parecía igual, pero una chispa de esperanza incendiaba el ambiente. Por la tarde se acercaron al pueblo de sus abuelos. Quería ver la casa donde no habían sido felices. Quería ver la mina donde su padre había conseguido trabajo cuando, al acabar la guerra, le quitaron el título de Catedrático.
Volvieron por la carretera de Entrepeñas. A la altura de Tudela de Veguin, la madre le pidió un pañuelo para enjugar los ojos. No le gustaba que la vieran llorar. Estacionó a la puerta del Hotel Vaqueros. Una vez instaladas, solicitaron que colocasen la botella de champagne en la nevera.
Estaban dormidas cuando el joven botones llamó a la puerta. Les llevaba el champagne y las tres copas que habían pedido. El corcho sonó como un disparo o, tal vez, un volador. Llenó las tres copas. Ofreció una a su madre, colocó otra al lado del jarro que contenía las cenizas de su padre, levantó la suya hasta la altura de los ojos, y brindó
-Por ti papá, porque finalmente se acabó el destierro, porque ahora ya estás en tu tierra y en tu casa, porque ahora podrás descansar.
Después salieron. Caminaron por calles iluminadas y recordaron que estaban en Navidad. Observaron cómo los transeúntes las observaban, y les desearon felices fiestas. Y aunque no encontraron la ventana cargada de fotografías y de sueños, comprendieron que aquel mundo oscuro en el que habían vivido, finalmente estaba cambiando.
Sí, las luces de la Navidad y la agitada alegría de los chiquillos, las contagió con su calor y optimismo. De la mano, sintieron que se reconciliaban con su propia historia, y supieron que no necesitaban de ninguna ventana mágica para huir. Ahora, si se iban, podían volver. Siempre.
-Vamos a descansar, mamá, que mañana temprano tenemos que cumplir el sueño de papá, y esparcir sus cenizas sobre las piedras de esa universidad que tanto añoró.

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