EL BALCÓN

10715683_10202718842322098_1133991416_nEra un domingo insano de 1966. Un domingo que olía a soledad. Un domingo en el que las plantas marchitaban en silencio, como la vida en el pueblo. Ya no había vacas en los establos, ni gallinas en el corral. Las ideas tropezaban con el viento, se arremolinaban entre los rizos de su melena, y se perdían. La terraza era un desierto sin arena. Agarró la pamela que le había regalado la única extranjera que, hacía ya algún tiempo, se había perdido, o tal vez encontrado, por aquella región. Recogió el pelo en una cola de caballo y se vistió de viajera. Quería huir. Volar. Planear por encima de aquellas montañas que ocultaban el horizonte. Pero temía el precipicio voraz que, aseguraban los más viejos, existía en el otro lado. No se movió. Observó el vaho ceniciento que, como el aliento cansado de un tísico, surgía de la nada y comenzaba a inundar el alma de las cosas, de sus cosas. Sintió miedo. Instintivamente procuró el balaustre para sujetarse. Se agarró a sí misma. Uno tras otro, los días navegaban sobre las olas del tiempo. Ella permanecía allí, de pie, en el balcón. Había creado raíces de niebla, para seguir soñando.

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