El álbum de fotos

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Home va, a quién se le ocurre decir que esa niñina tan parecida conmigo yes tú. Que no güelita, que no yes tú. ¿Cómo vas a selo? Pa mí que la guajina de la foto soy yo. Mírala bien. Ahora mírame a mí. ¿No ves que somos iguales? Tengo una idea, ven, siéntate en el sofá conmigo. Aquí güelita, más cerquina de mí. Sí, así, bien juntines. Ahora cuéntame lo que estábamos haciendo, nesi prau llenu de yerba, el día que nos sacaron esa foto tan perguapa. Venga güelita, pa que me acuerde de ella cuando sea mayor.
Y la abuela se sentó y colocó sobre el regazo aquel álbum que, durante tantos años, había permanecido guardado a siete llaves. Aquel álbum que, no sabía cómo, su nieta había descubierto en el fondo de uno de muchos cajones de la vieja cómoda que, hasta la llegada de esa niña tan parecida con ella, dormitaba en un rincón oscuro del desván.
Respiró hondo, miró a la nena que estaba a su lado, observó la foto y, por unos segundos, se dejó embargar por la emoción. Sí, allí estaba ella. Era la más pequeña, la que tenía un lazo plantado encima de la cabeza, la mirada triste y el gesto huraño.
Era ella, setenta años atrás, en un domingo de primavera, sentada entre sus primas. Ella, tan triste y tan parecida con la alegre niña que ahora la atiborraba a preguntas. Ella preguntándose, en silencio, donde estarían su papá y su mamá. Ella muchos años antes de que la llamasen respetuosamente doña Pilar.
Si la memoria no le fallaba, la idea de ir a esa fiesta había sido de su abuela Matilde – Preparo un par de tortilles y unes picatostes y pasamos un domingo en familia, como hacíamos antes de la guerra. Seguro que a Pilarin le presta jugar al corro y al escondite con les primes.
Pero ella no jugó, la sombra de la guerra pairaba sobre todos ellos, como un pájaro de mal agüero.
Cerró los ojos para visualizar mejor el instante lejano en el que sus padres la llevaron a vivir a la casa de la abuela. Serán solo unos días, le había asegurado su madre mientras la apretaba contra el pecho, con todas sus fuerzas. Pero tuvieron que pasar más de veinte años, para que pudiesen encontrarse de nuevo, en otro país.
Jamás olvidaría el sentimiento que la embargó al abrazar aquella mujer envejecida, abatida y solitaria en la que se había transformado su madre. Entonces quien la apretó contra el pecho fue ella, y su madre se dejó apretar, sedienta de cariño. Tardó meses en conseguirle un pasaporte que la permitiera entrar en su propio país. Pero, cuando el nuevo cónsul de España en Paris se apiadó y firmó los documentos que la permitirían regresar, su madre ya era ceniza y no precisaba de ningún papel para regresar a la tierra…
De su padre recordaba el beso mojado de lágrimas y el adiós silencioso que no le consiguió dar.
Eran aquellos unos tiempos que no le agradaba recordar, pero que permanecían indelebles en su memoria. Se preguntó si valdría la pena contarle a su nieta que por las noches, cuando se veía sola en el cuarto que le había preparado su abuela, acostada en la cama que había sido de su madre, el miedo era una ventosa que se agarraba a su estómago y lo apretaba y lo exprimía y lo prensaba.
Durante el día, ese mismo miedo la hacía temblar. A veces, cuando los vecinos la señalaban con el dedo, el miedo le oprimía el intestino. Entonces ella se avergonzaba, agachaba la cabeza y se iba llorando para casa.
Pero días hubo, en los que el miedo se convertía en rabia. Una rabia que le subía por la garganta y le llenaba la boca de bilis. Una rabia que se transformaba en palabrota, cuando el padre de alguna compañera de escuela vociferaba ¿qué haz aquí, en mi casa, la fía de Tomás el maquis?
Aún ahora, después de tantos años, el sueño marcha con paso militar sobre las sábanas de su cama. Botas de hierro caminan por la habitación y su estruendo la mantiene en un constante duermevela. Entonces siente de nuevo aquel abrazo fuerte y desesperado de su madre, que no supo entender. Luego oye el cuchicheo de su abuela, – vamos hija tienes que irte, antes que alguien descubra que estás aquí. No te preocupes por la nena, cuidaré de ella con el mismo amor que cuidé de ti. Además esto no puede durar para siempre, principalmente ahora que los aliados ganaron la guerra.
Pero por encima de todas las voces y de todos los miedos, la noche le traía el eco de su propia voz, repitiendo una y otra y otra vez, – para mamá, no me abraces tan fuerte, suéltame que no me dejas respirar.
Desde el pasado que le mostraban aquellas fotos, volvió a escuchar las voces delatoras de los vecinos, – Doña Matilde, el otru día un conocidu míu, que ye guardia civil, díjome que la semana pasada, durante unes escaramuzes, habíen capturado un grupo de maquis. Los llevaron a la cárcel de Oviedo. Allí les harán un juicio sumario, y allí permanecerán hasta que les llegue la orden de fusilamiento. Por lo que entendí, el su yerno estaba entre ellos. No, de la su fía nadie dijo na.
El tiempo, pensó, el maldito tiempo, es el dueño y señor de todas las memorias, de todos los recuerdos, incluso de aquellos que una quisiera olvidar. El tiempo gira, da vueltas. No es lineal como nos enseñaron. El tiempo es una espiral de ida y vuelta. Es una percepción, un concepto. No es una realidad. No existe. No existe, pero siempre se conjuga en presente.
Y si no, que se lo preguntasen a ese cuerpo suyo que, en esa tarde de primavera del año 2015, permanecía tranquilamente sentado en el sofá de la sala de su casa, al lado de su nieta de cinco años, en cuanto su mente viajaba a través de uno de los pasadizos secretos del tiempo, en dirección a aquella tarde de 1946, en la que un fotógrafo se empeñó en sacarles una foto de familia.
Sí, ella era aquella niña triste con un lazo en la cabeza, en una tarde de fiesta y de sidra. Una niña triste que no oía ni la gaita ni el tambor. Una niña triste en aquella tarde nefasta en la que, lo supo mucho tiempo después, habían fusilado a su padre.
– No te pongas triste güelita. Mira, voy a dejar el álbum de fotos aquí en la mesa, y vamos a jugar un puquitin. Anda güelita, ven a jugar conmigo, ven…
-Si cariño, ya voy, no te preocupes, como voy a estar triste si estoy contigo. Es… que me quedé adormilada. Espera un poco, solo un segundo, déjame despertar…

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