Verano del 68

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Te acuerdas Cris de cómo soñábamos con aquellos días. Cómo organizamos hasta el mínimo detalle durante las clases de estudio, ante la mirada severa y miope de la hermana Amparo. Sería el mejor final de semana de nuestras vidas, decíamos. Seríamos libres. Solo nosotras tres y el mar. Ay que largo se nos hizo aquel mes de junio con sus exámenes finales, sus entregas de trabajos y sus noches sin dormir. Menos mal que después disfrutaríamos a tope durante el soñado final de semana. El viernes sería el último día de cole; día de despedidas y de entrega de notas. Nosotras teníamos planeado llegar a la graduación con todos los pertrechos necesarios para el viaje. Llevaríamos las mochilas con las ropas, la tienda de campaña, los sacos de dormir… y lo dejaríamos todo en la portería, con la hermana Inés. De esa manera, cuando terminase la ceremonia, saldríamos corriendo para la estación, sin tener que pasar por casa. ¿Te acuerdas Cris?
-Ya no te oye, Susi. No insistas. Déjala irse. Lo de ella no tiene vuelta… Además, quieres que te diga una cosa, ella ya está en una playa. Ya está en la más hermosa de todas las playas. En una playa de arena dorada y aguas transparentes y cálidas. Nosotras solo tenemos que estar aquí, a su lado. Es suficiente. Ella sabe que estamos. Ella sabe que queremos estar.
Se conocían de toda la vida. Habían nacido en el mismo año, vivido en el mismo barrio y estudiado en el mismo colegio. Rosy, Susi y Cris, las tres no Marías. La más divertidas. Las siempre alegres. Las más inteligentes. Las más aventureras. Las que estaban detrás y en la línea de frente de todas las travesuras. Las que habían jurado no separarse jamás. Ser vecinas. Ser comadres. Rosy, Susi y Cris.
-Lo sé Rosy, yo también se lo oí decir al doctor. Pero a veces los doctores os equivocáis.
-Claro que nos equivocamos, Susi, como todos. Por eso le rezo desesperadamente a ese Dios en el que Cris tanto creía. A ese Dios en el que yo también quisiera creer. Le rezo para que el médico se haya equivocado. Le rezo para que tú te equivoques, para que me equivoque yo. Le rezo para que una mañana Cris abra los ojos y la sonrisa y nos diga, con ese desparpajo tan propio de ella, y bueno, esi culete sal o no sal.
Llegaron a la estación con la lengua fuera, el tren parado en el andén como si estuviese esperando por ellas. Subieron, se sentaron, y se dejaron llevar por el vaivén. Estaban contentas porque habían encerrado un ciclo, pero también preocupadas. Desde aquella misma mañana, el uniforme, las monjas y el colegio eran parte de su pasado, de su niñez y, aunque no querían reconocerlo, eso las dejaba un tanto inquietas.
Con el rostro pegado al cristal de la ventanilla, Cris aparentaba observar las huertas que, como en un dibujo animado, pasaban por delante del vagón.
– Se acabó. Ahora vamos a ser cada una por sí y Dios por todas… las palabras salieron de su boca sin premeditación, como si, más que decirlas, las estuviese pensando en alto. – No sé, continuó hablando para sí misma, sin tirar los ojos del paisaje, me da un poco de repelús. Toda la vida juntas y ahora…
Se iban a separar. Habían elegido caminos diferentes. Susi se iba a Valladolid a estudiar arquitectura, Rosy quería matricularse en la facultad de Medicina de Oviedo, y Cris aún dudaba entre preparar el ajuar para casarse, como querían sus padres, o estudiar economía en Santiago de Compostela.
Sus amigas tenían todo el final de semana para convencerla a estudiar en Santiago y, en el caso de que continuase con ganas de casarse, seguro que allí no le faltarían tunos donde escoger, le argumentaron sin lograr esconder la carcajada.
-Pero ya tenías planeada tu boda, mucho antes de que nosotras supiésemos que carrera estudiaríamos, e incluso antes de que soñases con tener un novio, señaló Rosy, mientras acariciaba la mano inerte de su amiga. Por eso te reías cuando hablábamos de tu futuro como ministro de economía.
-Sí, economía del hogar, nos gritaste antes de salir corriendo en dirección al mar para saltar las olas y salpicarnos.
Nunca disfrutaste tanto como en esos tres días, nos dijiste poco antes de regresar, ¿te acuerdas? En el andén, alguien nos señaló y dijo que parecíamos pordioseras. No nos gustó y le sacamos la lengua. La verdad sea dicha, estábamos sucias, cansadas y con la piel más colorada que un pimiento morrón. Pero que felices y libres nos sentíamos, sentadas sobre nuestras mochilas, mientras esperábamos la salida del tren.
El viaje de regreso lo hiciste en silencio, pensativa o quizás durmiendo. Abriste los ojos dos estaciones antes de llegar, nos miraste, creo recordar que con tristeza, te pusiste muy seria, y con voz pausada nos comunicaste, -no voy a estudiar economía ni en Santiago ni en cualquier otro lugar, y os aseguro que antes de un año estaré casada y que tendré mi primer hijo antes de cumplir los veinte.
Ya lo tenías todo organizado dentro de esa cabeza tuya, tan llena de gráficos y estadísticas. Cuento con vosotras, nos dijiste. Os quiero cerca de mí, en la primera fila, para darme ánimo, para saber que, a pesar de todo, continuaremos estando juntas siempre, para no arrepentirme.
Y así fue. Allí estuvimos. Las tres amigas juntas, sin preguntas, sin respuestas, al pie del altar, por última vez. Y si en alguna ocasión te arrepentiste, nunca lo supimos. Ay Cris, por tu grandísima culpa, este país se quedó sin la mejor ministro de economía de su historia.
¡Los tres pies del gato!, gritó Rosy de repente. Se me había olvidado. ¿Te acuerdas Susi? El sábado, después de la playa, subimos al camping, pusimos nuestras minifaldas más cortas y, un pie tras del otro, sin decirnos nada, sin haberlo planeado, abrazadas, cantando la del señor don gato que estaba sentado en el tejado, muertas de la risa y de los nervios, llegamos a Somió.
-Sí, sí, es verdad, parecía que lo habíamos planeado, pero no. En la fila de la taquilla, pusimos nuestras caras más serias y maduras, porque temíamos que nos señalasen con el dedo, nos preguntasen a dónde pensábamos ir, o nos dijesen que El Jardín no era el lugar más adecuado para jugar a las muñecas. Éramos unas memas de 17 años, que aparentaban como mucho 15. Ya te digo, si fuera hoy en día. Claro que, la verdad sea dicha, a nadie le importaba un bledo la edad que pudiésemos tener, salvo a nosotras mismas. Nos aterrorizaba que nuestros padres llegasen a enterarse, o de que algún conocido nos viera y se chivase.
Y lo bien que lo pasamos. Recuerdas lo bien que lo pasamos. Al entrar nos asustamos un poco con la oscuridad y nos dimos las manos. Entonces alguien dijo: mirad chicos, los tres pies del gato. Que gato ni que ocho cuartos, replicó Cris, somos las brujas de Zugarramurdi, y nuestro gato no necesita patas, tiene alas. Después bailamos con ellos hasta no poder más. Eso que era adrenalina y no lo que tienen ahora. No te rías Rosy, que es verdad.
Ay, mira, calla, me parece que Cris se está agitando. No me extraña, con unas cotorras como nosotras en la habitación.
-Sabes una cosa Rosy, a veces me parece imposible que haya pasado tanto tiempo. Hace casi cincuenta años y parece que fue ayer. Estamos hechas unas abuelas, casi bisabuelas, y no me desmientas, que de años andamos más que sobradas.
-Que no, mujer, que no me quejo, por el contrario, además creo que continuamos estupendas, y juro que mato a quien me desmienta. Tú, por ejemplo, has construido edificios inteligentes en medio mundo, has dado conferencias sobre sustentabilidad ambiental en el otro medio, y continúas de lo más guay y en plena actividad. Aunque, aquí entre nosotras, tú mejor trabajo, lo digo con todo el respeto, es ese marido que encontraste en las antípodas. Solo él para aguantarte.
-No te rías doctora, que estamos en un hospital, ¿es ese el ejemplo que deseas dar a los chavales que están haciendo el MIR? Quién oiga tus carcajadas, jamás imaginará que aquí, a mi lado, esté sentada la doctora que más sabe sobre la mente humana. No, quédate tranquila que yo no voy a detallar tu currículo. Entre otras cosas, porque no pienso regalarte los oídos explicándote lo que ya sabes. A final, viviste la vida que quisiste, con quien quisiste, como quisiste, y donde quisiste. Y paro por aquí, que no deseo, y mucho menos pretendo, repetir ad aeternum el mismo tiempo y la misma persona del verbo querer. El hecho es que ahora, la vida ha vuelto a reunirnos. Sí, guapa, la vida. No podemos olvidar, y tú menos que nadie, que la muerte hace parte de ella: es “il gran finale”.
-Ya lo sé Susi, tienes toda la razón. Por eso hoy hemos vuelto a ser las chicas de esa foto, que nosotras habíamos olvidado, y Cris mantuvo siempre en su mesita de cabecera. Por eso hemos cogido el tren que nos ha regresado al verano del 68. Por eso hemos vuelto a ser, una vez más, las tres no Marías, las más amigas, las más traviesas, las más comadres, las más aventureras, las más atrevidas, las más listas… siempre juntas, en la primera fila, incluso en la aventura final. No fue eso lo que prometimos en el tren, minutos antes de desembarcar.
-Susi, Rosy, ¿os acordáis del chico con el que bailé ayer en El Jardín? Pues ahora me dice que quiere volver a bailar conmigo la música de Anduriña. Yo le dije que el año que viene me voy a casar, pero él insiste. ¿Qué le digo?
Dile que sí, Cris. Dile que sí.

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