Tiempos de Posguerra

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Al principio no eran amigos, ni siquiera congeniaban. Sus silencios eran profundos y densos. Sus miradas cargadas de desconfiada y recelo. Les había tocado trabajar juntos, pero las heridas de la guerra civil aún supuraban y, aunque evitaban hablar de ello, todos sabían demasiado bien quién era quién y de qué lado había luchado.
-Tenéis que ser un equipo, habían dicho los jefes cuando los contrataron. Pues lo serían, faltaría más, que en estos tiempos de posguerra y con la hambruna corriendo suelta, quien conseguía trabajo lo agarraba con uñas y dientes, sin hacer demasiados tiquismiquis. Pero olvidar, nadie olvidaba. Y ellos tampoco.
Tras un par de meses de entrenamiento, les informaron que trabajarían a las órdenes de un joven ingeniero alemán, que el director de la Compañía Eléctrica de Langreo acababa de contratar.
Lo conocieron el mismo día en que llegó, procedente de Düsseldorf. Aparentaba treinta y pocos años. Era dueño de una mirada melancólica, y tenía una sonrisa triste. Se llamaba Jürgen Bähr, como su abuelo paterno. Pero, la verdad sea dicha, ese nombre le duró poco.
-Te cuento esto, porque la primera vez que aquel disonante equipo se reunió fue, precisamente, para departir sobre el germánico nombre de tu tío abuelo. Se juntaron en El Leones, y después de mucha discusión, de unas cuantas botellas de sidra e, incluso, de algunas risotadas, concluyeron unánimemente -¿quién lo diría?- que no les quedaba más remedio que asturianizalu. Y así lo hicieron.
Jürgen tardó unos días en percibir que sus subordinados lo llamaban Xurde.
Al advertir su desconcierto y, temiendo que se lo tomase a mal, le explicaron que les costaba un güevu pronunciar su nombre. Por eso y solo por eso, le aseguraron, habían decidido traducirlo al asturiano.
El guiri, tu tío abuelo, los observó en silencio con su rostro impasible, su mirada entristecida y su sonrisa marchita. Había leído sus historiales y sabía que las heridas abiertas por la Guerra Civil continuaban profundas y dolorosas… semejantes a las que él mismo llevaba talladas en el alma. Observó de nuevo los rostros de aquel grupo heterogéneo que le había tocado en suerte. Eran tan parecidos a los que, por la noche, visitaban sus pesadillas… Con los ojos cerrados, balanceó repetidamente la cabeza para apartar sus fantasmas. Después aceptó el vaso de sidra que le ofrecían, y decidió que buen nombre debía ser aquel que le habían dado, si por primera vez, desde el final de la guerra, había conseguido unir personas tan dispares. A continuación, se despidió de ellos con un apretón de manos y se fue. Si en algún momento se sintió ofendido, nunca lo dijo.
Demoró algo más en conocer su apodo. En esa ocasión frunció el ceño, apretó los dientes, y llamó al cabecilla de su equipo. Parecía enfadado y dispuesto a dar un castigo ejemplar.
-Falta de respeto es motivo de despido, vociferó Jürgen a modo de saludo cuando Antón entró en su despacho.
Antón, que era falangista como su padre, buen bebedor de sidra y un poco guasón, escuchó compenetrado y serio aquel discurso cargado de erres y ges que casi no conseguía entender. Después carraspeó un par de veces, para reprimir la carcajada que insistía en subirle garganta arriba.
–Con to’l respeto Sr. Bar, explicó, haciendo uso de toda su diplomacia, que no era mucha, nun se ponga así. Tamos en Asturies, ¿nun tamos? pues entos, home de Dios. Aquí nun tenemos Bar. Aquí tenemos chigres y sidreries… y bien que nos gusten. No lo tome como un agraviu. Tómelo como una honra.
Así fue como Jürgen Bähr se convirtió en Xurde, alias el Chigre, hasta el día en que, algunos años más tarde, un cable de alta tensión lo dejó paralítico y su familia le pidió que regresase a Alemania.
Bajo la dirección de tu tío abuelo, ese grupo dispar e irreconciliable se transformó en el mejor equipo de La Compañía. Juntos aprendieron que dependían unos de otros. Que tanto el trabajo, como la propia vida, estaba en las manos y en el buen hacer de los compañeros. Aprendieron a respetarse, a dejar de lado las diferencias, a convivir. Había temas tabú, claro, e intentaban evitarlos, por el bien de todos, aunque no siempre lo conseguían.
Una tarde, durante una acalorada discusión, -¿Golpe de estado?, ¿qué coño de golpe de estado ni que tu madre?, ¡santa cruzada, eso sí!, Antón percibió que estaba a punto de perder los estribos y enmudeció. Luego miró a los compañeros de todos los días, agachó la cabeza, mordió la lengua, y con voz contrita, añadió -La verdad ye que, por mucho que nos quieran convencer, una guerra y más si ye entre hermanos, nunca será santa.
No volvieron a discutir sobre el asunto. Y cuando alguien sacaba a relucir el tema de la guerra, escuchaban cabizbajos y callaban.
Juntos restauraron la red eléctrica de casi todos los pueblos que componen el municipio de Langreo. Salían todas las mañanas con el camión cargado de postes y volvían al atardecer con el camión vacío. Después cambiaban el mono por el pantalón de pana, y se acercaban hasta la sidrería Mirito a tomar la botellina de sidra, y echar una partida de dominó.
Un martes del mes de abril, a pedido de Xurde, un paisano de Pajomal sacó la única foto que existe de ellos.
Xurde se encaramó en el camión, se sentó encima de los troncos que transformaban en postes de luz, y miró directamente al fotógrafo con su sonrisa triste. Esa misma tarde le habían preguntado si sabía sonreír, y él les había respondido que antes de la guerra era un chaval alegre. Después supieron que muchos de sus amigos de infancia habían muerto en los campos de concentración.
Antón, el líder guasón y falangista por la gracia de su padre, se sentó en el parachoques del camión. A su lado, con el ceño fruncido, está Dimas, mi padre, que fue comisario del ejército republicano, pasó varios años en la cárcel o construyendo carreteras… y demasiado tiempo sin hablar con nadie.
Eusebio, el más joven, se quedó huérfano durante la guerra. En realidad es un milagro que haya sobrevivido. Una de tantas noches aciagas, una bomba cayó sobre el tejado de su casa, mientras dormían. Lo vieron salir de entre los destrozos, al día siguiente, con el cadáver de su hermano menor en los brazos.
Detrás está Anselmo, para quien la guerra aún no había terminado. Su hermano estaba en la montaña, con el grupo de Onofre García Uribelarrea. Al parecer allí se quedó y, cómo el de tantos otros, su cuerpo nunca fue encontrado.
Encima del camión está Hilario, el hermano de Antón, a quien su padre renegó por republicano. Algunas noches, cuando volvía del chigre, preguntaba por él, y Antón le comentaba que estaba bien, que le había hecho abuelo. Entonces el viejo sonreía y se iba a dormir, consciente de que al día siguiente volvería a repudiarlo.
Y finalmente, Laurentino, el poeta. Un hombre sensible, valiente, buen compañero, siempre dispuesto a ayudar, y anarquista de la CNT. Él estaba con Xurde el día del accidente. No sé exactamente qué sucedió, pero parece que gracias a ellos se salvaron muchas vidas. Fue Laurentino quien le escribió una carta a tu padre, para que lo animasen a volver. Xurde no quería ir. No quería reencontrarse con todo lo que había dejado para atrás. Con tu padre, por ejemplo. Temía escuchar o, aún peor, ver algún tipo de reproche en la mirada de su hermano. Temía que lo llamasen de cobarde por haber abandonado a los amigos; por haber abandonado a Anna, la mujer que un día había amado y vivía en su memoria y en sus pesadillas. La mujer que permaneció en Düsseldorf porque él se lo pidió, en cuanto su familia lograba escapar y establecerse en Estados Unidos. La mujer que murió sola en algún campo de concentración, sin que él llegara a descubrir en cuál…
Xurde no quería volver a ser Jürgen Bähr, pero Laurentino le convenció. Le dijo que cualquier hospital de Düsseldorf era incomparablemente mejor que el mejor hospital de aquí. Le dijo que aquí corría el riesgo de que le amputasen las dos piernas. Le dijo que tenía que recuperar su historia y su dignidad. Le dijo que le debía eso a su familia, y a Anna.
Xurde le escuchó porque, aunque nadie lo hubiese imaginado en un inicio, con el tiempo se hicieron muy amigos. Eran uña y carne. Por eso le pidió que le acompañara. Por eso Laurentino se mantuvo a su lado hasta el último momento. Y por eso estás ahora aquí con sus cenizas, para que continúen juntos en el lugar en donde se conocieron.
-Y ahora vamos a tomar un culete de sidra, que mañana será un largo día.

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