El todo y la nada

todomccall

Todo
Cerré los ojos. Un suspiro emergió de mis entrañas, escaló la
garganta y escapó por la boca, como colofón sinfónico de esa eventualidad que llamáis vida.
No obstante, permanezco rehén de vuestros recuerdos.
Me habéis encarcelado en el baúl de la memoria. ¡De vuestra memoria!
Yo no consigo recordarme.
No reconozco el rostro de ese retrato que reposa en el estante, debajo del espejo. No es el mío. No lo es. Aunque insistáis en decir que soy yo. Por favor, parad de identificarlo conmigo.
Sabed, pues en verdad os digo, soy lo que no veis… mientras me expando viralmente, por las entrelíneas de vuestros sueños.

Nada
Corría calle abajo. Parecía perseguirle el viento. Lo vi doblar la esquina.
Sí, la de la calle del fondo. La que baja. Ésa que llega hasta la arena y termina en el mar.
Sus pies golpeaban rítmicamente los paralelepípedos. Aunque percibí una posible disonancia: tacatacatatacatatacatatatacatacata.
Corría y gritaba. Gritaba algo sobre un sueño:
Soy la metamorfosis de una idea sin rostro, el reflejo in extremis de una mente desconocida.
Desnudo iba y desnudo entró en el mar. Su rostro se multiplicó en todas y cada una de las gotas que salpicaban las olas. No los vio.

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