Del amor y otros quijotes

A veces sueño que soy Sancho, a veces Quijote, pero la mayor parte del tiempo, la Dulcinea que vive dentro de mí sabe que soy los dos…

The eternal obsession of Don Quijote, de Darwin Leon

La intuyó detrás de la sombra del molino y aguzó el caballo. La visualizó bella, de tez rosada y cabellos color de trigo. Le pareció que su sonrisa asemejaba una amapola del campo, y su mirada brillaba como un rayo de sol. La imaginó altanera, los brazos en jarra. Llegó a escuchar el sonido límpido y cantarín de su risa. Se enamoró. El viejo Rocinante galopó veloz,con la última energía que le restaba, sin lograr alcanzarla. Muy atrás, montado en su borrico, Sancho, que hacía lo imposible para seguir sus pasos, gritaba, sin que el caballero de la triste figura pareciera oírle: agárrese bien a las riendas y deténgase mi señor, que es menester que se pare y recapacite, pues lo que ve a lo lejos, en lontananza, son hambrientos gigantes, obra de su enemigo el mago Frestón, y no inocentes molinos.
Y así fue como…
Se le marchitó el corazón aquella mañana,
en la que alboreó el amor, y el desasosiego.
Por tierras castellanas amanecía el verano,
pero dentro de su cuerpo ya era invierno.

Fotografía: The eternal obsession of Don Quijote, de Darwin Leon

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