La ventana de los sueños marchitos

Siempre me intrigó la mujer que vivía encerrada en el cuerpo de aquella anciana. Y aunque nunca supe quién era, pasé a visitarla con cierta asiduidad. Parecía enredada en un laberinto de recuerdos entrelazados con ensoñaciones, que enseguida olvidaba. Su lugar favorito era el sillón a lado de la ventana. Las horas pasaban sin que percibiese el denso arrastrar de los segundos, ni su soledad. Hablaba con el viento… con las hojas que se desprendían de los árboles… con el amanecer. Por las noches se hacía la remolona, “un último cava y ya me voy a dormir”, murmuraba. En otro tiempo sus ojos debieron ser tan azules y rutilantes como una mañana de primavera. Ahora su mirada estaba llena de sombras y telarañas… los médicos decían que tenía cataratas y ella les respondía con un mohín y el leve giro de mano con el que solía decirnos adiós. Nadie sabía su nombre, pero tenía ademanes de princesa y sonreía cuando alguien la trataba de majestad. Ayer, después tomar las tradicionales 12 uvas, con las que los españoles marcamos el inicio de un nuevo ciclo, solicitó que alguien la llevara hasta el piano. Dijo que precisaba cantar: “Every time we say goodbye I die a Little…” Hoy la silla de la ventana que da al patio de luces amaneció vacía y el muro de la casa vecina me pareció más gris.

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