La Rosa y la Luna o los delirios nocturnos de un alma insomne

Diecinueve pétalos vestían
A la seductora rosa de pálido té.
Mayo en los soportales,
El sol en el estanque…
Las palomas se esconden,
Cuando el viento airea rumores
Y una sombra cruza la esquina
Del cine Astur.
Se enamoró la rosa
Se enamoró de los sueños,
¡No la despiertes!
Cuéntale tu pesadilla.
Háblale de cómo esa luna sonámbula,
Sueña con los cuerpos dormidos de las estrellas.
Dile como les graba en la piel,
El relámpago indeleble de su huella.
De cómo deambula, solitaria,
la luna errante…
Sí, el firmamento es su pista de skate.
Y en cuanto ella se desliza sobre un cometa azul,
Marte le guiña un ojo,
Urano le ofrece un anillo,
Júpiter la invita a bailar.
Apenas Venus la observa en silencio,
No la quiere despertar.
Vaga la luna por los lácteos meandros de la galaxia,
La oscuridad amortigua el brillo
De las miradas celosas.
La noche se transmuta en melodía,
La luna se empapa de rocío,
La rosa sueña con el sol.
Eclipsada, la luna se extravía,
Oscurece para que no la veamos.
Ella sí nos ve.
Nos ve y estira la mano
En busca de una caricia…
Que no alcanza.
Tampoco la rosa.
Resentida y sola se quedó la luna.
Nos ve, pero, como no la miramos,
Se arranca los ojos… y los pétalos.
Al Alba, mientras la vida se despierta y los sueños adormecen,
La rosa desviste su soledad,
La luna arropa su melancolía…
Y una sombra cruza, furtiva, la esquina del cine Astur.
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