Eclipse

Estaba sola.
El cielo un callejón
tan oscuro como ella.
Cósmico paradigma,
la luna enlutada.
Bruna su sombra,
ensangrentada.
Alguien comentó que el negro velo
que, en aquella noche, le cubría el rostro,
era en realidad un eclipse.
¡qué sabrán los humanos!
Estaba de luto, sí.
Al amanecer todo parecía normal,
el sol le había lanzado un beso cuando se cruzaron,
pero, al caer la tarde, el muy infiel,
no había acudido a su cita.
Oyó decir que la tierra se interpuso entre ellos…
¡Ah, la Tierra!
pensó, circundada por la tristeza y la oscuridad,
una enlutada luna, que nunca fue azul.
Ignorando su desolación,
Las estrellas verbeneaban,
como de costumbre,
por los rincones de la noche.
Coquetas, zigzagueaban sus cabelleras,
seductoras, cimbreaban estelas de luz.
¡Ah, las estrellas!
lloraba una luna vestida de ausencias.
Ajeno, el sol desperezaba sus rayos en otras latitudes,
la luna sollozaba.
Cercano, Marte, el rojo, intentaba una caricia,
la luna suspiraba.
Estériles, las aguas placentarias se sintieron huérfanas…
Dicen que, poco antes del amanecer,
el sol, arrepentido,
se introdujo en su cama y le escribió
un gozoso poema de nube y de luz,
sobre la piel.
Y fue tan apasionado, cuentan quienes los oyeron,
que la vehemente luna,
plena de amor,
lo volvió a perdonar.

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