Voluntad

Este relato se lo dedico a todas las mujeres, porque con alas o sin ellas, todas podemos volar.

Aquella noche, exhausta de oscuridad, soñé
con un vacío que, en sí mismo, lo contenía Todo.
Y en mi sueño, el silencio habló:
Si tienes voz transfórmala en palabra,
si tienes ojos transmútalos en luz,
si tienes manos cincela realidades
si tienes sueños dibuja esperanzas,
si tienes alma…
ah, si tienes alma,
loa la Vida.
Pero si no tienes ni voz ni ojos ni sueños ni manos,
abre las ventanas del universo,
desvenda los agujeros negros,
lánzate por el tobogán de la existencia,
deja que el vendaval de la vida desnude tus miedos.
Después mírate al espejo y, así,
desnuda, frágil, bella,
totalmente vestida de ti,
Reconócete,
Acéptate…
Tu Alma le dibujará alas al barro
para que puedas volar… Y volarás.

Le cortaron las alas al nacer, un poco antes de abandonarla dentro de un cesto a la puerta de un convento. Las monjas le contaron que aquel día nevaba con tenacidad y tanto las calles del pueblo, como la senda que conducía al monasterio, estaban cubiertas por una especie de tapiz blanco. Pero, a pesar de la nieve, le dijeron que no había huellas ni marcas que denunciasen el paso de alguna persona o caravana por las proximidades del convento. Apenas un cesto blanco, protegido por una manta blanca y una niña minúscula con dos heridas en la espalda en forma de V invertida a la altura de los omoplatos. Asustadas, las monjas prefirieron desinfectarle las heridas con agua bendita. Mas tarde, cuando la niña ya reposaba en brazos de la superiora, una de las novicias llegó apresurada con una perla azul en la mano. A su lado, la hermana encargada de la lavandería, la seguía jadeante, mientras les mostraba tres suaves, largas y resplandecientes plumas que, si bien ayudaron a darle el nombre de Angelita, fueron objeto de tantas suposiciones, conjeturas e hipótesis, que finalmente y por unanimidad, decidieron apoyar la decisión de la superiora y esconderlas.
El tiempo pasó y Angelita creció, junto a las otras huérfanas, ayudando en las tareas domésticas del convento y, como ellas, pasaba las tardes entre una oración y otra, mientras tejía y destejía una interminable tapicería de preguntas sin respuestas.
Una mañana, después de los maitines, Angelita pensó, mientras caminaba absorta por el claustro, que rezar era bueno, que el convento era seguro, que las monjas eran su familia, que las otras huérfanas eran sus hermanas… pero pensó, también, que para ser monja había que tener vocación, y que casarse era la única solución de aquellas que no la poseían… Sola, en la seguridad de su celda, de rodillas en el reclinatorio, le aseguró al Jesús de la Cruz que nada de eso le parecía suficiente, que ella quería volar. Volar, gritó, mientras le mostraba las cicatrices que tenía en la espalda.
Le contó a una compañera de noviciado que quería estudiar en la universidad y su amiga la llamó loca. Le explicó a su confesor que no deseaba casarse y el buen cura, tras decirle que era una egoísta y una descerebrada, le pidió que hiciese un acto de contrición y rezase cuatro rosarios. Le comunicó a la monja cocinera que no quería hacer los votos, ni casarse con Cristo y la anciana señora le preparó una infusión de tila para que tranquilizase los pensamientos.
Pero sus pensamientos estaban tranquilos. Ella solo quería volar. Necesitaba volar.
Tembló de miedo cuando la portera del convento le comunicó que la superiora deseaba conversar con ella. Aunque le tranquilizó saber que el encuentro sería en el jardín, junto al viejo sauce llorón. Cuando llegó, la reverenda madre Ernestina, que se había anticipado, la recibió con los brazos abiertos. Enseguida caminaron despacio sobre el césped, inspiraron el perfume de las magnolias, observaron el vuelo de las mariposas y se sentaron en un banco solitario, al lado de una higuera. Solo entonces Angelita se explayó. Tras escucharla en silencio, la superiora, con una sonrisa en los labios, le aseguró: volarás.
Le mostró una caja de nácar que, hasta ese momento llevaba escondida dentro del hábito, la abrió y, con sumo cuidado, depositó en las manos de la novicia la perla azul y las tres suaves, largas y resplandecientes plumas. Seguidamente, con voz emocionada, pero concluyente, ratificó: Ya lo creo que volarás. Por mucho que te hayan cortado las alas, Volarás… y no estarás sola, aseguró mientras le mostraba las cicatrices en forma de V invertida que también tenía en la espalda.

 

Ángel sin alas, dibujo de José Angel Barbado

Esta entrada fue publicada en Uncategorized y etiquetada , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s