Ciudad Letal

Arropada por la oscuridad, una luna menguante observa la noche. Las estrellas han huido y el miedo se derrama por las alcantarillas. Caos aprovecha la cerrazón para desperezar sus tentáculos. Los últimos pasajeros del metro trotan a camino de la superficie, mientras cuentan, uno a uno, sus propios pasos. Las luces se apagan, un músico callejero coloca la guitarra en la funda, un perro ladra.
Se escucha una sirena. Alguien cierra la puerta con doble vuelta de llave. Un niño llora. Los edificios se esconden. Se esconden, porque saben que, dentro de ellos, del otro lado de los cristales, las paredes rezuman recelo, la ansiedad empaña las miradas, las personas murmuran y la curiosidad despierta los ojos invisibles de las ventanas.
Fue la última a salir, se había quedado dormida en el vagón. Ya en la calle se dejó acariñar por las sombras. Vivía sola, nadie esperaba por ella. Una tipa rara, comentaban los vecinos. ¡Qué digan misa! ¡Qué les importa! Ella era la dueña de sí. Además, le agradaba la sensación que, a esas horas, le proporcionaba caminar por una ciudad tan solitaria como ella. Caminaba tan ensimismada, arrullada por sus propios pensamientos que, en un inicio, no percibió nada. Solo sintió miedo cuando un aullido de profundo dolor invadió la noche, seguido por el sonido seco de dos disparos y el barullo estridente del vidrio al chocar con el asfalto.
El tiroteo se intensifica, la noche huele a pólvora y el pánico la paraliza. Atemorizada, permanece inmóvil por algunos segundos, sin saber qué hacer. Reacciona al escuchar el sonido de las sirenas. Se parapeta en el fondo de un portal al oír ráfagas de ametralladora y decide correr hacía su casa, cuando, tras una eternidad, le parece escuchar el silencio. El miedo le quema la piel y la inocencia y ella, aunque las piernas no la obedezcan, se obliga a correr. La acera gime. Son cien metros hasta el portal. Los últimos cien metros, calcula.
Un cartel avisa que el ascensor está en mantenimiento. Las escaleras caracolean y ella tiembla al recordar el pavor de sus pisadas. Sube los tres pisos a galope. Cuarenta peldaños de dos en dos. Olfatea el miedo de los pisos vecinos. Solo se oye el tictac desbocado de su corazón. Vuelve a respirar cuando la llave rueda suave dentro de la cerradura.
En casa se siente protegida y enciende la luz. Quita los zapatos, agarra una botella de vino, se sirve una copa y, más tranquila, se acerca a la ventana. Cree, pobre ingenua, que los visillos la atrincheran.
Antes del primer sorbo, una bala perdida le acierta en la sien. La copa cae. El vino se derrama sobre la alfombra recién comprada. Ella no sangra. Perpleja, coloca la mano en la cabeza y, sin saber a qué agarrarse, se abraza a los visillos.
A la mañana siguiente, un vecino la ve, rígida como una estatua, sobre el parapeto de la ventana. Los ojos, muy abiertos, aún retienen en la pupila la belleza dorada del último amanecer, y una lágrima.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Uncategorized y etiquetada , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s