La Madre

Estaba feliz porque su hija había vuelto a estudiar. No le importaba tener que levantarse a las cinco de la mañana para llevarla al colegio, cortar pequeños lujos o prescindir de algunos caprichos superfluos. Su hija había vuelto a estudiar y eso era lo único que le importaba. Se sentía tan dichosa que lavó la loza cantando y ensayó unos pasos de baile mientras barría el comedor. Su hija acabaría la secundaria e iría a la universidad, ¿qué más podría desear?
Fuera tristeza, se dijo mientras pensaba que ya habían pasado cinco años, desde aquella mañana en la que su marido salió de casa para no volver.
Aquel día, como todos los días, se había levantado antes del amanecer para saborear el silencio de la casa y pasar unos instantes con ella misma. Le gustaba desayunar tranquila, leer el periódico y disfrutar de su propia compañía. Pero aquella mañana no había amanecido igual, una niebla densa y oscura se interponía en el camino del sol y estiraba la noche. El grito angustiado de su marido, parecía confirmarlo. Interrumpió su lectura y corrió al cuarto. Él estaba tirado en el suelo, con los ojos muy abiertos y una mano crispada sobre el corazón. Permaneció serena a su lado hasta que llegó la ambulancia. Durante ese tiempo, su hija se mantuvo, rígida y silenciosa, apoyada en el marco de la puerta, sin atreverse a entrar.
Con la intención de tranquilizarla, le dijo que no era nada grave, que desayunase y fuese al colegio con los vecinos, que no se preocupase, que ellos volverían enseguida. Su marido no regresó, la niña la culpó de su muerte, juró que jamás la perdonaría y se negó a seguir estudiando. Vivieron años difíciles cargados de días repletos de reproches, falta de sueño, poco dinero y mucho, mucho trabajo. Ahora, cinco años después, su hija había vuelto a estudiar.
Adiós luto, reafirmó delante del armario mientras revolvía perchas y cajones a procura de algún vestido que hubiera escapado de la tintorería.
No había tenido una vida fácil. El embarazo indeseado a los diecinueve años. El matrimonio apresurado y obligado con un hombre que apenas conocía, aunque, si quería ser justa, debía reconocer que, al menos en un inicio, procuró ser el compañero que ella había deseado. Se esforzó hasta que una larga y penosa enfermedad lo volvió apático, silencioso y solitario y lo transformó en un hombre resentido que la desdeñaba porque la necesitaba y porque la necesitaba la volvía a desdeñar.
Encontró un vestido de flores violetas, lo vistió y se miró al espejo. Por un segundo, borró de la memoria su soledad de viuda y el dolor que le producía el rencor de su hija. Después se miró al espejo con curiosidad. Sí, todo lo vivido había merecido la pena, se dijo con una sonrisa. Por supuesto que valió la pena, corroboró para sí misma. Su hija había vuelto a estudiar. La conversación no había sido fácil, tenía que reconocerlo. Ni ella ni la niña estaban habituadas a desnudar el alma. Pero lo hicieron. Hablaron entre lágrimas y pedidos de perdón. Hablaron hasta quedarse roncas y la noche transformarse en día. Hablaron hasta agotar todas las palabras y fundirse en un abrazo.
Dejó el aspirador en la despensa, se sirvió un café y encendió la radio. La noticia le cayó como una losa sobre el pecho. Entonces vio que el móvil tenía varias llamadas sin atender. En uno de los recados oyó la voz asustada de su hija, “están disparando mamá. Avisa a la policía. Tengo miedo. Perdóname mamá. Te amo”.
En la radio, un emocionado locutor informaba que en el colegio donde estudiaba su hija había entrado un encapuchado con un rifle y había disparado indiscriminadamente contra los alumnos que estaban en el patio.
No puede ser, pensó. ¡No puede ser! Estaba tan feliz porque su hija había vuelto a estudiar. Estaba tan feliz porque nuevamente hacían planes juntas. Por favor Dios. Por favor. Castígame a mí. Ella no Señor. Ella no.
Los vecinos la vieron correr calle abajo. Iba enloquecida, tropezando en los propios pies.
La calle del colegio estaba bloqueada. Agentes de la guardia civil patrullaban el local. Las ambulancias entraban y salían. El ruido de las sirenas ensordecía la calle. Un helicóptero hacía
maniobras de poso. Intentó entrar, sin conseguirlo. Su grito alucinado se sumó a la desesperación de los otros padres. ¡Hiiijaaaa!

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