Entre Desvaríos y Serpientes

¿Y entonces? me preguntó la serpiente de mirada hipnótica, con sus ojos de fuego clavados en los míos, ¿te decides o seguimos esperando? Una manzana revoloteaba por la cabecera de mi cama y yo tenía hambre. La noche anterior no había cenado. ¡Cómo para cenar estaba yo!, después de la bronca descomunal que mantuve con el vecino. Sí, el tío bueno del tercero izquierda. No, nada importante. El muy capullo organizó una fiesta por todo lo alto, al menos en lo que a ruido se refiere, y no se molestó en verificar las invitaciones. Claro está que la gráfica erró el número del apartamento y como no podía ser de otro modo, colocó el del mío. Así que, además de no invitarme, me tuvo toda la noche en un sin vivir del sofá a la puerta y de la puerta al sofá. No me importaría si todo hubiese quedado en un mero abrir y cerrar de puerta. Pero no, los invitados del vecino insistían en entrar a mi piso y, para convencerme, mostraban la invitación. Me quedé ronca de tanto explicar a esa tribu de preppies, que tiene por amigos, que la fiesta no era aquí, que era en el piso de abajo, que bajasen las escaleras y que, para no perderse, siguiesen la dirección indicada por el descomunal bullicio.
Aquel día descubrí los dos seres que habitan en mí. Sí, porque esa chica dulce y algo tímida cuyo reflejo el espejo de mi dormitorio me muestra todas las mañanas; esa a la que le gusta agradar a sus amigos y es simpática hasta con la portera cotilla del edificio, se transmutó en algo duro y violento. Sí, lo juro, créeme. Al mirarme de refilón, el espejo del pasillo me mostró un rostro cruel que nunca había visto antes. Hasta saqué una foto. ¿La quieres ver?
La serpiente comenzaba a marearse. Lo supe porque, muy a su pesar, sus ojos se iban apagando. ¡Cállate!, me dijo. Pero no me callé. ¿Quién coño se pensaba ella que era?
Como no podía dormir, me levanté temprano y, para joder al vecino, puse la música a todo volumen. El espejo del pasillo había expuesto a la luz -aunque parezca una contradicción- mi lado oscuro y yo no quise desperdiciar la oportunidad de ser perversa. Así que, subida en unos altísimos zapatos de tacón aguja, taconeé pasillos, bailoteé cocinas y tropecé en todos y cada uno de los muebles que se interponían en el camino de mis acrobacias mañaneras. Hasta improvisé algunos gorgoritos o cosa parecida.
En algún rincón de la casa, la serpiente reía. ¿Y entonces?, repetía su voz sinuosa dentro de mi cabeza.
Cuando decidí dar atención a la persona que golpeaba frenéticamente la puerta de mi piso, supuse que antes me había telefoneado reiteradamente, una y otra y otra vez. Le imaginé vistiendo un pantalón ceñido que, de tan apretado, comenzaba a mostrar la curva de una incipiente barriga. Le vi frente al espejo peinando la cuidada melena rubia que, día a día, perdía exuberancia. Le visualicé sentado en la cama, gritando maledicencias, mientras calzaba sus botas tragaleguas. Enseguida escuché el golpe de su puerta y, como en un eco, el retumbar del edificio. Luego las pisadas fuertes sobre los peldaños, que subía de dos en dos, la respiración jadeante, el puño en la puerta… Abrí con una sonrisa estampada en la boca y él me miró por primera vez.
Hacía tres años que éramos vecinos y nunca se había dignado a levantar la vista cuando nos cruzábamos por las escaleras o compartíamos el ascensor. Pestañeé un par de veces con ensayada parsimonia y le invité a pasar. Él, sin más preámbulos, entró.
El rostro del espejo del pasillo soltó una carcajada. Desde su escondite, la serpiente también reía. Yo, con un estudiado tono de voz manso y delicado, aunque, tal vez un poco forzado y algo sibilino, le pregunté: ¿Y entonces?
No, no precisé ofrecerle manzana alguna. Él la agarró con avidez y la devoró con glotonería. En lo que a mí se refiere, sigo equilibrándome, con osadía y determinación, sobre la línea sutil que une la dulzura de mi rostro matinal con la vehemencia del rostro que veo en el espejo del pasillo.
Sí, el vecino está encantado. Ahora sus fiestas son aquí, conmigo, en mi casa, entre cuatro paredes. No, la serpiente no se fue, continúa aquí.
¿Y entonces?, me repite incansable todas las mañanas al despertar. Asegura que no está dispuesta a compartirme con nadie y, aunque yo le doy largas al asunto, sé que está cansada de esperar y que, cualquier día de éstos, tendré que decidirme.

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