Una sonrisa en la habitación o Aventura en una noche insomne

Entró por la ventana que, tenía certeza absoluta, había cerrado un poco antes de acostarme. Me miraba con insistencia. Sus ojos eran grandes y oscuros. Intenté pensar, ordenar mis ideas, pero el miedo me lo impidió. “¿Cómo lo has hecho?”, pregunté, sin conseguir morderme la lengua a tiempo. “Sé que la cerré”, musité con un hilo de voz. “Estoy segura de que la cerré”, repetí haciendo un esfuerzo para mantener la voz medianamente firme. En un arrebato me senté en la cama, estiré el brazo derecho y con el dedo indicador apunté la ventana cerrada. Algo me decía que todo aquello era un despropósito y que de nada serviría hacerme la valiente. Intenté visualizar lo ridículo de la situación, pero antes de que yo lograse ver alguna gracia, una sonrisa iluminó la oscuridad de mi cuarto. “¡Estoy segura de que la cerré!”, insistí a voz en grito, cómo si ese hecho tuviese la más mínima importancia.
“Sí”, me dijo la voz que habitaba detrás de la sonrisa, “tú la cerraste y yo la abrí. No sé por qué os esforzáis tanto en cerrar puertas y ventanas, si sabéis que siempre entro en el preciso momento en el que debo entrar. De nada importa el poder que tengáis, ni las poses que hayáis acumulado. Nunca podréis pagar mi precio porque, sencillamente, no hay precio. Os pasáis la vida acorralados por el miedo y enclaustrados en vuestra nimiedad… Lo vuestro, indudablemente, es un auténtico sin vivir”
“¿De dónde salió esa voz? ¿Quién eres? ¿Por qué no consigo verte?” La sonrisa se transformó en una atronadora carcajada.
Tanteé el suelo con el pie para hallar mis zapatillas. No las encontré. Así que, descalza y aturdida, caminé hacia esa sonrisa descarada e insolente. “Si creyese en espíritus, pensaría que eres un duende que se quiere divertir a mi costa. Pero hace mucho tiempo que dejé de creer en hadas, elfos o príncipes encantados. ¿Me oyes? ¿Dónde estás? ¡Respóndeme de una pu…!”.
No conseguí finalizar la frase. Un brazo fuerte me enganchó por la solapa del pijama y me arrastró armario adentro. “¡Suéltame, déjame en paz! ¡Yo no soy Alicia!” “Ni yo la reina de copas”, añadió con guasa la sonrisa.
“¿Seré un gato, quizás una bruja o tal vez un querubín?, declamó la sonrisa, mientras deslizábamos velozmente por una especie de tobogán. “Aunque… sí solo existe lo que se ve y tú no consigues verme, tal vez yo no exista”, reflexionó la sonrisa con ostensible ironía. “Ah, ¡cómo deseáis mi inexistencia! Pero, te aseguro que, precisamente porque no me veis, puedo ser quien yo quiera. Sí, me has oído bien, quien yo quiera, incluso tú. ¿Y ahora, sigues sin poder verme? ¿Y a ti, puedes verte a ti?”.
“¿Yo, verme… a mí?” Sentí que mi boca se abría y mis ojos se cerraban. “¿Cómo así verme a mí? ¡Claro que me veo! ¿Me veo?” El espejo estaba opaco y yo decidí que ese no era el mejor momento para calentarme la cabeza con ese tipo de especulaciones. “¡Me espanta lo necios que sois!”, susurró entonces la sonrisa.
Aterrizamos en un local sombrío y oscuro, cuajado de raíces. “¿Dónde estoy?”, me escuché pensar. Después percibí que la frase que componía ese pensamiento adquiría la forma de una espiral que se erguía y giraba sobre sí misma a procura de luz. Los grandes ojos negros observaban, pero no había rastro de la sonrisa. Incrédula, vi como mis pensamientos se transmutaban en letras que, al girar sobre sí mismas, parecían flotar en el vacío. Sin saber por qué, recordé los crucigramas que hacía cuando era niña. Letras sueltas en busca de una definición, de un nombre, de un descubrimiento. “¿Sería la vida una especie de crucigrama?”, me oí pensar.
“O quién sabe la muerte”, replicó socarrona la sonrisa, antes de ordenarme que dejara los crucigramas en paz y la siguiera.
“No te veo, ¿cómo quieres que te siga? Apenas oigo tu voz. Si hasta tus ojos, que me parecieron grandes, profundos y negros, se confunden con la oscuridad. ¿Posees algún rostro, sonrisa? ¡Muéstramelo!”
“Cuidado con lo que deseas. Sígueme…”.
Caminé agachada, casi de rodillas, sobre un terreno resbaladizo y empinado. Olía a gas metano y a humedad. Telas de araña obstaculizaban el camino y yo tengo pavor de arañas. Ahogué un grito de repugnancia cuando sentí la viscosidad plateada de su trampa de seda en el rostro. Poco después, vi un topo irritado porque no encontraba su madriguera. Aplasté un enorme gusano con la mano y una hormiga me picó el pie. Enseguida tropecé con un escorpión que degustaba tranquilamente una enorme cucaracha.
“¿Para qué bajamos hasta las raíces de la tierra sí ahora me indicas que debemos subir?, pregunté desorientada. “Corre, corre, corre”, respondió con incongruencia la sonrisa. “¿Hacia dónde debo correr?” “Hacia el final, claro. Todos corremos hacia el final”.
“Hacia el final, por el camino finito que conduce al infinito…” “Para de filosofar, siempre llegarás a alguna parte si caminas lo suficiente”, concluyó la sonrisa.
“Es que tu silencio me inunda el cuerpo de vacíos. Tropiezo en mi propio cuerpo. Se me rasga la piel. Procuro en tu mirada una respuesta, pero no la encuentro. Tú miras a través de mí. Miras sin verme. Sin sentir el hueco que me produces. Para ti, no existo y yo, al no sentirme en ti, me voy evaporando.”
“Lo que nos faltaba, una poeta”, añadió la sonrisa, mientras sus ojos, grandes y negros, se iban eclipsando.
“¿A dónde vamos? ¿por qué la prisa?”, interpelé sin saber sí, efectivamente, deseaba una respuesta que, sim embargo, no se hizo esperar.
“Porque el tiempo no está para ser perdido.”
“No obstante”, argüí “sospecho que en ese tal lugar al que estamos yendo el tiempo no existe”.
“¿Quién eres tú para cuestionarme nada?, gruñó la sonrisa sin rostro.
“¿Cómo que quién soy yo? ¡Soy la dueña de este sueño!”
“¿Sueño? ¿Cuál sueño?, preguntó la sonrisa, ahora iluminada, mientras yo, desconcertada, observaba la proyección alargada de mi sombra.

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